Adrianne
Ya estoy en la agencia. Acabo de llegar y solo hago asomar en la entrada cuando Ivette me aborda:
—Adrianne, ¿esta es hora de llegar a tu agencia, cuando te espera tu equipo de trabajo desde hace más de media hora?
—Buenos días para ti también, Ivette.
—Buenas noches, querrás decir —saludo y responde con ironía.
Esta mujer me está provocando y no estoy para soportar las estupideces de nadie. Booker o publicista, lo que sea, no me importa. Esa etapa en que la necesitaba ya pasó y jamás necesité de ella. Ahora tengo mis contratos y siempre cumplo, así que me resbala lo que diga.
—Como comprenderás aún me siguen esperando, así que por favor, no robes más de mi preciado tiempo —le doy la espalda y sigo caminando.
No estoy para los sermones de nadie.
—¡Tan malcriada como siempre! —espeta y me giro para enfrentarla. Ya estoy harta de sus insinuaciones.
—Mide tus palabras conmigo, Ivette. Malcriada no soy, pero podría serlo. Bien sabes que estos privilegios los he ganado con mucho esfuerzo y sacrificio —mi tono no es de buenos amigos. El glamour se me acaba de ir a los pies.
—Lo sé, pero independientemente de eso, la jefa te consiente demasiado y tú te aprovechas.
—¡Por Dios, escúchate! ¡Deja de hablar estupideces! —La encaro—. Además, si me aprovecho o no, que le preocupe a ella, no a ti. Ella es la jefa y es la que me consiente según tú, así que déjame en paz o le voy a informar de tu acoso. Eso, para no tener que dañar tu rostro —abre la boca en señal de asombro—. ¡A ella tengo que rendir cuentas, no a ti!
Iba a responder, pero como me importa un comino lo que piense o diga, le doy la espalda nuevamente y la dejo con la palabra en la boca.
No me molesto en saber si me sigue o no y me dirijo al estudio donde se hará la sesión fotográfica, para la campaña del nuevo perfume de la marca. Mientras camino, voy pensando en lo que dijo la muy estúpida. Claro está que no es cierto. No me aprovecho de nadie. No sé de donde saca esa idea, puesto que ya tengo mis contratos y de ellos también se beneficia la agencia. Gano yo y gana la empresa. Ganamos todos y así sucede con cada modelo.
Es cierto que la agencia se encarga de consolidar nuestra carrera y buscar nuestros trabajos. En eso tiene razónPero nadie es consentido hasta no tener un estatus creado y haber conseguido lo que yo.
No es por gusto que hago las mejores campañas y mi participación en las pasarelas siempre está asegurada. Es sabido que siendo una modelo internacional de alta costura no tendría que hacer estos trabajos, ya que para eso están los modelos comerciales, pero por mi gratitud con Adelaide lo hago, a pesar de que ella nunca me lo ha exigido. Ni siquiera nunca me lo había insinuado.
«En eso tienes razón, pero te advertí y nunca me escuchas».
Esta tardó demasiado en aparecer.
Nadie pidió tu opinión y no apareciste cuando debías, así que desaparece.
Llego al estudio y allí está mi gay favorito. Mi amigo Remi, haciendo mil muecas con su hermosa cara, mientras me observa como gatito apaleado.
—¡Divina, al fin nos honras con tu presencia! —exagera su reacción y se precipita sobre mí. Es el inicio de sus payasadas.
—Ya deja de hablar con ironías, Remi. No colmes mi paciencia —mis palabras suenan como si estuviera molesta y provocan que se detenga en el acto.
—¡Uy! ¿Y ahora qué? ¿Ya te cruzaste con Ivette? Te recuerdo que tu estilista soy yo y fue a mí a quien hiciste esperar—me observa por unos instantes en que dejo mis cosas, para ponernos en función. Y luego se gira hacia donde está Travis, el fotógrafo—. Bueno, a mí y a este bombón de chocolate —añade.
Travis solo sonríe. Ya está acostumbrado a las insinuaciones de mi amigo y a sus ocurrencias.
