Capítulo 8.2

1216 Palabras
Mi recuperación fue lenta pero segura, y los días pasaban en mi habitación viendo anime acostado en mi cama, inmutándome solamente cuando iba Nidia, la enfermera que había contratado mi papá para que me hiciera las curaciones de la cicatriz en casa, pues su llegada significaba que se acercaban cinco minutos de sufrimiento por cortesía de ella, que con sus delicadas manos, igual me lastimaba de tal manera que mis dientes rechinaban de dolor cuando ella iniciaba el ritual de la curación, poniendo sus dedos dentro de la herida, que iba sanando poco a poco. El estar así implicaba que tenía mucho tiempo, y ese tiempo lo empleaba para pensar y repensar todo en mi vida, para buscar la manera de replantear muchas cosas en esa, mi segunda oportunidad de vida. No era fácil buscar la manera de cambiar algunas cosas, sin embargo, lo más importante ya estaba hecho, yo ya me había dado cuenta que debía cambiar, ni tenía ni puta idea de cómo, pero mi propósito era empezar a hacerlo. Entre todos esos cambios, destacaban el ser un mejor hijo con mi mamá, mejorar mis notas en la universidad, esforzarme en fortalecer la relación con mi padre, y dejar de estar metiéndome en relaciones vacías, y creando lazos que me condujeran a la autodestrucción. Durante esos días, también tenía tiempo de pensar en Esther, siempre tenía tiempo de pensar en ella, me preguntaba si acaso había visto alguno de los estados que publiqué mientras estaba en el hospital, y de ser así, me cuestionaba sus razones para no haberme escrito. Nos habíamos prometido estar el uno para el otro siempre, sin importar más nada, y para mí esa promesa iba más allá de estar o no estar juntos, para mí era algo sacro, perenne, irrompible, al punto que me daba igual qué tan mal estuviésemos, qué tanto su paso por mi vida me hubiera dado mil vueltas y me hubiera dejado con la cabeza hacia arriba; yo estaba dispuesto a estar para ella, más allá del tiempo y del espacio. En ese orden de ideas, lo que esperaba era recibir lo mismo, y me preguntaba una y otra vez cómo era capaz de prometerme incondicionalidad, incluso por su propia iniciativa me lo había jurado, como siempre que se iba, asegurándome una y otra vez que me amaba, que yo era el hombre más increíble del mundo, pero que simplemente no estábamos hechos para estar juntos, que su conclusión siempre era que dejáramos de insistir, porque lo mejor que nos podía pasar era tener una vida separados, o siendo grandes amigos, como me lo había propuesto en algunas ocasiones. ¿Pero yo cómo carajos iba a poder verla como a una amiga? Si la veía y me hacía sentir mil cosas, si tenía los labios más lindos del mundo, si su olor me llamaba a abrazarla una y otra vez, si sus mejillas rojitas eran lo más hermoso que habían visto mis ojos. Siempre que me proponía esa alternativa, yo optaba por hacerle saber que me era imposible aceptar una simple amistad, que no podía verla más de un segundo sin querer tomar su mano, sin querer decirle cuánto la amaba. Tal vez por no ser capaz de aceptar esa amistad era que Esther no aparecía en esos momentos donde me moría de ganas por sentir su apoyo, por saber que contaba con ella, y que era tan incondicional como nos lo habíamos prometido tantas veces. Sin embargo, uno de esos cambios que yo me encontraba buscando también estaba relacionado con eso, con dejar de esperar cosas de su parte, de tratar de renunciar a ella, y aceptar de una vez por todas que las cosas no habían funcionado, y que ya lo de nosotros era una historia finalizada. Si no sabía cómo lograr los otros cambios que quería, mucho menos iba a ser como conseguir olvidarme de ella, si el licor y todo lo que había vivido anteriormente no había funcionado, tenía que ingeniarme de alguna manera un método efectivo para olvidarla, para dejar de esperarla. Repetidas veces el tiempo en mi habitación en la total quietud me permitía pensar en todo lo que había pasado, reflexionar y sacar conclusiones, y siempre llegaba a la misma conclusión: yo no era suficiente para ella. Aun estando seguro de eso en mi mente, me sentía con el valor de levantarme de esa cama tan pronto como fuera posible y empezar a construir la vida que siempre quise, la vida que me encaminara a tener todo aquello que siempre soñé, de comprarle una casita en el campo a mi madre para que descansara, y de viajar por todo el mundo. Así sucedió, pues tan pronto como pude, me sentía capaz de todo, con una determinación en mi cabeza que pocas veces he presenciado en mí, pero me gustaba sentirlo, porque eso era lo que necesitaba para emprender camino en mi nueva vida. Empecé por empezar a juntarme con nuevas personas, y dejar a un lado algunas juntas que, si bien me hacían reír y siempre estaban allí para beber, realmente eso no eran amistades reales, un amigo es algo más que un compañero de rumbas, o que alguien con quien gastar el tiempo libre. Me empecé a separar un poco de Román, de sus amigos también, y de paso, eso me ayudaba a acostumbrarme a mi nueva vida, esa vida en la que no podía beber tan campantemente como lo hacía antes con ellos. Igual a veces no me sentía amigo de ellos, como la vez en la que Román cumplió años y los invitó a todos ellos, pero no me quiso invitar a mí, cuando en mi último cumpleaños él había sido la primera persona en quien había pensado invitar para celebrarlo. Por otro lado, empecé a acercarme un poco más a mi papá, trataba de tener conversaciones un poco más profundas con él, conversaciones que fueran más allá de hablar de fútbol o de chismes del pueblo, charlas un poco más profundas que me permitiera realmente conocernos un poco más, y probar una pizca de aquello que nos habíamos perdido tantos años viviendo separados. Mi padre lo captó sin yo tener que hacérselo saber, y gradualmente me empezó a tener más en cuenta en sus cosas, y yo a él en las mías, y así fue como nuestra relación de padre e hijo se empezó a fortalecer, a pesar de lo difícil que era no pensar en los constantes errores que él había cometido en el pasado y en el presente, porque aunque nos estábamos acercando, mi padre en medio de su bipolaridad, de vez en cuando con sus actitudes me recordaba por qué éramos anteriormente tan distantes, pero yo trataba de llevar todo con total paciencia y comprensión. Aunque sabía que era casi imposible que él cambiara, todo lo que había ocurrido me había ayudado a discernir, y en ese punto de mi vida yo ya no quería cambiarlo, sino aprenderlo a llevar tal y como era de la mejor forma posible, pues las relaciones familiares no se acaban tan fácil como las amorosas, y a mi papá por más que quisiera, no iba a poder cortarlo de raíz, porque en el fondo ambos sabíamos que nos queríamos, pese a los errores del pasado.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR