Eithan
Ando inquieto en mi suite. Hoy desperté más temprano que de costumbre y aún falta muchísimo, para la reunión de negocios que concerté con mi abogado y amigo, Eric Richard. Él se encarga de atender la parte financiera aquí en París. Y mantener todo en orden junto a los gerentes de cada uno de los hoteles.
Estoy acá por cuestiones de negocios. Siempre me encargo de esta parte y mi hermano Nathan se encarga de los que están en Inglaterra. Ya mi padre, el señor Adam Scott, se desvinculó de estos temas y solo se dedica a disfrutar de los placeres de la vida, viajando junto a mi madre, la señora Greta Williams.
Sonrío, recordando que de estarme escuchando ahora, estaría recibiendo una reprimenda de su parte. Pues después de su casamiento adoptó el apellido de mi padre, y hasta el día de hoy, se siguen amando como la primera vez. No tuvimos hermana, pero igual disfruto de una familia totalmente funcional y feliz, gracias a quien sea que se lo deba.
No aguanto más, ayer llegué a la ciudad y a pesar de que viajé en mi Jet privado, caí rendido del cansancio. No puede hacer lo que siempre hago cuando estoy aquí. Disfrutar de esa rubia maldita que saca lo peor de mí, cada vez que estamos juntos. Pero eso tiene solución. Son apenas las seis de la mañana y lo que tengo debajo del bóxer está a punto de reventar.
La saco con una de mis manos y con la otra tomo el móvil para llamar a Dennise, mientras la sobo para apaciguar estos deseos que están corroyendo mi piel.
Le marco y al segundo timbre lo toma:
—¡Hola, bombón! Qué sorpresa. Por tu llamada debo asumir que te encuentras en la ciudad.
Debía estar acostumbrada, nunca la llamo a menos que esté aquí.
—¿Tú que crees chiquita? Aquí estoy con ansias de ti. Ven corriendo con papi que quiero hacerte cositas ricas. Ya sabes dónde encontrarme.
—¡Mmm! Qué delicia. Ya hiciste volar mi imaginación. En unos minutos estoy contigo.
No digo nada más y corto la llamada. Me acomodo en la cama para seguir acariciando mi polla, mientras pienso en la rubia plástica voluptuosa llena de cirugías. Realmente eso no es algo que me importe. Es hermosa y la disfruto. Para descargarme y tener solo sexo es más que suficiente.
Después de un rato suena el timbre y sé que es ella, así que me levanto para abrir la puerta, ya que no está permitido dar la llave de ninguna habitación a nadie que no sea el inquilino. Lo hacemos por una cuestión de privacidad y seguridad. Una decisión que tomé después de un escándalo que se dio en uno de mis hoteles, cuando la esposa atrapó al marido en una de las habitaciones, siendo infiel.
A ella la dejan subir porque las encargadas de la recepción, y Loana, la encargada de la gerencia, ya saben a qué se deben sus visitas.
Abro la puerta. No estoy para perder tiempo, así que en el acto, la tomo. La empotro contra la pared de frente a mí y empiezo a tocarla. Cierro la puerta con el pie, mientras ella se deja llevar por el deseo. Le beso el cuello y comienzo a bajar mi mano por su espalda, hasta llegar a su delicioso culo, para manosearlo a mi antojo.
Ella más y más se calienta. Sus gemidos me lo confirman.
Llevo mis manos a su coño mientras me como su boca, y ruedo uno de los tirantes de su vestido para apoderarme de sus tetas. Pensando comer como bebé hambriento. Chupo, lamo y muerdo suavemente sus pezones, al tiempo que deslizo una de mis manos para colocar dos de mis dedos en la entrada de su coño, e introducirlos para sentir su humedad.
«La muy perra está chorreando por mí».
Se me escapa un gruñido al sentir como empapa mi mano con sus fluidos. Rápidamente, la despojo de su ropa. Estoy desesperado, pero aun así quiero hacerla esperar.