—Con esto te quiero decir que no debes preocuparte por nada más —prosigue—, pero tampoco olvides que te lo advertí —hace una pausa buscando que hable, pero no lo hago—. Bien, ya veo que me ignoras —hace una mueca—, pero para que veas como soy de bueno contigo, voy a dejarte más perfecta de lo que ya eres. A otra le dañaba el maquillaje para que saliera horrible en las fotos, pero tú, mi amor, eres la divina de mi vida.
Termina de hablar y después de hacerme reír, nos posicionamos. Me dejo hacer por mi amigo. El condenado tiene manos de ángel. Mientras me prepara le doy un respiro a mi mente. Pienso en la hermosura de hombre que vi en el lobby del hotel. Perfecto para tener sexo y divertirse. Lo imagino perfecto como es y una leve sonrisa se dibuja en mi rostro.
—¿En qué travesuras andarás pensando? ¡Vamos cuenta, cuenta! —casi chilla.
—No pienso en nada mariposita, y sí, tengo algo que contarles, pero espera a que esté Camile. No voy a contar lo mismo más de una vez.
—Eres muy perversa, ¿lo sabías? —frunce el ceño—. Me haces sufrir como siempre. No hay un día que no lo hagas —habla y hace un puchero. Como si se tratara de un bebé.
Otra de sus exageraciones.
—Ya deja de hacerte la víctima, Remi, que nos conocemos. Y quita esa carita de gatito, que con eso no sacarás una sola palabra de mi boca —le aclaro, para que no use su estrategia barata conmigo.
Me las conozco todas.
Después de unos minutos termina con su trabajo, dejándome lista, y comienza la sesión de fotos. Tomamos algún que otro descanso, y escuchamos las ocurrencias de Remi, que se mete a cada nada con Travis. El condenado está divino, pero mi amigo está jodido con él, porque le gustan las mujeres. No sé qué tiene el mundo de la moda que hasta los fotógrafos están de infarto.
«Y tú que no te controlas».
Con que te controles tú, ya es suficiente. Y te advierto que no estoy para santas.
Al fin terminamos y después de cambiarme, nos dirigimos al apartamento de nuestra amiga. El suyo queda en el mismo edificio donde vive Remi. En el distrito 1 Premier Arrondissement.
Camile nos tendría el almuerzo listo. Ella mejor que nadie sabe cómo se termina después de una sesión de este tipo. La verdad lo necesitamos, y no me apetece comer fuera.
Salimos en mi auto rumbo a nuestro destino. Conduzco un Audi R-8 Spyder, hermoso, en color azul oscuro, que amé desde que lo vi. Un par de cuadras más y enseguida estamos frente al edificio de mis amigos. Aparco el coche mientras Remi espera en la entrada, y tomo mi cartera para abordar el ascensor.
Camile vive en un tercer piso. Hace poco se vino acá, ya que está más cerca de la agencia y le es más cómodo. Aunque también lo hizo huyendo de la manada de hombres posesivos de su familia. Un padre y tres hermanos que matarían a medio mundo por ella. La pobrecita se siente asfixiada.
Este es uno de los distritos más lujosos e importantes de París. Ya imaginarán los precios, pero podemos darnos ciertos lujos. No todo en la vida se trata de trabajo. También hay que consentirse un poco.
Al llegar toco el timbre y nos recibe con su aspecto de mujer de casa cuando hace quehaceres, con un delantal y un pañuelo en el cabello. Nos planta un beso en la mejilla y después de los saludos, pasamos directamente a la cocina. Antes de hacerlo, dejo la cartera sobre uno de los muebles de la sala.
Nos sentamos a la mesa. Estoy muerta de hambre y mi estómago anda haciendo estragos. No desayuné nada en el hotel, ni al salir de él. Mientras mi amiga sirve lo que vamos a comer, les cuento lo sucedido a la salida con el desconocido. Solo eso bastó para que Remi dejara el reguero de plumas que siempre deja.
—¡Hayyy yo quiero ver! —Esta vez casi nos deja sordas y ruedo los ojos—. ¿Por qué no me contaste antes? ¡Egoísta! —exclama arrastrando las palabras. Mi amiga y yo reímos viendo los gestos y muecas que hace con el rostro. Algo muy característico en él.
