Eithan
Ha terminado la reunión en la que a duras penas me pude concentrar, por estar pensando en la belleza que vi en el hotel. Creo que he quedado obsesionando con ella. Hoy mismo tengo que saber de quién se trata o de lo contrario, terminaré por volverme loco.
Después de concretar todo con Eric y ver que los negocios marchan a la perfección, nos dirigimos en nuestros autos a almorzar, en uno de los mejores restaurantes de todo París. El Le Maurice. Con un menú realmente exquisito para el deleite del paladar. Ya mi amigo había reservado. Como siempre, previendo todo, por aquello de que es abogado. Creo que es una manía de la profesión.
En unos minutos llegamos. Nos dirigimos al salón donde nos aborda el hoster, indicándonos nuestra mesa. Nos sentamos para escoger el menú, mientras disfrutamos de un delicioso vino tinto, ya que nos apetece comer carne roja. Necesito estar bien alimentado. Mi estadía en París es bien intensa y esta vez no será diferente. Aún sigo pensando en la diabla de labios rojos que me tiene loco y que no saco de mi mente. Definitivamente, debo saber quien es, y llegar a ella, por ahora, se ha convertido en el propósito de este viaje.
—¿En qué piensas, Eithan? —interroga Eric—. ¿Me dirás lo que te ha tenido distraído todo el día? —Continúa y guardo silencio—. ¡No me dirás que se trata de una mujer!
—Pues fíjate que sí. Se trata de una mujer que me encanta, pero ese no es el problema —llevo la copa del delicioso vino a mis labios y sorbo un trago. Imagino que son los labios que tanto deseo—. El problema ahora mismo es que no sé quién es, y por esa razón no puedo concentrarme en nada.
—¡Hombre, que no se diga! No hay nada imposible para ti —asegura mi amigo—. Con solo pedirlo puedes saber de quién se trata. Sabes perfectamente que puedo mandar a investigarlo por ti.
—No se trata de eso —suspiro—. El maldito problema es que la vi unos breves minutos y no tengo la más mínima información sobre ella. Aunque eso no será por mucho tiempo —aseguro—. Se está hospedando en uno de mis hoteles. De hecho lo hace en el mismo que me estoy quedando.
—¿Entonces cuál es el problema? —Hace un gesto de manos—. Pide la información en la recepción. Eres el dueño del maldito hotel —sugiere.
—Precisamente por eso no la pedí. Hay reglas que cumplir, Eric. Si las violo, después no podré hacer exigencias. ¿No te parece, abogado? —Rueda los ojos.
—Claro hombre. Ya entendí.
Estando en nuestra plática nos trae el pedido una camarera que no me saca la vista de encima, sin embargo, no me apetece. Hoy no puedo pensar en nada más que en la desconocida que me ha tenido todo el día pensando en ella. La mujer acaba por darse cuenta de mi desinterés, y termina coqueteando con mi amigo. Él con gusto aprovecha para dibujarle las tetas, mientras la mujer se inclina a depositar los platos.
Se toma su tiempo intencionalmente, provocando que Eric pase saliva varias veces. Yo sonrío disfrutando de la escena. No sé por qué en un lugar como este hay una camarera tan descarada y ofrecida. Pero también hay que admitir que en estos tiempos eso es algo común. Hasta en los mejores sitios esto sucede.
Después de disfrutar de la comida, la vista y el ambiente que ofrece el lugar, pagamos la cuenta. Ya estamos satisfechos, así que cada cual a lo suyo.
—¿Hoy en la noche iremos a la disco? —pregunta, Eric, ya en la salida.
—¡Claro! —confirmo—. No sé por qué preguntas. Sabes que es lo que siempre hacemos después de la reunión.
—Lo sé, pero como esa mujer te trae loco, pensé que quizás ya no querrías coger con nadie más.
«Qué idea tan absurda».
—¿Estás tonto, Eric? A mí ninguna mujer me quita el sueño y menos las ganas de follar —le aclaro.
—¿Y entonces que fue lo que pasó allí dentro? —interroga—. Despreciaste a una mujer hermosa y eso no es común en ti.
—No es eso, hermano. Es la incertidumbre de no saber quién es ella, pero en cuanto sepa, mi cabeza quedará nuevamente en su lugar.
