Luego de haber iniciado mi hospitalización, me sentía completamente fuera de mi zona de confort, pues mi ansiedad en condiciones normales siempre me llevaba a estar activo, haciendo muchas cosas, a ser una persona multitarea, e incluso en las noches me costaba apagar mi cerebro para que me dejara dormir. Pero estar en el hospital significaba que iba a renunciar por un momento a mi estilo de vida, aunque para ese instante yo creía que no iban a ser más de dos o tres días. Qué equivocado estaba.
La operación me había dejado una cicatriz de unos 9 puntos justo bajo el ombligo, y un suministro de suero mientras me recuperaba y podía volver a alimentarme normalmente. En esas condiciones me encontraba en una habitación modesta, compartida con otro paciente, un hombre llamado José, quien se había fracturado una pierna terriblemente en varias partes, y también estaba recién salido de operación, con él me dedicaba a hablar en las tardes de aquellos aburridos días, generalmente de teología y otros temas de ese estilo, pues don José era pastor de una iglesia evangélica o cristiana, no recuerdo exactamente, pero era interesante pasar horas debatiendo con él acerca de teología, él con la de su iglesia, y yo con la católica, la que le había aprendido a mi abuelo durante tantos años cuando se sentaba a estudiarla y yo estaba sentado viendo televisión, pero lo escuchaba leerla en voz alta y también prestaba atención.
Pasaron dos días en los cuales pude estar tranquilo, y mis pensamientos me ayudaban a mantenerme aliviado al menos en lo mental, la compañía de aquel señor también me ayudaba a no pensar en la enfermedad de aquel entonces, y nos sentábamos cada uno en su camilla, a hablar de teología, como dos viejos aburridos haciendo una especie de mayéutica, pero la diferencia era que don José tenía unos 57 años, mientras yo tenía mis 18 recién cumplidos, en el día más tormentoso de mi vida. Don José se terminó curando rápidamente su fractura, y se fue de aquella habitación, dejándome sólo en una habitación para dos, pero rápidamente esa cama la ocupó otra persona, un sujeto que estaba tan golpeado en un accidente automovilístico, que estaba parcialmente inconsciente, y sus párpados estaban tan hinchados que no podía ni abrir sus ojos, y su boca estaba reventada, sus mejillas raspadas y sus extremidades completamente inmóviles.
El problema de haberlo visto allí, fue que tuve que verlo irse, igual que don José, y vi llegar a alguien nuevo a esa misma camilla, pues los días pasaban uno tras otro, pero mi mejoría no llegaba, por el contrario, solo todo empeoraba. El tercer día de mi estadía en el hospital, los médicos me iban a ver una y otra vez, a revisar mi estado de salud en general, pero más específicamente mi cicatriz. Luego de inspeccionarla visualmente, me tomaban la temperatura y me hacían varias preguntas, y me preocupaba en realidad que no hicieran nada más, pues siempre les manifestaba que me sentía mal, débil y mareado, pero siempre me ignoraban y hacían caso omiso.
En el cuarto día, una practicante de medicina acompañaba al cirujano que iba a revisarme todos los días, y ella no quiso ignorar mis comentarios, pues le preocupaba que algo estuviera yendo mal. Ella me tocó la cicatriz, y la sintió caliente, así que le pidió al médico que le permitiera quitarme un punto, para poder cerciorarse que todo estaba en orden, y fue allí cuando pasó. Luego de quitarme el punto, mi herida empezó a sangrar por montones, y los médicos tuvieron que correr a retirarme los puntos superficiales, para limpiar rápidamente la herida por dentro, mientras me retiraban los demás puntos.
No sé qué fue más doloroso, si la limpieza o la remoción de los puntos, pero ese día sentí en vivo y en directo mis músculos y mi piel quejarse, mientras sentía asco de mi propio cuerpo, y vergüenza, pues la herida se había infectado, eso explicaba la sangre y el desagradable olor. Luego de ello, me diagnosticaron íleo paralítico, una condición que no se suele presentar en ese tipo de operaciones, pero que ocurre de vez en cuando. Según lo que le entendí al médico, era una parálisis de mi sistema digestivo debido a la peritonitis que lo había dejado irritado, así que el cuerpo dejaba de recibir alimento durante un tiempo hasta recuperarse, y ser capaz de volver a procesar todo normalmente.
Los médicos decían que esa condición era extraña, pues a veces se tardaba un par de días en sanar, y a veces mucho tiempo, en ocasiones muchísimo tiempo, pero me daban esperanzas de que yo iba a estar bien, mientras que a mis padres afuera les decían que, si no mejoraba, iba a ser necesaria una nueva intervención quirúrgica, pero ésta vez mucho más compleja, debido a que me tenían que revisar por completo el sistema digestivo. Esa incertidumbre de no saber lo que estaba pasando, de no tener certeza alguna de si me iba a poner bien o no, de tampoco saber cuándo, ni cómo; acompañadas de las constantes curaciones que hacían a mi cicatriz, y al estrés de la quietud del hospital, todo eso en conjunto me empezó a volver loco.
Para rematar la situación, durante esos días Dayana me escribió durante esos días, sin saber nada de mí, pues yo en el momento en que me ingresaron, por el estrés de las circunstancias me alejé lo máximo posible de mi celular, y me dedicaba a ver películas en un pequeño televisor, y a leer libros que mis primos me llevaban. Dayana me había dejado un mensaje que leí en una de esas pocas veces que agarraba el celular, y el mensaje decía que la perdonara, que habían pasado ya varios días sin saber de mí, que no entendía que era lo que pasaba, pero que se había sentido sola y que había buscado compañía en alguien más. Yo, consternado por aquel mensaje le pregunté que quien era esa otra persona, que si yo la conocía, y me dijo: no creo que la conozcas, es un chico de primer semestre.
Le pedí que si me iba a contar la verdad, por favor tuviera la valentía de contármela completa, así que ella me dio la razón, y me envió el nombre de aquel tipo, nombre con el cual empecé a buscar gente en las r************* , y que ágilmente encontré, para conocer ese rostro, para saber al menos por quien me había cambiado. En ese momento, me di cuenta que aquel sujeto, no era otro que el primíparo al que le daba clases de tenis de mesa, ese primíparo que se había ganado mi confianza por destacar del resto, con el que me gustaba jugar para enseñarle en el bloque deportivo de la universidad. En ese momento de mi vida, sentí como si todas las desgracias del mundo estuvieran convergiendo en mi vida, como si la caja de Pandora se hubiese destapado en mi cara y toda la desdicha se hubiera condensado en mi vida.