—Te me calmas, que yo también tenía derecho a saber. Seguramente Adrianne pensó en eso —habla Camile, al tiempo que prepara los alimentos.
—Pues sí, pero ya sabes como es esta mariposa. No tiene paciencia y le dije que no quería contar lo mismo dos veces —hace un par de muecas más, que ignoramos. Mi amiga acaba de servir el almuerzo.
Disfrutamos de un Magred de Carnad. Un plato preparado a base de carne fileteada de ganso o pato, que se sirve con patatas y arroz. Le ha quedado delicioso como todo lo que cocina. A pesar de su corta edad y de ser modelo internacional —cosa que juega en nuestra contra en eso de aprender a cocinar, por la falta de tiempo— esto de la cocina se le da muy bien.
Disfrutamos del almuerzo entre pláticas y risas que nos saca el ocurrente de Remi. Cuando terminamos pasamos a la sala, para continuar poniéndonos al día con nuestros chismes.
—¿Amiga y en verdad está así de delicioso el papasito? —pregunta Camile, removiéndose en el asiento, a la expectativa.
—Sí, amiga. Es un bombón. Se lo tengo que reconocer —hablo y su imagen llega a mi mente.
«¡Descarada, sin vergüenza!».
Aparece la metiche, pero la ignoro. En respuesta, solo sonrío.
—¿Y qué esperas para atacar? —interroga mi amiga, con una ceja en alto.
—Camile, sabes que no estoy sola y Alexandre es un hombre muy celoso.
—¿Y por qué tienes que mencionarlo? Él no tiene por qué saber.
—¡Eso! —Termina de hablar y al instante Remi mete la cuchareta. Apoya lo que ha dicho Camile.
No puedo dejar que se emocionen con la idea o me van a lanzar literal encima de ese hombre. Son capaces hasta de armar un complot para conseguirlo.
—¡Me hacen el favor de calmarse los dos! —Los señalo a ambos con uno de mis índices—. Estoy clara de que Alexandre no es de su agrado, pero...
—¡Mmm! ¿Y por qué será? —Me interrumpe Remi. Es peor que la metiche de mi conciencia y también suele sacarme del paso, así que reacciono tirando de una de sus orejas.
—¡Ay divinaaa! ¿Qué te ocurre? —chilla y vuelve a hacer un puchero, para después llevar una de sus manos al lugar donde dejé el pellizco, y cubrir la oreja. Lo hace como si le doliera demasiado. Es un total exagerado.
—¡Que me dejes terminar de hablar! —exclamo—. Ya sabes que cuando estoy con ustedes el glamour se me corre a los pies y hago cosas como estas. ¡Haces que pierda la paciencia, hombre!
—Hombre con alma de mariposa —me aclara, al tiempo que hace una mueca graciosa. Pestañea varias veces, imitando a una mujer.
Más, no le río la gracia.
—¿Puedo terminar de hablar? —pregunto y ambos asienten.
—Bien, ya sé que lo odian y que él no se porta muy bien, en el sentido de que a veces parece distante. Cosa que también sabemos por qué lo hace. Pero Alexandre siempre se ha comportado bien lindo conmigo. ¡Remi! —exclamo cuando veo que pone los ojos en blanco—. Es cierto que lo es —afirmo—. Muy a pesar de las circunstancias. Y además de todo me da lo que me gusta —añado—. Lujos, detalles y buen sexo.
—Los lujos que él te da no los necesitas. Con tu profesión puedes pagar lo que sea —esta vez habla Camile.
—Lo sé, pero disfruto de su compañía. Además, no me van a negar que está bien bueno y el sexo que me da... —señalo a ambos con el índice—. Ninguno de ustedes dos me lo dará, y eso está más que claro.
—¡Yo puedo dártelo divinaaa! —habla Remi moviendo repetidas veces las cejas y los tres reímos a carcajadas, ya que si dependiera de él moriría siendo virgen.
Entre plática y risas con las ocurrencias de nuestro amigo, pasamos parte del día. Llega la tarde cuando siento el timbre de mi móvil. Recuerdo que lo había dejado dentro de la cartera, sobre un mueble de la sala, así que lo tomo y como imaginaba, aparece en la pantalla la foto de Alexandre. Lo dejo sonar unas veces más y respondo:
—Hola, amor.