—¡De rodillas! —le exijo con voz grave.
Acata de inmediato mi orden y saco mi polla dura y gruesa, la cual deja ver las venas remarcadas, producto de la excitación.
—¡Haz lo que mejor sabes hacer puta! Hazlo mirándome a los ojos —le ordeno como a ella le gusta. A ella le prende el lenguaje vulgar.
No termino de hablar cuando ya la tiene en la boca, chupándola una y otra vez. Observo como se deleita con mi m*****o grueso que apenas alcanza a meter completo en su boca. Me gusta ver esta imagen. Ver a la puta de rodillas mientras me la mama, me pone a mil.
Hago puño su cabello y marco el ritmo, dejando que se trague toda mi polla. La presión y mi empuje le provoca arcadas. Mi excitación aumenta al punto de que casi me quiera correr.
—Aaah —gruño nuevamente, echando mi cabeza hacia atrás. Esta perra tiene boca de diabla, pero sus mamadas te trasladan al mismísimo paraíso terrenal.
Así estamos por unos minutos más y, cuando siento que estoy por correrme, saco mi polla de su boca y le ordeno que se levante. La volteo contra la pared y le susurro al oído con demandante:
—¡Voy a tomarte! —Lo hago al mismo tiempo que muerdo levemente el lóbulo de su oreja.
Con una de mis piernas separo las suyas hasta quedar expuesta. Completamente accesible para mí. Termino de quitar mi bóxer y me coloco el preservativo que nunca dejo de usar, para evitar inconvenientes. Llevo uno de mis dedos a su coño, por delante nuevamente, para comprobar lo que ya sabía, y agarro mi polla para penetrarla de un solo golpe.
Así lo hago. La embisto una y otra vez de manera certera, mientras la sujeto del cuello, sin llegar a lastimarla.
—¡Eres mi perra, Dennise! —gruño mientras la penetro duro, como sabemos que a ambos nos gusta.
—¡Oh, sí! Qué delicia. Métemela Eithan, soy tu perra.
Grita sin contemplación, mientras la embisto una y otra vez, y siento cómo sus fluidos chorrean por mi entrepierna. Cuando siento que está a punto de correrse, acelero mis embestidas hasta que se deja ir en un maravilloso orgasmo.
Tres, cuatro, cinco estocadas más, saco mi polla de ella, retiro el preservativo y la volteo para hacerla arrodillar y correrme en su boca.
—¡Aaah! Quiero que te la bebas toda, Dennise. Demuéstrame lo que te gusta sin desperdiciar ni una sola gota.
Gruño como un maldito animal, al tiempo que me vengo en su boca, mientras veo como saborea hasta la última gota, sin dejar de mirarme a los ojos. Solo después de recuperarme la ayudo a incorporarse y nos dirigimos al minibar de la habitación.
—¿Quieres un trago? —pregunto.
—Sí, precioso. Es temprano, pero lo acepto.
Hago lo que pide.
Sirvo dos vasos con whisky y le brindo.
—¿Cuánto tiempo estarás en la ciudad? —cuestiona.
—No lo sé. Depende de cómo estén las cosas con el negocio, Dennise —bebo un sorbo y prosigo—: Y hablando de eso, tengo una reunión importante. Si deseas tomar un baño puedes hacerlo, pero no demores. Ya sabes que mi tiempo es oro.
—Lo sé, cariño. Y sabes que no me hago drama con eso. Conozco perfectamente mi posición. Esto es solo sexo y nada más —me hace un guiño—. Acepto la ducha y en cuanto termine me marcho.
Agarra la ropa y se mete al baño. Agradezco que sea así y que no ande armando dramas. Es a ella a quien llamo cada vez que estoy en esta ciudad, independientemente de que visite otros lugares. Siempre la busco, porque jamás me ha ofrecido problemas.
Mientras permanece en el baño me dispongo a escoger el traje que usaré hoy. Selecciono uno hecho a la medida, como todos los que llevo. Un Armani de color azul oscuro con la camisa también azul, pero en un tono pálido, y la corbata a tono con el traje.
