Capítulo 5

1367 Palabras
Las manecillas de su reloj marcaban las 6:57 a. m. cuando Madeline entró en el ala privada del edificio de oficinas del Senado. El eco de sus tacones resonaba en el pasillo casi vacío. A pesar de las numerosas crisis políticas que bullían en el Beltway, el pasillo estaba más tranquilo de lo habitual a esa hora, silencioso e iluminado por el tenue resplandor de la luz matutina que se filtraba a través de los altos ventanales. Se ajustó la correa del bolso y se alisó el vestido n***o con un sutil movimiento de la mano. Afuera de la oficina de su padre, un hombre n***o, alto y corpulento, al que no reconoció. Era de hombros anchos e inmóvil, vestía un traje oscuro a medida y tenía las manos entrelazadas. Le hizo un gesto cortés con la cabeza al acercarse. ¿Seguridad? ¿Un auxiliar? Madeline le devolvió la sonrisa con una leve curiosidad, luego pasó junto a él y abrió la puerta de la oficina. Dentro, su padre estaba de espaldas a la ventana, con los brazos cruzados. Su jefe de gabinete, William Pruitt, estaba sentado junto a una pequeña carpeta informativa sobre la mesa de conferencias. Ambos levantaron la vista a la vez. —Maddie —dijo el senador con voz entrecortada, pero no fría—. Gracias por venir. —No es propio de ti llamarme tan temprano —dijo Madeline, dejando su bolso sobre la mesa—. Creí que se acababa el mundo. —Casi lo es —dijo William secamente, señalando una silla. Madeline se sentó, cruzando cuidadosamente sus piernas cubiertas de nailon debajo de la mesa. —Bueno, ¿qué pasa? —Ha habido una amenaza creíble contra mí —dijo el senador Lockwood sin preámbulos—. Y contra usted. Madeline parpadeó sorprendida. —¿Yo? William le deslizó la carpeta informativa por encima de la mesa. —Nos contactó la Fuerza de Tarea Conjunta contra el Terrorismo del FBI. Han interceptado comunicaciones que hacen referencia al senador y su familia. Madeline frunció el ceño y abrió la carpeta. Revisó los documentos: correos electrónicos, evaluaciones de amenazas, todo sellado por el FBI. —¿Es esto en serio? —Sí —dijo su padre con firmeza—. No se trata de un bloguero progresista desahogándose en línea. Esto llegó a través de canales cifrados utilizados por extremistas conocidos. El lenguaje no era vago. Era claro. Explícito. Ella levantó la vista. —¿Estás diciendo que alguien está intentando hacerte daño? ¿O a tu madre? ¿O a mí? —No podemos permitirnos el lujo de suponer lo contrario —respondió William. Madeline se recostó, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. —Esto es solo un tema político, papá. La gente siempre está molesta por algo. Esta semana es inmigración, la semana pasada fueron los vales escolares. La semana que viene será algo diferente. Ya sabes cómo se indignan los fans de los medios. Su padre la miró con severidad, cansancio e inquebrantable. Ella conocía esa mirada. —No estoy especulando, Madeline. El FBI ha confirmado el patrón. Se ha elevado a riesgo activo. Así que no te doy opción. Te daré seguridad. Ella lo miró fijamente un instante. —¿Hablas en serio? —He hablado con la Policía del Capitolio y me han recomendado un servicio de seguridad externo. Ya he contratado a Dominion Global Security —dijo—. Y el agente que le han asignado está en la puerta. Ella parpadeó de nuevo. —¿Ese hombre? —Donnell Booker —dijo William, abriendo otro expediente sobre el escritorio—. Ex Ranger del Ejército. Certificado en Protección Cercana. Ha trabajado con dignatarios y clientes de alto riesgo en zonas de conflicto. Es altamente recomendado. —No necesito una niñera —dijo Madeline bruscamente, mirando a los dos hombres. —Esto no es opcional —respondió su padre—. Y no es permanente. Es una medida de precaución. Dicho esto, le hizo un gesto a William. Se levantó y abrió la puerta. Donnell entró en la habitación con un aire de tranquila confianza. De cerca, y al darse cuenta de que no era solo un ayudante, Madeline