Capítulo 7.2

3032 Palabras
Luego de haber recibido los constantes rechazos de Esther durante esos primeros dos semestres de universidad, me concentraba en tratar de olvidarla, y como no sabía de alguna manera efectiva, mi corta lógica me llevó a tratar de olvidarla de la manera más obvia y burda posible, la cual era a través de alguien nuevo. Nunca había sido de creer eso de que un clavo saca otro clavo, pero ya lo había intentado todo, beber, bailar, enfocarme en mis estudios, pasar mucho tiempo con amigos, pero nada funcionaba. El resultado siempre era el mismo, siempre era aquel presente en el que no tenía lo que siempre había querido tener, o sea su compañía, pero su compañía de manera concreta y concisa, no estaba dispuesto a conformarme con aquellos encuentros extraños que teníamos ella y yo, lo que quería era ser su novio, disfrutar de aquellos años de universidad que teníamos por delante, y permitir que el amor de ella los convirtiera en los mejores años de mi vida. Aunque las rosas que le regalé en mi debilucho intento para que ella se quedara conmigo no funcionaron, sentía el impulso de volverla a ver, de sentirla otra vez a mi lado, de poderla invitar a comer un helado, o ver un atardecer juntos, o quizá quedarnos en casa toda la noche juntos viendo sus películas aburridas, pero disfrutando su compañía como no podía disfrutar ninguna otra. Entendí durante ese tercer semestre, que nada de lo que hiciera iba a lograr que ella regresara a mí, pero nunca perdí la esperanza de que un milagro ocurriera, y, por más que tratara de buscar a otras personas con tal de no estar sólo, siempre me sentía como un imbécil cuando lo hacía, tratando de llenar un vacío que yo muy bien sabía que era imposible llenar, remplazar lo irremplazable, no era capaz de encontrar ese sentimiento en otra persona, al menos no de manera espontánea, y era por eso que siempre que conocía a alguien medianamente interesante, le pedía a mi mente que forzara las cosas, que buscara la manera de crear artificialmente ese sentimiento de amor hacia alguien nuevo, y para mí no parecía al menos en la teoría una tarea difícil, pero el problema era la misma base de ese pensamiento: si tenía que forzarme a sentir algo, entonces no era amor de verdad. Podía obligar a mi cerebro a tratar a otra persona igual de especial que a Esther, podía empezar a salir con alguien, llevarla a lugares bonitos, ya mi capacidad económica era la suficiente como para permitírmelo, ir a un restaurante caro, o quizá a un bar a tomar cervezas artesanales como un buen pagafantas. Pero en el fondo de mi corazón, sabía que nada de eso tenía sentido, fundamentalmente porque, aunque fuese el plan más espectacular de todos, no iba a ser con ella, y si ella faltaba, nada dentro de esos planes tenía sentido para mí, de nada servía mejorar mis condiciones, mi estabilidad, empezar a tener dinero, poder ir a esos sitios bonitos, si no era con ella. Los mejores sitios de la ciudad esperaban por mí, pero yo seguía esperando por ella, y me resignaba a visitar algunos de ellos con Alejandro, que a veces me invitaba, o con alguna compañía vacía, de esas que entre más se te acercan, más sólo te hacen sentir, pero que al menos follaban bien. Buscaba siempre el mismo perfil para tener a mi lado, generalmente una compañía que compartiera algunos gustos conmigo, como para tener buenos temas de conversación, y sentir que era posible pasar un buen rato con esa persona haciendo cualquier cosa. Siempre trataba de buscar alguien que tuviese un proyecto de vida decente, pero no muy sobresaliente, porque sabía que esas relaciones en algún momento iban a tener un final, no eran algo más que esporádicas, así que al momento de despedirme, se hacía un poco más fácil olvidar a alguien con menos metas y proyectos que tú, porque no te quedaba ese remordimiento retumbando en la cabeza, el remordimiento de saber que con esa persona te esperaban probablemente cosas grandiosas y te las perdiste por haberla dejado ir. El perfil que buscaba era sencillo, que tuviera una que otra meta en la vida, y que me pareciera bonita, aunque a veces era flexible con eso de la atracción física, y me permitía estar incluso con mujeres que no lograba desear. Es evidente que mi falta de autoestima y mi miedo a la soledad me conducían a estar en compañía de cualquier presencia, sin ser muy exigente, ni mucho menos detenerme a imaginar una vida con cualquiera de esas personas. Yo ya lo tenía más que claro, lo que quería para mi vida no era otra cosa que quedarme así, tal y como estaba, soltero toda la vida, y quizá ser un buen tío con los hijos de mis hermanos, de esos tíos que te regalan cosas en navidad y en tu cumpleaños. No quería hijos, ni casarme, ni tener una familia, ni unos suegros a los cuales tener que medianamente agradarles, ni cuñados fastidiosos, nada de eso. Mi plan era seguir vagando por la vida así, de brazos en brazos, o en el mejor de los casos aprender a estar sólo, y dedicarme a cultivar mi amor propio, hasta que finalmente la muerte me alcanzara, e irme de aquí, quizá con alguno que otro logro personal o profesional, pero partiendo de éste mundo sin gloria, sin la tranquilidad de haber amado con cada fibra del corazón, así como se va casi todo el mundo de ésta vida, sin poder sentirse orgulloso de nada grande que hayan hecho o vivido. Si la vida era un recital, yo estaba dispuesto a morir como un mal recital, uno de esos en los que tu