Capítulo 6

1677 Palabras
Se reclinó en su silla, con las cejas ligeramente levantadas. —Impresionante. Donnell inclinó levemente la cabeza. —Gracias. Madeline ladeó la cabeza. —Entonces, ¿quién eres? Supongo que no eres solo un musculoso trajeado. Asintió una vez. —Donnell Isaiah Booker. Treinta y ocho años. Nacido en Chicago. Ex Ranger del Ejército durante seis años. Afganistán, Irak, Yibuti. Después, trabajé con el Servicio Federal de Protección. Ahora con Dominion Global. He trabajado en protección privada en ocho países. Políticos, diplomáticos, dos directores ejecutivos y un m*****o de la realeza. —¿Alguna vez has perdido un cliente? —preguntó, probando el tono. —No —dijo sin emoción alguna—. Y no pienso empezar ahora. Ella lo miró un momento y luego asintió lentamente. —De acuerdo. Me parece bien. Ella tamborileó con el dedo sobre el escritorio. Él lo sabía todo sobre ella, quizá era hora de cambiar las tornas y recuperar el control de la situación. —¿Familia? Un pequeño movimiento de cabeza. —Divorciado. Hace cuatro años. El silencio se prolongó un instante mientras ella procesaba aquello. Tomó su taza y dio un sorbo. —Bueno… sigo sin creer que exista una amenaza real —dijo—. Mi padre es… propenso al drama. Probablemente sea una maniobra para evitar que participe en la campaña con él. La expresión de Donnell permaneció inalterada. —El senador cree que es un asunto serio. También lo creen el FBI y la Policía del Capitolio. Mi trabajo no es debatir sobre política. Es protegerte. Entrecerró levemente sus ojos azules. —Así que solo estás siguiendo órdenes. —Sigo los perfiles de las misiones —respondió—. Ahora mismo, la misión eres tú. Ella apartó la mirada, hacia la ventana. —Eso es… dramático. —Es el trabajo —dijo simplemente. Ella lo miró y golpeó el escritorio con los dedos por un momento, antes de dar un suspiro silencioso. —De acuerdo —murmuró—. Ya lo dejaste claro. Sigamos adelante. Él asintió una vez, esperando. Sacó una elegante agenda de cuero de su cajón y la abrió. La semana que le esperaba ya estaba codificada por colores, anotada y etiquetada. Chloe, su asistente, valía su peso en oro. —Te contaré los próximos días —dijo, mirándolo con sus penetrantes ojos azules—. Hoy estaré en la oficina hasta las dos. Tengo un almuerzo en Hamilton's con un cliente de New Horizons PAC. Está en la agenda. Asintió nuevamente, claramente registrándolo mentalmente en el sistema de diario que usaba en su mente. —Después de eso, preparación en el estudio con el senador Travers; mañana tengo una entrevista. Normalmente voy sola, pero supongo que ahora… no. —No lo eres —confirmó Donnell con un pequeño y firme asentimiento. No insistió. En cambio, pasó la página. —Mañana, en el Capitolio para la grabación de Travers. Luego, una sesión de planificación de la aparición en la Fundación Liberty Renewal. Tendrás que quedarte en el coche para eso; es de cara al donante y es muy tenso. —Estaré adentro —dijo. Ella parpadeó sorprendida. No estaba acostumbrada a que le dijeran que no. —No es necesario estar dentro de la sala de donantes. —Si estás en la habitación —dijo tranquilamente—, yo estoy en la habitación. Madeline lo miró fijamente un momento y luego soltó una breve carcajada, casi con incredulidad. Él es… diferente… —Vaya. De verdad que hablas en serio. —Siempre hablo en serio sobre la protección —respondió Donnell, sin dudarlo. Ella negó con la cabeza y sonrió a su pesar. —Estas van a ser un par de semanas muy largas. —Eso depende de ti —dijo con calma y sin emoción. Madeline pasó a otra página de su agenda y señaló con su bolígrafo. —Está bien, el miércoles estaré en el Capitolio. Hay una conferencia de prensa con tres senadores estatales a las 10 a. m. La realizaremos en la rotonda. —Recorreré el perímetro con la Policía del Capitolio de antemano —dijo Donnell, mientras tomaba notas mentales. Ella lo miró, ligeramente sorprendida de nuevo. —¿Te coordinas con ellos? Él asintió. —Con discreción. No me adentraré en la jurisdicción, pero me aseguraré de que no haya ninguna brecha de exposición. Ella exhaló suavemente. —¿De verdad no te pierdes nada? —No puedo permitírmelo. Había una serena firmeza en su forma de decirlo. Sin bravuconería ni exageración, simplemente la pura verdad. Por alguna razón, Madeline lo encontró sorprendentemente refrescante. Madeline siguió revisando sus citas del jueves y viernes. —El jueves por la noche daré una charla en la cena de Mujeres en Política. Grupo reducido. Domicilio particular. Chevy Chase. La anfitriona es la esposa del senador Grayson, así que técnicamente es fuera de horario. Donnell arqueó una ceja. —¿Cuántas personas? —¿Veinticinco? Quizás treinta. Todas mujeres. Todas con muy buenos contactos. Llamarás la atención. —Entonces me quedaré fuera