Luego de haber mandado a Dayana para la mismísima mierda, mi mayor preocupación no dejaba de ser mi enfermedad, y lo que fuera a pasar con mi futuro. Publiqué un par de estados en i********:, y varios amigos, incluido Román y los demás, respondieron a esas historias, diciendo que lo lamentaban mucho y que pasaban a visitarme tan pronto como fuese posible, pero de todas esas personas fueron realmente pocos los que se aparecieron a visitarme cuando yo estaba en el momento más crítico de mi vida. Durante mi estadía en esa habitación aprendí muchas cosas, pero la primera que aprendí, fue que toda esa gente a la que solía llamar amigos, en realidad no eran amigos, eran compañeros de fiestas, de desorden, de copas, pero cuando realmente necesitabas una mano que te brindara su apoyo, no iban a aparecer más de dos o tres, que generalmente son las que siempre vas a tener a lo largo de tu vida.
Para mí durante ese tiempo, mi apoyo terminó siendo mi familia, incluso mi papá, que no solía ser tan partícipe lo estaba siendo, y de qué manera. Mis otros apoyos eran mis amigos de la infancia, Fernando y Santiago, Fernando que gracias a los constantes viajes que nos regaló la música se convirtió en mi gran amigo, y Santiago, el mejor amigo de Fernando, quien había estudiado con nosotros dos todo el bachillerato, y siempre se había destacado por ser un gran estudiante, muy aplicado y curioso, aunque un poco torpe por naturaleza, pero de un corazón inmenso. Ellos dos me visitaban constantemente, junto a mis dos primos y mi hermano. Mi primo que había venido desde Francia a visitarnos, me trataba de hacer sentir mejor de cualquier forma, pero yo pasaba aquellos días con el remordimiento de saber que no iba a poder materializar todos los planes que tenía con él aprovechando su visita a Colombia. Jugar fútbol, ir a montar bicicleta, comer helado, ir a algún restaurante, todo eso se había truncado en un segundo por mi enfermedad.
Es por eso, que lo segundo que pude concluir de todo lo que viví en ese lugar, fue que sin salud todo lo demás vale una mierda, es algo tan fundamental, pero tan normalizado tenerlo para la mayoría, que sólo cuando la perdemos reconocemos que siempre habíamos gozado de buena salud, pero que tal vez el tiempo que habíamos vivido sin tener presente lo afortunados que somos la mayoría, en su defecto se termina convirtiendo en tiempo que se siente como mal vivido, como desaprovechado. E innegablemente yo lo sentía así, como si todos esos años de mi vida en los cuales gocé de la dicha de una buena salud, hubiera vivido desaprovechando el tiempo que tengo en éste mundo, que no es mucho, porque en realidad incluso llegando a viejos, la vida no es otra cosa que un parpadeo.
La noche en la que me percaté de ello y me terminé perdiendo en mis pensamientos, productos de los antibióticos, el suero que me alimentaba bastante poco y los medicamentos que me daban para ayudarme a dormir y no caer en la demencia; esa noche del asco me permitió llegar a una conclusión, que se iba a convertir en el pilar fundamental de mi vida desde esa noche en adelante: vive tanto como te sea posible, todo está permitido.
Cuando reconoces que la vida es así de frágil, empiezas a vivir sabiendo que hagas lo que hagas te vas a morir, así que da igual vivir al máximo o al mínimo, la diferencia serán los recuerdos que deje tu vida vivida al máximo, la huella que logres dejar en éste mundo viviendo al máximo, será mucho más grande. Bien dice un dicho, que el lugar más rico del mundo es el cementerio, porque están allí todos los libros que no se escribieron, las patentes que no se descubrieron, los poemas que nadie recitó, y las palabras que nos guardamos en vida.
El pronóstico para mi salud no era nada alentador, y luego de haber vivido un auténtico calvario, luego de haber pasado recaídas constantes, de haber vomitado, de haber vivido días enteros con dolor en el abdomen y con un hambre voraz, empecé a perder peso debido a la falta de alimentos. Perdí aproximadamente 16 kilos, y los últimos días que pasé en el hospital, de sólo verme en el espejo me sentía como un espantapájaros, en la misma medida que mis huesos empezaban a definirse sobre mi piel, y mi poco músculo se iba. Me sentía peor que nunca, pero hubo alguien que lo arregló.