Observo cómo Camile y Remi se secretean. No tengo que ser adivina para saber que hablan de él.
—¿Dónde estás?
Interroga casi gritando y después de hacer una pausa continúa:
—He pasado todo el maldito día llamando a tu teléfono y nunca respondiste.
—Alexandre, por favor, no estoy de ánimos para pelear, así que bájale a tu tono. Mira bien cómo me hablas.
Hablo sin ánimos. De verdad no estoy para las peleas que provocan sus celos absurdos.
«¿Serán absurdos en verdad?».
—¿Dónde estás, Adrianne? Ya pasé por tu hotel y me informaron que saliste en la mañana. ¿Dónde diablos te metes?
Desvío la mirada hasta las dos comadrejas que están a mi lado, y aún siguen despotricando.
—Alexandre, en la mañana, estuve en la agencia, en una sesión de fotos. Sabes perfectamente cuál es mi profesión y no siempre tengo que decirte lo que haré.
—¿Y por qué carajos no respondes a mis llamadas en todo el día?
—Ya te pedí que no me hablaras en ese tono, pero si insistes...
Termino y corto la llamada. Sigue insistiendo, pero lo colocó el móvil en silencio y lo ignoro.
—Así se hace amiga. No permitas que te hable mal. ¿Ya ves por qué no me gusta ese tipo? —Es Camile quien habla mientras Remi se mantiene en silencio. No sé quién se irá a morir, porque siempre es él quién da el primer brinco.
—Camile, tampoco hables como si él estuviera acostumbrado a hablarme así, porque no es cierto. El problema de Alexandre son sus celos. Además, ya sabes que a nadie le permito que me hable así, tenga o no razón. Por eso no deben preocuparse —hago una pausa y prosigo:
—Pero dejemos ya ese tema, ¿sí? —ambos asienten—. Quiero que me vean lo del tema que les hablé.
—¿Lo del apartamento? —pregunta Camile.
—Sí —afirmo—. Y que sea preferiblemente en este edificio. Así hacemos reunión de comadrejas todos los días.
Echamos a reír como tres locos desquiciados y en verdad lo somos.
Yo siempre viví en Lyon, pero por cuestiones de mi profesión me la paso viajando, así que quiero establecerme aquí. No deseo estar en hoteles, aunque no los pago yo, sino la agencia. Es cierto que en ellos hay lujo desmedido, pero prefiero el calor del hogar.
—¿Amiga y por qué no compartimos este apartamento? Ya ves que es grande y yo estoy sola —habla Camile y la secunda Remi:
—Sí, ¿por qué no vivimos juntos los tres?
—¡Nada de eso! Les agradezco, pero prefiero que no. Ya saben que me gusta coger en todo el apartamento y eso no será bueno para ninguno de los dos. Quiero cuidar su salud mental.
Reímos nuevamente, pero no es menos cierto lo que digo. Me encanta el sexo y prefiero total privacidad para practicarlo en toda la casa.
Pasan los minutos y en eso estamos, hablando sobre sexo, cuando recuerdo que es tarde y aún me toca mi rutina en el gim.
—Bueno, mis amores. Los dejo. Todavía me quedan algunas cosas por hacer.
—Si tu adorado se aparece a molestar en el hotel, no dudes en llamar a los de seguridad —me pide Camile.
—Llámame a mí y seré yo quien vaya a platearle el trasero —prosigue Remi, mientras lanza unos golpes al aire.
—Quietos los dos, que no pasará nada. Lo tengo todo controlado. Además, para cuando lo vea, ya su ataque habrá pasado. Alexandre no es de los hombres que mantenga esa posición por mucho tiempo. Solo tiene que verme para que se le pase todo.
Me despido de mis amigos. Tomo mi cartera y después de abordar mi auto, me dirijo al hotel. Una vez que he llegado y aparcado el coche, me dispongo a entrar. Pero cuando llego al lobby, ahí está Alexandre acompañado de otro hombre.
¡Diablos!
Esto tiene que ser una broma. No puede ser tanta casualidad.