Aria Valli Diez días. Habían pasado doscientas cuarenta horas desde que el mundo se tiñó de rojo sobre la nieve inmaculada de Moscú. Diez días en los que mi existencia se había reducido a las cuatro paredes de seda y oro de la suite principal, un espacio que se sentía cada vez más como un mausoleo diseñado para una santa que aún respiraba. El tiempo se había vuelto una masa informe, una nebulosa alimentada por los analgésicos que las enfermeras me administraban con una eficiencia robótica y silenciosa. Durante este tiempo, Dominic Ferrante se había convertido en un fantasma. A veces, en la duermevela de la fiebre que persistía por la infección de mi hombro, creía sentir el colchón hundirse bajo un peso familiar. Creía percibir ese aroma a maderas nobles, tabaco caro y un rastro met