En el transcurso de esos días en mi habitación, muchas enfermeras me atendieron, debido a que se rotaban constantemente los turnos, y como para hacerme las curaciones de la cicatriz me debía quitar el pantalón y los bóxeres, perdí la cuenta de cuántas me vieron desnudo, entre esas enfermeras, muchas conocidas, como tías de compañeras del colegio, o madres de algún compañero, lo cual me avergonzaba, pero era capaz de llevarlo. Entre todas esas enfermeras, se encontraba la mamá de Valentina, que, al verme así, me dijo que le iba a decir a ella, para que fuera a visitarme, pues estaba segura que una visita de ella tal vez me iba a ayudar a subir el ánimo.
No hubo una sola persona que al verme por primera vez no pusiera un rostro de desagrado, sin embargo, Valentina fue a verme, y lo primero que hizo fue sonreírme con dulzura, y acariciarme la frente, sin dirigirnos ni una sola palabra, simplemente mirándonos a los ojos mientras nos sonreíamos. Me sentía como el ser más repugnante del mundo, pero durante unos minutos, me sentí diferente gracias a esa mirada, y a su noble manera de manejar la situación.
Cuando se decidió a hablarme, me dijo:
- Juan, yo sé que hace mucho tiempo no nos vemos, sé que cometí errores que nunca me vas a perdonar, pero prometí que podías contar conmigo siempre y aquí estoy, cumpliendo esa promesa. Sé que no soy la mejor compañía, sé que a lo mejor ni entiendes por qué quise venir a pesar que ya no somos nada, ni siquiera amigos, pero mi mamá me dijo que te vio demasiado mal, me contó lo que ha pasado con tu caso, que estás tomando medicamentos para poder dormir en las noches, que no estás comiendo, y estoy aquí para tratar de hacerte sentir un poco mejor.
Sólo me quedé observándola, sin decirle mayor cosa, en ese momento me sentía tan terriblemente destrozado por dentro, que por un momento quise olvidar mi orgullo y mis rencores hacia ella, y decidí ser feliz con ella, al menos durante lo que durara esa visita, una de las más especiales que recibí durante aquellos días.
Cuando Valentina entró a mi habitación, mi madre se fue para dejarnos hablar a solas, y eso hicimos durante bastante tiempo, e incluso ella logró que durante unos instantes mi buen humor regresara, y entonces empecé a contar mis malos chistes para ella, como solía hacerlo cuando éramos novios, pero mientras nos reíamos juntos de uno de esos chistes, ella se quedó mirándome a los ojos, y la intención de su mirada cambió por completo, como si estuviera tratando de tensionar el ambiente a propósito, y con un timing perfecto.
La miré de la misma manera, esa con la que nos veíamos en su casa hace años, justo antes de empezar a desnudarnos, y fue cuando empezamos a hablar francamente:
- Sé lo que significa esa mirada, pero mírame, estoy completamente demacrado, impresentable, incluso en éste preciso momento me avergüenza estar frente a ti, entonces, dado el caso que quieras que algo pase, creo que va a ser difícil para mí.
- Ay Juan, sé que es un poco extraño, pero míralo por el lado positivo de la situación, estamos en un hospital, solos en una habitación, y sé que en éste momento tienes tantas ganas como yo. ¿Quién nos va a descubrir? Si tu mamá se fue a la cafetería y no volverá en un buen rato, solo debemos ponerle seguro a la puerta de la habitación.
- La verdad, sí tengo ganas de ti, pero igual me preocupa que nos descubran, que te parece si mejor entramos al baño de la habitación y allí hacemos lo que quieras, y si alguien golpea, simplemente salimos y decimos algo que todos nos van a creer, que tú me estabas ayudando a ir al baño.
Para mí era un plan perfecto, pues todos sabían que no era capaz de ir al baño sólo, en primer lugar, debido a lo débil que estaba para caminar, y, en segundo lugar, porque tenía que cargar con una base de metal que sostenía la máquina que me suministraba suero. Fue así como sucedió, nos encerramos en el baño, y Valentina me desvistió, procediendo a realizarme el sexo oral más brutal que me había hecho, poniendo todas sus energías en hacerme disfrutar.