de la sala y cerca de la entrada —dijo—. Tendrás una salida y yo tendré contacto visual. Ella dudó, consciente de las implicaciones. —Este es… un entorno de alta confianza. No quiero que parezca que hay un guardaespaldas rondando una casa. —No me quedaré flotando —dijo con calma—. Seré invisible a menos que sea necesario. Había algo en su voz —medida, segura, absolutamente segura— que no dejaba lugar a réplica. Madeline simplemente asintió y siguió adelante. —El viernes es más tranquilo. Sesión de estrategia por la mañana. Llamada de preparación con un equipo de donantes en Dallas. Nada en persona. —¿Ubicación? —Aquí. Donnell asintió brevemente. Hubo una pausa. Madeline cerró la agenda y volvió a juntar las manos. —De acuerdo. Eso es para la próxima semana, más o menos. Podemos hablar del resto más tarde; aquí las cosas suelen cambiar sin previo aviso —hizo una pausa—. Entonces, ¿qué necesitas de mí? —Solo transparencia —dijo Donnell—. Sin desaparecer sin previo aviso. Sin cambios de horario de última hora sin mi opinión. Ella le dedicó una sonrisa seca. —No suelo desaparecer. Él no le devolvió la sonrisa. —La mayoría tampoco, hasta que lo hacen. La sonrisa se desvaneció. —No soy como la mayoría de la gente. Él no dijo nada, pero el peso silencioso de su mirada permaneció sobre ella. Madeline suspiró y se recostó en su silla. —¿Qué más? —Te daré mi número de contacto para que lo guardes en tu teléfono. Estoy disponible las 24 horas, y este teléfono siempre está conmigo. Así que, si tienes alguna duda sobre tu seguridad… cualquier cosa, y no estoy contigo, llama de inmediato. Sin dudarlo —le sostuvo la mirada para reafirmar su punto. Ella asintió. Es minucioso… e intenso. Diferente a los otros hombres con los que solía tratar a diario. —Vale… entendido. Él asintió. —De ahora en adelante, usaremos uno de nuestros vehículos, una camioneta, para viajar; tu padre la pagó como parte del contrato. Es blindada, con orugas y segura. También necesitaré una credencial de acceso de repuesto para esta oficina. Códigos de emergencia si los usas. Una lista de todos los que tengan acceso a la tarjeta de acceso. Personal, becarios, servicio de limpieza. Tomó notas en un bloc. —Listo. ¿Y el espacio personal? ¿Pretendes seguirme también a los baños y vestuarios? Donnell arqueó ligeramente la ceja. —Solo si estamos bajo amenaza inmediata. Entrecerró los ojos ligeramente, tanteando el asunto. ¿Hablaba en serio? —¿Cómo lo sabrías si lo hiciéramos? El hombre n***o respondió sin dudarlo: —Lo sé. Ella le sostuvo la mirada un instante más. Algo se reflejó en su expresión: curiosidad, quizá incluso un poco de admiración reticente. Había trabajado antes con personal de seguridad, pero Donnell era diferente. Era claramente competente y sabía cuándo callarse y cuándo plantarse. Su estima por él aumentó ligeramente. —Muy bien —dijo, levantándose de su asiento—. Les presento a Chloe. Es mi asistente. Los mantendrá al tanto de los movimientos. Donnell la siguió mientras ella lo conducía por el pasillo; el ritmo de sus tacones disminuyó lo suficiente para permitirle caminar a su lado. Antes de salir de la habitación, ella se detuvo con una mano en el marco de la puerta y se giró hacia él. —Una cosa —dijo—. Este acuerdo… nosotras… no es público. —Comprendido. —Sin prensa. Sin fotos. Sin charlas sociales. —Soy un fantasma, Madeline —dijo—. Nadie me ve a menos que tú quieras. Ella lo miró por un momento más y luego asintió. —Bien. Varias horas después, Madeline estaba parada frente al mostrador de mármol de la cocina de la oficina, revolviendo una segunda taza de café mientras Chloe revisaba las invitaciones del calendario con Donnell justo afuera de la puerta de vidrio de su oficina. Ella lo observó a través del reflejo de la ventana. Su postura no había cambiado desde su llegada. Hombros hacia atrás, columna recta, ojos siempre en movimiento, escudriñando rincones, gente, entradas. Ni un solo movimiento desperdiciado. Chloe le entregó un paquete de documentos. Él le dio las gracias en voz apenas lo suficientemente alta como para oírse a través del cristal. Madeline apartó la mirada y tomó un largo sorbo de café. Había algo en él: disciplinado, centrado, difícil de interpretar. Pero no hace frío. No del todo. A las 11:15, Madeline estaba de regreso en su escritorio después de una reunión de progreso, leyendo un memorando de políticas, pero sus ojos no se movían tan rápido como de costumbre. Donnell permanecía en su puesto cerca de la puerta, con las manos cruzadas, inmóvil y en silencio. No estaba acostumbrada a que la observaran, al menos no así. Había crecido con la prensa, los donantes, los asesores y el equipo de campaña observándola. Pero esto era diferente.
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