Aria Valli
El aire en mi propio apartamento se había vuelto irrespirable, denso como si el oxígeno hubiera sido reemplazado por el peso de su presencia.
Mis manos, aún aferradas a las rosas rojas que ahora parecían manchas de sangre en la penumbra, temblaban de tal forma que los pétalos caían al suelo uno a uno. Él dio un paso más. Fue un movimiento lento, casi perezoso, pero cargado de una amenaza implícita que me obligó a hundir la espalda contra la madera de la puerta.
—¿Cómo sabe de mis padres? —mi voz salió en un susurro roto, una mezcla de indignación y un terror que me paralizaba las piernas.
Él soltó un suspiro corto, una exhalación que sonó casi como una burla. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón y, con la otra, sacó un sobre de cuero fino que arrojó sobre la mesa coja de mi comedor.
—Sé que tu padre, Thomas, tiene una afección cardíaca que no se está tratando adecuadamente porque el dinero se va en los intereses de la hipoteca —dijo con una frialdad que me heló la sangre—. Sé que tu madre llora por las noches frente a una pila de facturas médicas y préstamos estudiantiles que llevan tu nombre, Aria. Sé que viniste aquí huyendo de la pobreza, pero lo único que has encontrado es un hambre que intentas ocultar bajo un uniforme blanco.
Me quedé tiesa. Era como si me estuviera desnudando el alma, exponiendo todas las vergüenzas y miedos que yo guardaba bajo siete llaves para que nadie viera la grieta en mi armadura. Antes de que pudiera responder, él sacó unas fotografías del sobre y las extendió sobre la mesa. Eran fotos de mis padres. Estaban caminando por el jardín de su casa, ajenos a que alguien los vigilaba desde las sombras. Se veían tan viejos, tan frágiles.—Puedo hacer que todo eso desaparezca —continuó su voz, que ahora sonaba como el terciopelo envolviendo un cuchillo—. Puedo liquidar la hipoteca de esa casa mañana mismo. Puedo eliminar tu deuda estudiantil con un solo chasquido de mis dedos. Puedo darles la jubilación que se merecen y a ti... a ti puedo darte una vida donde nunca más tengas que contar los centavos para comprar un trozo de pan.
El pulso me retumbaba en los oídos. Era una oferta que sonaba a milagro, pero en mi mundo, los milagros siempre venían con un precio sangriento.
—Váyase... —dije, aunque mi voz carecía de fuerza—. Usted está loco. No sé qué quiere, pero no voy a participar en sus juegos. ¡Váyase de mi casa!
Él no se movió. Sus ojos grises, profundos y gélidos como el fondo de un océano, se clavaron en los míos, obligándome a sostenerle la mirada, un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—Quiero un bebé.
El mundo se detuvo. El ruido de los autos afuera, el goteo de la tubería, el latido de mi propio corazón... todo se quedó en blanco. Me quedé helada, procesando las palabras como si fueran un idioma extranjero que mi cerebro se negaba a traducir.
—¿Qué? —balbuceé, segura de haber escuchado mal.
—Un heredero —repitió él, sin que un solo músculo de su rostro se inmutara—. Solo debes llevar un hijo mío en tu vientre. Se te realizará una inseminación artificial en las mejores condiciones médicas. No habrá contacto físico si es lo que te preocupa. Solo serás el recipiente de mi sangre. A cambio, tu vida y la de tu familia estarán solucionadas para siempre. Serás rica, Aria. Tus padres morirán en paz en su propia casa.
Sentí una náusea violenta subirme por la garganta. Horrorizada, negué con la cabeza repetidas veces, apretando los ojos con fuerza. ¿Me estaba pidiendo que vendiera mi cuerpo? ¿Que vendiera una vida? Esto era una pesadilla, tenía que serlo.
—¡No! —grité, y esta vez mi voz recuperó algo de volumen—. ¡No soy una incubadora! ¡No soy un objeto que puede comprar para sus planes! ¡Es horrible lo que me está pidiendo! Es... es un pecado, es una locura. ¡Váyase!
Él se acercó más, rompiendo mi espacio personal. Sentí su calor, la fragancia de su perfume caro que contrastaba con el olor a humedad de mi apartamento. Levantó una mano y, antes de que pudiera esquivarlo, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Su piel estaba fría, pero su tacto fue extrañamente suave, casi tierno, lo que lo hacía aún más aterrador.
—Piénsalo, pequeña enfermera —susurró, su rostro a centímetros del mío—. Mira a tu alrededor. Mira este lugar. Mira la suciedad, la miseria en la que te hundes cada día por un orgullo que no le da de comer a tus padres. Solo un hijo. Un pequeño sacrificio para un bienestar eterno.
Se apartó de golpe, cortando la conexión eléctrica que se había formado entre nosotros. Sacó una tarjeta de su bolsillo, pero esta vez no era una nota anónima. Era una tarjeta negra mate, pesada, con un número grabado en plata. La dejó sobre la mesa, junto a las fotos de mis padres.—Esa tarjeta es directa hacia mí. Úsala. Tienes hasta mañana por la mañana para decidir si quieres seguir siendo una mártir pobre o la madre del hombre más poderoso de este país.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió del apartamento. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo y el sonido de la puerta principal del edificio cerrarse. Me desplomé en el suelo, las rodillas cediéndome por fin. Me abracé a mí misma, sollozando en silencio mientras el frío del piso se me colaba por la ropa
Miré a mi alrededor. Mi apartamento, que antes me parecía "aceptable", ahora se me antojaba una porqueriza. El olor a humedad parecía más fuerte, la mancha de la pared más grande, la soledad más insoportable. Mis ojos volvieron a las fotos de mis padres. Recordé la última llamada, el sollozo de mi padre, la voz cansada de mi madre tratando de ocultar su angustia.
"¿Qué estás dispuesta a hacer?", decía su nota.
¿Vender a mi bebé? Esa era la realidad descarnada pero mi mente, buscando desesperadamente una forma de justificar lo injustificable, empezó a tejer una red de mentiras piadosas. No sería "mi" bebé. Él dijo inseminación.
Sería como un vientre de alquiler, ¿verdad? Hay mujeres que lo hacen todo el tiempo por dinero. Yo solo le daría lo que él quería y luego regresaría con mis padres. Podría pagarles el mejor hospital, la mejor medicina. Podría salvarlos.
Me levanté del suelo, impulsada por una mezcla de desesperación y una esperanza oscura. Mis manos aún temblaban cuando tomé la tarjeta negra. El metal estaba frío contra mi palma. Miré el teléfono sobre la encimera. Si esperaba a mañana, me arrepentiría. Si lo pensaba con la lógica de la moral, diría que no pero mi corazón estaba roto por la deuda y mis manos estaban vacías de soluciones.
Tomé el teléfono antes de que el miedo me venciera por completo. Mis dedos torpes marcaron el número. Mis ojos se llenaron de lágrimas que nublaron la pantalla.
"Acepto."
Solo esa palabra. Siete letras que acababan de vender mi alma.
La respuesta llegó casi de inmediato, como si él hubiera estado esperando con el teléfono en la mano, seguro de su victoria.
"Mañana. Clínica privada. Consultorio 3. 08:00 AM. No llegues tarde, Aria."
Solté el teléfono como si quemara. Me cubrí la cara con las manos y me eché a reír, una risa histérica que pronto se convirtió en llanto. Esto era una locura. Había aceptado tener el hijo de un desconocido, un hombre que entraba en las casas de la gente como un fantasma y que hablaba de la vida como si fuera una transacción bancaria.
Me acosté en mi cama, pero no dormí.