No sabía si en realidad ella quería hacer eso, o simplemente era una forma de ofrendarme un poco de placer y felicidad, teniendo ella presente lo mal que la estaba pasando yo entre esas cuatro paredes, pero acepté aquella mamada como la manera que siempre habíamos tenido de hacernos sentir bien, incluso cuando éramos novios, y esa manera era así, con sexo. Lo hizo tan delicioso, que con mi poco aliento me vine sobre ella, con una cantidad de semen que pocas veces había logrado reunir en mi interior, pero que era coherente pensar que estaba ahí guardado, pues ya llevaba dos semanas en el hospital, y mucho tiempo antes de la operación sin venirme.
Mientras limpiábamos la escena para no dejar rastros, mi madre regresó, y fue allí cuando Valentina y yo nos vimos en la obligación de sacar nuestros dotes actorales para disimular, tal cual como lo habíamos planeado, o al menos eso fue lo que sentimos, nunca lo confirmé, pero quizá mi madre no se creyó la historia, pero aun así no dijo nada, solamente para no discutir conmigo, o para no estresarme más de lo que ya la agobiante situación de salud mía me atormentaba.
Luego de haber sentido el apoyo y el cariño de mi familia, y de mis grandes amigos, y a eso sumándole la alegría que me había producido la visita de Valentina, empecé a mejorar de manera inexplicable. Un día como cualquier otro, las enfermeras me dieron un poco de comida, para saber si mi cuerpo la recibía, o por el contrario la rechazaba. En caso que la rechazara, me dejaban conectado a las máquinas, y en caso que no, me daban otro tipo de comida, igualmente suave, para esperar mi reacción.
Ese día, me dieron comida como siempre, y yo estaba esperando a vomitarla como siempre, pero no fue así, pues ese día, mis habituales náuseas luego de saborear ese trozo de pan nunca llegaron, por el contrario, empecé a sentir como mi cuerpo me pedía más comida, sentía a mi estómago rugir luego de muchos días de estrés, y noches de desesperanza. Me emocioné un poco al ver que mi cuerpo había reaccionado bien, y unas horas después empecé a sentir una verdadera mejoría, así que me dieron nuevamente comida, ésta vez un poco de sopa, y mi cuerpo nuevamente la recibió exitosamente. Poco a poco se fue dibujando una sonrisa en mi rostro y en el de mis padres, que durante los últimos días trataban de estar conmigo, juntos.
Sólo podía haber una persona regularmente conmigo, que era mi madre, pero mi papá conocía mucha gente en el hospital, así que en ocasiones iba con mi hermano a verme, así era como lográbamos estar los cuatro, juntos en una habitación, y mi padre llegaba, listo para relevar a mi mamá, y con un almuerzo empacado en la mano para ella. Era bonito ver que si bien mi enfermedad había sido una desgracia mírese por donde se mire, había servido para unir, así fuera de manera momentánea a mis padres, y a mi familia en general. Fue así, como durante algunos días, tuve el gusto de estar en esa camilla moribundo, adormilado por los medicamentos, pero con mis ojos entreabiertos podía ver a mi papá de pie, hablándole a mi mamá y a mi hermano, manoteando exageradamente como buen santandereano; y con mis oídos, podía escuchar a mi padre haciendo chistes sobre el cabello de mi hermano, y a mi madre y mi hermano riéndose. Yo también me reía, aunque nadie se percataba que yo me encontraba despierto, pero me hacía inmensamente feliz esa escena, vernos a los cuatro juntos, por un motivo triste, pero juntos al fin y al cabo, y era realmente hermoso para mi poder encontrar razones para ser feliz en medio de tantas angustias, de tanta desesperación, y fue así como en medio de todo lo malo que estaba ocurriendo, me sentí como viviendo en un universo paralelo, un universo en el que mi padre nunca se había ido de casa, como si estuviese viviendo la cotidianidad de lo que hubiera sido eso.