«Eso espero».
—Bueno, espero que sí —nos despedimos con un apretón de manos—. Nos vemos a la hora de siempre.
Asiento con un movimiento de cabeza y abordo mi coche, para dirigirme al hotel. Ya es tarde y no sé si la mujer que me trae así habrá llegado. De ser así se me dificultaría más saber quién es.
Ya en el salón del hotel veo pasar a Loana, la gerente, controlando el servicio, y se me ocurre una idea. Le hago un gesto con una de mis manos para que se acerque e inmediatamente la tengo frente a mí.
—Buenas tardes, señor Eithan. ¿Se le ofrece algo? —pregunta con una sonrisa en los labios.
—Buenas tardes , Loana —correspondo al saludo—. Quiero saber como se ha comportado el movimiento dentro del hotel en esta última semana.
—Pues, señor, se ha comportado muy bien, como siempre. Ha entrado un número significativo de personas que se encuentran hospedados por cuestiones de trabajo, y otros por negocios o placer.
«¡Diablos! Esta mujer no me dirá lo que quiero saber. Aunque también entiendo que no es adivina, así que tendré que ser más claro».
—¿Cuántas personas importantes en estos últimos días? ¿Alguien que requiera especial atención? —cuestiono.
—Bueno, señor Eithan. En este hotel todo el que se hospeda es importante y de dinero, pero actualmente no se encuentra ningún político. Solamente se encuentra hospedada desde hace unos días una modelo de alta costura, muy famosa.
¡Eureka!
—¿Cómo se llama? —pregunto con urgencia.
—Su nombre es Adrianne Lauren, señor. En este momento se encuentra fuera del hotel.
«Al fin sé su nombre y eso es suficiente por el momento».
—Bien, Loana. Puedes seguir con lo tuyo, pero quiero que cuando llegue me hagas saber —le pido.
—Como diga, señor Eithan.
Responde y se retira, mientras miro mi reloj para comprobar la hora. En eso estoy, cuando reparo hacia la barra del bar y veo a una hermosa y deliciosa morena sentada en una de las banquetas. Me quiere comer con la mirada y no estaría mal un poco de diversión. Desde la mañana estoy en abstinencia y necesito relajarme, me hace falta. Tengo que dejar de pensar en ciertas cosas que me han tenido incómodo todo el bendito día.
Paso cerca de la barra para dirigirme a la habitación, y uso uno de mis trucos con la mujer que me sigue comiendo con la mirada. Finjo mirar la hora en mi reloj, mientras paso, y sé que es tanto su deseo hacia mí que no dejará de preguntar.
—Buenas tardes, caballero —saluda, coqueta—. ¿Podría decirme la hora?
Sonrío de lado, analizando lo descarada que pueden llegar a ser algunas mujeres. Sobre todo cuando quieren sexo. No demoro en responder:
—Buenas tardes, muñeca —correspondo al saludo—. Con gusto te digo lo que quieras —miro el reloj nuevamente—. Son las dos de la tarde.
—Gracias amor, muy amable.
«Chica traviesa».
—¿Me aceptaría un trago? —Ahora soy yo quien pregunta. Aprovecho la oportunidad para darle lo que quiere. Ella busca sexo y no soy quien para negárselo.
—Encantada lo acepto —habla mientras muerde levemente su labio inferior, haciéndome la invitación que estaba esperando.
—¿Te parece si ese trago lo tomamos en mi habitación, muñeca? —Tanteo sabiendo la respuesta.
—Demoraste demasiado en preguntar —responde, mientras se pone de pie, y suelto una carcajada que llama la atención de los presentes.
No puedo evitar hacerlo al ver lo descarada que es. Pero es lo que necesito en estos momentos.
Ella me observa algo extrañada, sin embargo, no habla. Nos apresuramos al ascensor y una vez dentro, e indicado el piso, se abalanza sobre mí. Inmediatamente, me come la boca.
¡Es una fiera esta mujer!
—¡Chiquita eres tremenda! Veremos que tal te comportas dentro de la habitación.
—Estoy a tu merced. ¡Puedes hacer de mí lo que quieras! —responde sobre mis labios y solo eso bastó para despertar mis más bajos instintos.
