Dominic Ferrante El silencio en el salón de la casa de seguridad era un insulto. El aire estaba estancado, cargado con el olor metálico del miedo de Ekaterina y el aroma rancio del vino que se había derramado en la alfombra. Me mantuve de pie, una sombra imponente cuya presencia parecía robarle el oxígeno a la habitación, observando a la mujer que alguna vez creí conocer y que ahora no era más que una pieza defectuosa en un tablero que ella misma había ayudado a ensuciar. Aria siempre lo supo. Esa certeza me golpeaba rítmicamente en la base del cráneo como un martillo. Ella, con su ojo clínico, con esa capacidad de diagnosticar la podredumbre antes de que el síntoma fuera evidente, me lo había advertido. No eran celos, no era inseguridad; era el instinto de una mujer que sabe distingui

