Logré recuperarme del todo, y así partí de nuevo hacia Manizales, con el milagro hecho realidad, a continuar con mi trajín universitario, con la espalda rasguñada de un montón de situaciones, pero con la firme convicción que ese era mi lugar en el mundo, al menos en ese preciso instante, y, por lo tanto, tomé la decisión de acabarme de recuperar de la cirugía en Manizales. Haberlo hecho allá implicaba muchas cosas, pero principalmente dos muy importantes, la primera era que debía ser yo mismo quien velara por la dieta que iba a llevar de allí en adelante, y la segunda era que yo mismo debía hacerme las curaciones que me faltaban durante un par de semanas. Lo que más me preocupaba era lo segundo, ya que, si bien había visto a la enfermera todos los días del último mes hacer el proceso, no estaba seguro de poder replicarlo exitosamente con las yemas de mis rudos dedos, pero como tenía tantas ganas de irme a Manizales, aprendí a curarme a mí mismo, al menos físicamente.
Al llegar a Manizales, no ocurrió nada demasiado especial al inicio, me enfoqué en ahorrar y empezar a rebuscarme el dinero de cualquier manera que resultara, para así poder empezar a luchar por la vida de mis sueños, esa que estaba decidido a alcanzar luego de haberme levantado de la camilla. Lo que más marcó aquel regreso, fueron el haberme cambiado de casa, pues para ese entonces vivía en una casa horrible, en la cual solo seguía porque uno de mis amigos de otra ingeniería, Angelo, vivía allí. Los dos éramos plenamente conscientes del mal estado en el que se encontraba la casa, pero aun así éramos optimistas en que era más que suficiente para un par de estudiantes poco complicados. Angelo era una persona de pocas palabras, pero que escondía un talento brillante para investigar, un futuro gran investigador.
Los últimos días en aquella casa los pasamos jugando smash bros con los demás inquilinos en un viejo computador al que le conectábamos varios controles, mientras reíamos a carcajadas y los vecinos nos golpeaban la pared para que hiciéramos menos ruido. Fue para esas fechas que Angelo llegó comentándome la posibilidad de irnos los dos a una nueva casa, más cerca de la universidad, una casa nueva que estaban a punto de ofrecer en arriendo, y fuimos a verla juntos, coincidiendo justamente con el dueño, David, un hombre alto y rubio, que destilaba elegancia a simple vista, y nos explicaba de manera pausada cada parte de la casa, hasta que Angelo afanosamente le dijo que sí, que por favor nos tuviera listas nuestras habitaciones para hacer la mudanza lo más pronto posible. Si bien había tomado la decisión sin consultarme, yo estaba de acuerdo con sus palabras, porque la casa en cuestión era hermosa, hasta sus acabados eran elegantes, tanto como su dueño, y todo eso se hacía mucho más interesante, teniendo en cuenta que el arriendo de la casa donde vivíamos actualmente costaba lo mismo que aquella casa nueva, así que sin mente decidimos confirmar nuestra mudanza y avisar a nuestros padres. Cuando le conté a mi madre, parecía haber brincado de la felicidad por el teléfono, porque me confesó que, si bien nunca me había querido emitir juicio de valor alguno acerca de mi actual casa, en el fondo pensaba que la casa era impresentable, teniendo en cuenta el precio y la cantidad de cosas que había por mejorar de aquella casa, como las goteras, el piso dañado, las camas fabricadas con una dudosa estructura metálica, entre muchas, muchísimas otras cosas.