Suena la alarma del ascensor, indicándonos que ya llegamos, y rápidamente nos separamos. Una vez abiertas las puertas, caminamos por el pasillo, decentemente, para no llamar la atención de los demás. Tengo una reputación que guardar y no es bueno para mí que me vean en estas cosas, menos en uno de mis hoteles. En pocos minutos llegamos a la suite, y ya dentro, la fiera intenta brincar nuevamente sobre mí, pero esta vez soy más rápido y la freno.
—¡Quieta! —Le hago una seña con una de mis manos para que se detenga. Esta mujer me mira con cara de quien quiere comerme vivo.
—Sírvete un trago y ponte cómoda, muñeca. No hay prisa. Ya estamos aquí, así que vamos a jugar un rato.
Obedece, en tanto me despojo de todo lo que llevo encima, incluida la ropa. Quedo completamente desnudo. Sonrío de lado, observando cómo me detalla el m*****o semi erecto y se relame los labios.
—¿Te gusta lo que ves, muñeca? —pregunto con una media sonrisa.
—Me encanta. Se ve delicioso. Todo tú lo estás.
Afirma y sonrío satisfecho al escuchar su respuesta. Le indico con mi dedo índice que se acerque. Lo hace mostrando también una sonrisa pícara, al tiempo que toma de su bebida. En menos de nada queda frente a mí.
—¿Recuerdas cuando dijiste que estabas a mi merced? —interrogo.
—Como olvidarlo —responde con malicia. Le brillan los ojos.
—Perfecto, es bueno que lo recuerdes, porque es justo así como estarás.
Me dedica una sonrisa y procedo a buscar lo que necesito. Voy hasta una de las gavetas y tomo un dado que siempre tengo en mi habitación, junto a otros accesorios.
—¿Ves esto? —Se lo muestro y ella asiente. Al parecer sabe de qué va esto—. A partir de ahora solo asentirás o negarás. Y quiero que sepas que odio cuando niegan —sonrío al ver la expresión en su rostro.
—Vamos a jugar al detenido, muñeca. Estoy seguro de que vas a disfrutar que algunos de tus derechos sean vulnerados —sonríe, mientras asiente como le ordené, y prosigo:
—Escojo impar —le dejo saber, al tiempo que sacudo el dado en una de mis manos.
Lo lanzo con cuidado sobre la mesita de noche y como siempre, resulto ganador. El dado ya está preparado para eso, así que sonrío mientras ella observa el resultado. Estoy seguro de que le encantó perder.
—Acabas de perder, muñequita. Sabes lo que significa, ¿verdad?
Asiente y saco unas esposas de la misma gaveta. Me acerco a ella y le saco toda la ropa. La tomo de las manos y se las coloco en la espalda, para ponérselas. En esto consiste el juego. El que pierde se deja hacer y yo haré a mi antojo.
La mantengo de pie. Tomo su cabello, el cual lleva suelto, y con una liga lo recojo en una cola. La observo detenidamente. No quiero demorar demasiado esto, pues no olvido que si llega la modelo y Loana me llama no podré bajar. Entonces solo pienso en darle una lección a esta muñeca, para que no continúe portándose mal, y deje de hacer travesuras. Quiero dejarla con ganas de más.
Comienzo magreando sus tetas. Unas tetas pequeñas que se ajustan perfectamente a mis manos. Bajo una lentamente hasta llegar a su entrada y estimulo, mientras chupo uno de sus pezones para pasar al otro. Lo hago despacio. Quiero estimularla de esa manera para lograr lo que quiero. No soy de andar con delicadezas, sin embargo, no es mi objetivo dejarla satisfecha. Quiero que vuelva por la segunda vuelta. Después de un momento la tengo gimiendo y sé que está loca por pedir más, pero no puede, forma parte de las reglas.
Ya mi dedo está dentro de su coño. Lo muevo despacio. Está chorreando de deseos. Sus fluidos se desbordan en mi mano mientras se retuerce de placer. Gruño cuando siento que mi polla no da más y necesito correrme.
No la voy a llevar a la cama donde descanso. A las putas prefiero follarlas fuera de ella.
—¡De rodillas! —ordeno y obedece.
Ruedo mi polla dura por su boca, de un lado a otro, mientras hago presión para que abra. Después de hacerlo la meto toda.