Luego de haber sentido que mi familia chiquita y rota se había unido por unos cuántos días por una razón en común, fue que sucedió el inicio de mi mejoría, por lo cual a veces me atrevo a afirmar que lo que necesitaba para sentirme mejor, era liberar todo el estrés y la frustración que sentía de estar allí, y en efecto lo hice cuando estuve con mi familia durante esas tardes, viéndolos reír y compartir conmigo. Fue después de haber demostrado que podía recibir comida sin mayor problema, y ya con la mente más tranquila, que el médico entró un día a mi habitación, y con una sonrisa en el rostro que demostraba que tenía presente todo lo que aquel paciente había atravesado, dio la orden de que me quitaran todas las máquinas, y que me dejaran por mi propia cuenta, así que me desconectaron todo, y me trajeron un desayuno suave, algo de fruta, unas galletas y agua. Mi cuerpo nuevamente respondió bien, y pasadas varias horas, el médico entró a mi habitación, y en frente de mis padres firmó la orden para que me dieran salida, para poder volver a casa, con una estricta dieta que debía obedecer para no recaer.
Lo había logrado, mi padre ya se encontraba pagando el recibo de mi hospitalización, y mi madre con lágrimas de emoción en los ojos, empacaba todas mis cosas para volver a casa. Yo sabía lo que ello significaba para ella, sabía lo duro que era haberme visto tan enfermo, y tener que haber pasado tantos días viéndome cada vez más raquítico, y el por fin verme recibir comida como antes era su mayor alegría. Hasta ese entonces no era consciente de cuanto me amaba mi familia, y gracias a eso entendí que ellos tres me amaban y estaban dispuestos a ayudarme en situaciones difíciles tanto como yo a ellos.
Mi padre muchas veces había roto en llanto frente a mí, pidiéndome que por favor me recuperara, que ya no quería verme así, que por favor me levantara de esa camilla y volviera a ser el muchacho inquieto y activo que siempre había sido. Pero ahora por fin su tranquilidad había vuelto, sabía que él temía que me volvieran a operar, porque muy probablemente eso iba a dificultar mi recuperación aún más. Gracias a todo lo que había pasado, había entendido que tal vez a mi padre no lo iba a tener siempre al lado, pero sí lo iba a tener siempre que realmente lo necesitara, y fue gracias a esa experiencia que poco a poco, empecé a perdonarle y sanar toda mala sensación que guardaba en mi corazón hacia él.
Cuando llegué a casa, mi perro saltaba de la emoción, como su fuera consciente del milagro que había ocurrido, de que yo me hubiera sanado unos días antes que me operaran por segunda vez, y yo abrí mis brazos para darle un abrazo inmenso. Mis abuelos, quienes siempre me llamaban e iban a visitarme al hospital, lloraban de la felicidad de verme entrar nuevamente por esa puerta, de saber que yo había salido victorioso a pesar de todo. Y luego de haberme rencontrado con todos, empecé a adaptarme a mi nuevo estilo de vida, a mi nueva forma de alimentarme, y a mi necesidad de quedarme quieto, pero esa vez al menos era en casa, y aprendí a hacerlo gradualmente, mientras mi madre me llevaba poco a poco comida, para que yo la probara de nuevo después de tres semanas sin saborearla. Servía pechuga, gelatina, pan, pescado, frutas y verduras, y yo empezaba a morder cada trozo de comida, mientras de mis ojos brotaban lágrimas de felicidad, de emoción por volver a probar toda esa comida, comida que muchas noches me había acostado pensando que nunca iba a volver a probar. Así empezó mi nueva vida, en medio de las vacaciones de la universidad más extrañas de mi vida, con mis 18 años tan anhelados cumplidos, y despidiéndome de mi primo, que regresaba a Francia después de esas semanas; y eso, más allá de no ser el más perfecto de los nuevos comienzos, era la segunda oportunidad que me había dado la vida, una oportunidad para empezar a hacer las cosas diferentes, y para aprender de todo lo que me viví durante mis días en el hospital. Nunca entendí por qué la vida hizo eso, haberme dado una segunda oportunidad de manera inexplicable incluso para los médicos, pero todo cobraría sentido tiempo después.