notó su verdadera altura —más de 1.80 metros— y la calma y concentración en su expresión. Su postura era formal, pero sin forzarse. —Señorita Lockwood —dijo con voz grave, extendiéndole la mano, con expresión aún neutra—. Soy Donnell Booker. Madeline dudó un segundo, luego se levantó para estrecharlo. Su agarre era firme y respetuoso. —Señor Booker —respondió ella, intentando mantener la compostura en su voz. Su padre dio un paso al frente. —Donnell te acompañará durante tu jornada laboral: eventos públicos, transporte público, cualquier lugar fuera de los edificios seguros. Se coordinará con William y tu asistente para planificar rutas y horarios. Solo hasta que baje el nivel de amenaza. Madeline exhaló por la nariz, frustrada pero resignada. —Bien —dijo, mirando a Donnell—. Terminemos con esto de una vez. Su padre arqueó una ceja al mirar a su hija. —No es un castigo, Maddie. Es protección. Le ofreció a su padre una sonrisa forzada. —Por supuesto, papá. Volviéndose hacia Donnell, señaló la puerta. —Vamos, señor Booker. Él asintió una vez. —Sí, señora. Y sin decir una palabra más, Madeline condujo a su nueva sombra hacia la puerta. Sintió la mirada atenta de su padre siguiéndolas durante todo el camino. El breve trayecto en coche a través de la ciudad hasta su oficina en Foggy Bottom transcurrió en silencio. No un silencio incómodo, sino el que surge cuando dos profesionales se evalúan mutuamente. Madeline entró por la puerta principal de Lockwood Strategies Group sin mirar atrás. Sus tacones resonaron contra el suelo de madera pulida al atravesar la recepción y dirigirse a la oficina esquinera con paredes de cristal que daba a la Avenida Connecticut. Abrió la puerta con su tarjeta y la dejó abierta. —Adentro —dijo en voz baja. Donnell entró tras ella, observando la habitación con atención: ventanas, salidas, distribución de los escritorios, posibles líneas de visión. Su presencia era imponente, pero no intrusiva. Como una sombra con músculos. Ella notó que era más que un simple matón a sueldo con una pistola. Ella colgó su abrigo y se movió detrás de su escritorio. Él permaneció de pie cerca de la ventana, quieto y en silencio, con las manos ligeramente cruzadas frente a él. —¿Café? —ofreció ella, caminando ya hacia el aparador donde estaba su máquina de café. —Sí, señora. Miró por encima del hombro. —No me llames así. Madeline está bien. —Sí, Madeline. Ella regresó y le entregó una taza —sola, sin azúcar— y regresó a su silla, cruzando una pierna sobre la otra. Su postura era impecable, incluso en la frustración. Bueno, terminemos con esto… —Entonces —dijo, cruzando las manos—. ¿Qué sabes de mí? Donnell tomó un sorbo y la miró directamente. Su voz era tranquila y serena. —Madeline Grace Lockwood. 27 años. Nacida el 12 de octubre de 1995 en Charleston, Carolina del Sur. Hija única del senador de Carolina del Sur, Richard Lockwood, y Anne Lockwood. Asistió a la Escuela Episcopal Femenina St. Margaret. Se graduó con honores de su promoción en la Universidad de Virginia con una licenciatura en Comunicación y Ciencias Políticas. Máster en Comunicación Estratégica por la Universidad de Georgetown. Consultora sénior en Lockwood Strategies Group, que su padre ayudó a fundar. Vive sola en Georgetown. Conduce una camioneta Audi plateada. Asiste a la Escuela Episcopal St. John's para sus apariciones, pero no con regularidad. Está comprometida con Evan Rutledge, socio junior de Carter Fields LLP. Hizo una pausa. —Un metro setenta y cinco. Ciento veinticinco libras. Rubio. Ojos azules. Calza una talla cuatro. Es diestro. Prefiere las mallas Wolford a las Falke. Nunca lleva dinero en efectivo. Madeline parpadeó. —Vale —dijo lentamente—. O te preparaste bien o eres un bicho raro. —Prepárense —dijo Donnell, imperturbable—. La debida diligencia habitual para la protección personal.
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