—¡Chupa! —gruño la orden. Mi voz se ha transformado.
Marco el ritmo arremetiendo contra su garganta, como si fuera su jodido coño. No sé cuanto tiempo estoy así. La tengo haciendo arcadas y chorreando saliva. Me deleito con la vista. Ya no voy a contenerme más. Cuando siento que estoy a punto de venirme, tenso su cabello, sacándola de su boca. Y mientras la sujeto con la otra me estimulo una, dos, tres veces más, hasta derramarme sobre su rostro.
Miro cómo se escurre por su cara y boca, haciendo estragos en su cuello y tetas. La observo complacido. Después de eso la dejo en la misma posición y me alejo de ella.
—Ya puedes levantarte —le digo—, hemos terminado.
—¿No me vas a follar? —pregunta, incrédula.
—Muñeca estaré aquí —hablo mientras me sirvo un trago—. Si tienes deseos de más lo podemos concluir, pero no será ahora —escucha lo que digo y hace cara de fastidio, pero no dice nada.
—Sé que te hospedas en el hotel, de lo contrario no estarías en la barra que es solo para inquilinos, así que por favor, pasa al baño y límpiate rápido que necesito salir.
–¿Eres así con todas las mujeres? Porque créeme que esa actitud lejos de desagradarme, me vuelve loca.
«¿Pero será perra?».
—Pues no, solo soy así con las putas. Y tú, por lo que estoy viendo, no eres ninguna santa —mis palabras le provocan reír a carcajadas. Luego de eso se va al baño, dándole la menor importancia.
«Loca de mierda».
Pasados unos minutos regresa y se coloca la ropa. La observo, sentado en la silla, disfrutando de mi trago.
—Quiero repetir. Estoy en habitación doscientos treinta y cuatro —me invita, pero no es ella la que dispone, no en este caso.
—Muñeca, cuando sea que ocurra de nuevo, no seré yo quien vaya a tu habitación.
—Ok, como prefieras. Entonces te buscaré yo —se acerca a mí y me da un leve beso en los labios. Luego sale de la habitación.
Por mi parte me meto al baño y me doy una ducha. Necesito estar listo lo más pronto posible para ir al vestíbulo. Salgo después de refrescarme, y me visto rápidamente con ropa deportiva, ya que voy a aprovechar para ir al gim del hotel de una vez. Salgo de la habitación casi a la carrera y bajo las escaleras en busca de Loana.
—Aún no llega, señor —me aborda, sabiendo lo que iba a preguntar.
—Está bien, Loana. Gracias, esperaré aquí.
Me voy a la barra a tomar un trago y, estoy en eso, cuando de pronto siento que alguien me llama.
—Eithan Scott, ¿qué te trae por aquí? —me giro para quedar de frente al hombre que me habla y, es nada más y nada menos que Alexandre. Uno de los hombres más importantes de esta ciudad. Empresario al igual que yo, pero él se mueve en el mundo de la inmobiliaria.
—Lo que me trae siempre —respondo—. Mis negocios y las mujeres —echa a reír y nos damos un apretón de manos. Hace mucho tiempo que no nos veíamos.
—¿Y tú que haces en mi hotel? ¿No me dirás que vienes a hospedarte? —indago, buscando saber que lo trae por aquí.
—No, vengo por otra cuestión —hace una pausa—. Necesito ver a una persona que se hospeda aquí.
—¿Un asunto de faldas? —Me adelanto. A este lo conozco y sé que por otra cuestión no estaría en este hotel. Alexandre vive no muy lejos de aquí.
—Sí, una chica con la que salgo.
—¿La conozco? —Soy rápido con mi pregunta.
—Seguramente sí. Es la modelo Adrianne Laurent.
Escucho su confesión y no sé por qué rayos estoy reaccionando de esta manera. Siento un vapor subir por mis pies y recorrer todo mi cuerpo, hasta sentir que se aloja en mi rostro. Quiero estallar, pero intento disimular mi molestia. Me giro a la barra para tomar un trago que siento me quema por dentro, y cuando giro nuevamente, para mi sorpresa, viene entrando por la puerta, la responsable de mi malestar.
¡¿No puede ser?!
¡No puede ser la misma persona, carajo!