Aria Valli La luz de Moscú entró por los ventanales con una frialdad quirúrgica, despertándome de un sueño poblado por sombras y el eco de una voz barítona que me llamaba "su mujer". Me quedé inmóvil, mirando las molduras del techo, sintiendo el peso de la verdad que Dominic me había arrojado a la cara la noche anterior. Bratva. Mafia. Él no era solo un hombre poderoso; era la ley en un mundo donde la piedad no existía. Él era el Pakhan, y yo, por un retorcido giro del destino, era ahora la mujer que portaría su legado ante los ojos de una nación de sombras. El sonido de mi viejo teléfono, aquel que traía conmigo desde Pensilvania y que milagrosamente aún conservaba batería, rompió el silencio sobre la mesita de noche. Mi corazón dio un vuelco al ver el nombre en la pantalla: Mamá.