En la nueva casa, Angelo y yo nos dimos cuenta que habíamos tomado la mejor decisión, pero nuestra partida de la antigua casa tuvo repercusiones, pues el habernos ido, sirvió como una especie de boicot que inspiró a los demás estudiantes que allí vivían para abandonar también la casa y buscar una mejor; y así fue como dejamos totalmente deshabitado aquel sitio. En la nueva casa, nos sentíamos como niño estrenando juguete, pues las camas eran nuevas, los utensilios de la cocina, los armarios, la lavadora, absolutamente todo era nuevo y se veía pulcro, y cuando se dejaba de ver pulcro, rápidamente volvía a estarlo, gracias a doña Blanca, la señora que había contratado el dueño para hacer el aseo, que se dedicaba de manera magistral a su oficio, y cada mañana del jueves que llegaba, sabíamos que iba a dejar la casa impecable, lo cual para Angelo y para mí era algo totalmente novedoso, pues en la anterior casa lo extraño era ver que hicieran aseo, o que si quiera se preocuparan por eso, más que por cobrarnos la mensualidad.
Cuando logramos instalarnos del todo, sentía que ese nuevo lugar también me daba un nuevo aire para mi camino hacia la vida que yo quería, que merecía, y efectivamente mis sensaciones no me mintieron, porque justo después de mudarnos allí, nacería en mi vida uno de los elementos más importantes, que se convertiría en un pilar fundamental de mi nueva chance de vivir. Durante esas semanas, aún seguíamos en la etapa introductoria de las clases, por lo tanto, faltaban muchas cosas por definir, entre ellas, los grupos de trabajo para cada semestre. Las asignaturas más importantes de mi carrera, los talleres, se veían de manera lineal, un semestre tras otro, y en todos era importante tener un grupo consolidado y de confianza, pues la carga era pesada para tratar de llevarla a rastras junto a personas que aportaran poco a la hora de trabajar en equipo.
Durante esos días, Alejandro y yo teníamos la incertidumbre de no conseguir un buen grupo de trabajo, pues nuestros anteriores grupos habían sido inestables, así que esperábamos poder conseguir ese semestre un grupo sólido, pero lo que no sabíamos era que ese grupo se iba a aparecer frente a nuestras narices cuando menos lo esperábamos. Uno de esos días, él y yo estábamos cotizando un televisor en un centro comercial de la ciudad, cuando de repente mi celular sonó y era Sofía, a quien tenía muy presente por ser amiga de Laura, que a su vez era amiga de Esther. Ella me llamó para hacerme la siguiente propuesta:
- Hola, ¿cómo va? Es que mire, lo que pasa es que Laura y yo estamos solas en taller, y queríamos saber si ustedes ya tienen grupo, para poder hacernos los cuatro y trabajar juntos éste semestre.
- Si claro, pues Alejandro y yo también estamos solos, si quiere déjeme habar con él aquí un momento y ya vuelvo y la llamo. – le respondí con total ignorancia de la magnitud de la oportunidad que se estaba postrando ante nuestros ojos.
Luego de que Alejandro me hiciera reflexionar inmediatamente acerca de la necesidad de confirmarles a ellas dos nuestra afirmativa, volví a llamar a Sofía unos cuantos segundos después para decirle que sí, que trabajáramos juntos ese semestre. Yo no tenía presente el valor tan alto de aquella oferta, pero Alejandro se encargó de recordarme que, si la universidad fuese un equipo de fútbol, ellas dos eran como el Real Madrid de los galácticos, y nosotros dos éramos el Real Madrid de Laudrup; por eso inmediatamente recordé ello, agarré mi celular, mientras ellas al otro lado de la ciudad se cuestionaban acerca de mi dudosa respuesta, y se planteaban con quién más trabajar si nosotros no íbamos a querer. Las llamamos de nuevo y les hicimos saber que de manera más que confirmada, contaban con nosotros para trabajar juntos.
Esa fue una de las mejores decisiones que tomamos los cuatro, que, sin saberlo, estábamos ante el nacimiento de un equipo destinado al éxito, pero también de un grupo de amigos increíble, en el que todos sentíamos que congeniábamos a la perfección. Partiendo de esa premisa, y aún sin saber todo lo que nos esperaba juntos, por w******p y casi a modo de broma, decidimos anticipadamente bautizarnos como lo que no sabíamos que éramos, pero que el futuro se iba a encargar de demostrarnos que sí éramos: el mejor grupo del universo.