Después de unos minutos, Dennise sale del baño, ya vestida y arreglada. Conoce las reglas del juego y sabe que además de sexo conmigo no obtendrá nada más.
—Ya estoy lista. Estaré atenta a tu llamada por si me necesitas —habla y hace una pausa —. ¡Ah, por cierto! Hermoso traje —después de hablar me regala otro hermoso guiño y se apresura a la puerta. Cerrando en la marcha.
Aprovecho que se ha ido y me meto a la ducha. Dejo caer el agua en mi cuerpo para que actúe, llevándose con ella toda la lujuria de hace unos minutos. Me seco rápidamente y salgo del baño como Dios me trajo al mundo.
No pierdo tiempo. Me visto con el traje que había escogido. Después de eso me coloco los zapatos y por último mi reloj. Un Rolex-Day-Date. Uno de los más emblemáticos de la casa Suiza. Un modelo de más de treinta mil euros. Para mí es muy importante este tema de los relojes para los hombres.
Siempre se debe llevar un buen reloj y puedo permitirme ciertos lujos.
Por último, arreglo mi cabello y me pongo mi loción. Un Imperial Majestic de Clive Christian que termina de enloquecer a las mujeres. El lujo es algo que caracteriza a mi apellido y yo lo honro muy bien.
Cuando estoy listo tomo mi móvil, la billetera y las llaves, incluidas las del auto. Salgo rápidamente de la suite. En menos de nada ya estoy en el lobby y le doy un vistazo a mi reloj para ver la hora. Aún es temprano, así que decido sentarme un rato en el vestíbulo hasta que llegue la hora de irme a la reunión.
Ya sentado, agarro una de las revistas y ojeo algunas páginas. Ando entretenido leyendo un poco sobre hotelería, cuando siento ese olor que enloquece mis sentidos. Una fragancia sutil con olor a jazmín que me hace nada. No puedo concentrarme en la lectura y menos lo hago, cuando aparece la dueña de ese olor delicioso.
Una mujer perfecta en toda la magnitud de la palabra. Pasa por el pasillo mientras observo su forma de caminar y el movimiento de sus caderas, detallando su hermoso culo bien formado.
«No puedo creer que tenga una maldita erección».
¡Mierda!
Parezco un maldito enfermo.
Coloco la revista sobre mis piernas, para que no se note mi m*****o a punto de reventar el pantalón, y continúo observándola en su andar. Su cuerpo erguido y todo en ella denota clase y elegancia.
Estoy así, con la mirada clavada en ella, cuando de pronto se detiene como si sintiera el peso de mi mirada. Con un movimiento seductor voltea su cabeza a ambos lados, como buscando algo, hasta que sus ojos se encuentran con los míos.
«¡Dios, que belleza de mujer! ¡Tanta belleza debía ser pecado! Sus labios. Esos labios rojos tienen que ser míos».
Es lo que pienso en el acto. No puedo evitar pensar y desearla como nunca deseé.
Me observa con picardía por unos segundos y sonríe. Por mi parte, no puedo evitar hacer lo mismo e incorporar un guiño, para ver como vuelve su mirada al frente, siguiendo su camino y desapareciendo en el umbral de la puerta. Me remuevo inquieto en la silla, mientras paso una de mis manos por mi cabello. La curiosidad me está carcomiendo el cerebro y siento que no puedo quedarme así.
¿Quién es ella y por qué se encuentra hospedada en mi hotel?
«Como si esa fuera pregunta. ¿Acaso no es un hotel?»
Me recrimina mi conciencia.
Dejo la revista. La curiosidad y los deseos no me permiten quedarme quieto. Me pongo de pie para salir. Camino a pasos largos y me apresuro a la entrada procurando abordarla en la salida. Pero ya no hay ni rastro de ella.
¡Diablos!
Tengo que saber quién es.
Me urge saber quién es la dueña de esos labios rojos que me vuelven loco.