instrumento se desafina, y se te olvidan las canciones, o quizá una cuerda se revienta y te impide seguir tocando, y te quedas allí, mirando al público incómodamente, para luego levantarte y hacer una reverencia, sin aplausos, o en el mejor de los casos un par de aplausos tímidos, los de tu madre probablemente. Así era como pensaba que estaba condenado a vivir, truncado para siempre. Por mi vida pasaron varias mujeres durante ese tiempo, pero hay algunas que logro recordar vagamente, como Dayana, que estudiaba en mi misma universidad, una carrera aburrida llena de números y ecuaciones de memoria, de esas que me hubiera negado a estudiar porque me parecían supremamente aburridas. Sin embargo, la compañía de Dayana me agradaba, tenía una forma muy positiva y dulce de ver la vida, y me agradaba quedarme toda la noche viendo series con ella y besándonos, pero no la deseaba lo suficiente como para haber tenido sexo con ella, así que nunca pasó, no sé si era tal vez mi mente bloqueándome, porque en realidad Dayana era atractiva, pero a lo mejor me sentía incómodo de que inconscientemente me imaginara haciendo esas cosas con Esther, que era la única con quien realmente quería vivir esas cosas una y otra vez. De cualquier manera, trataba de complacer a Dayana en la medida de lo posible, lo suficiente como para que no me dejara de buscar. Al mismo tiempo que salía con ella, me encontraba refinando mi técnica y mi experiencia en el tenis de mesa, pues era el único deporte que se podía practicar en la universidad que me llamaba la atención, y por eso desde primer semestre, me iba a veces en las tardes al bloque de deportes a practicar con algún conocido, o en su defecto con algún integrante de la selección de tenis de mesa de la universidad. Había gente realmente talentosa, gente que llevaba desde temprana edad entrenando, pero yo de alguna manera, casi que empíricamente y viendo tutoriales en YouTube, había logrado ponerme más o menos a la par. El tenis de mesa se convirtió en mi manera de liberar el estrés, pero también en una parte de mi vida que me permitía hacer vida social, ya que, aprovechando mi personalidad extrovertida, siempre iba abierto a la posibilidad de conocer gente nueva, incluso llegando a formar nuevas amistades gracias al deporte, o consiguiendo el número de alguna chica para invitarla a salir. También aprovechaba para divertirme un poco con los primíparos, ya que eran bastante ingenuos por lo general, y era sencillo que aceptaran apostar conmigo, para quitarles algo de dinero. Recuerdo que luego de perder conmigo, algunos de ellos reconocían en mí un talento para el tenis de mesa, y me pedían que les explicara, que los entrenara para mejorar, y siempre que tenía tiempo, me quedaba allí en las mesas, explicándoles lo poco que sabía del juego. Entre los primíparos que entrenaba, se encontraba uno que aprendía rápido, a quien alcancé a darle más de una clase porque me demostraba un gran interés en aprender, era de la misma carrera que Dayana, y me caía bien, ya que no era pretencioso como los demás que pedían entrenar conmigo. Luego de haber compartido varios meses con Dayana, llegaron las vacaciones de ese semestre, y tuve que irme a mi ciudad, a visitar a mi familia, por primera vez durante esa etapa de la universidad, unas vacaciones me entusiasmaban, todo estaba tranquilo y apto para que fuesen unas muy buenas vacaciones: estaba con Dayana y ya me estaba acostumbrando a su presencia, estaba a punto de cumplir 18 años, y Román y sus amigos viajaban a mi ciudad, ya que él y varios de ellos vivían allá también, y para mejorar todo, mi primo Pablo venía de Francia a visitarnos a Colombia, luego de muchos años sin verlo. Pablo para mí era el referente más admirado y respetado, había tenido una vida difícil al igual que yo, pero se había logrado superar, y unos años atrás había logrado ganarse una beca para estudiar una maestría y un doctorado en Francia, y allá se encontraba desarrollando una investigación brillante, algo que, cuando estuviera completamente desarrollado, iba a ser un gran avance en su campo, la biomédica. Pablo era el claro ejemplo de que todo era posible, y que por más difíciles que fueran las circunstancias en las que creciste, si le ponías todas tus energías a tu progreso, ibas a lograr grandes cosas, y llegar a ser alguien con prestigio. Todo era perfecto, había logrado dejar de pensar un poco en Esther, y mi vida seguía por un rumbo aceptable para mí, pero esa estabilidad iba a durar bastante poco. La tarde de aquel siete de julio (un día antes de cumplir mis 18), mi madre me trajo un frasco de chocolate con avellanas, uno de mis dulces preferidos, y mi hermano se comió la mitad, yo me comí el resto, sin mayor problema, porque ambos siempre habíamos sido de buen comer, y aunque era una cantidad exagerada de chocolate, lo acabamos sin mayor dificultad, pero llegó la noche, y yo sentía un poco de dolor en el estómago, un dolor que no era nuevo para mí, pues ya lo había sentido antes en Manizales, y ya lo conocía tan bien, que me sabía la fórmula de memoria para curarme, la misma que utilizaba mi tía de Manizales, la médica, cuando yo enfermaba e iba a verla a su casa para que me ayudara con el dolor. Un par de pastas que ella siempre me daba, un poco de agua, y si era necesario, vomitar una o dos veces, eso me hacía sentirme como nuevo, y era suficiente, siempre lo había sido, hasta esa terrible noche. Los dolores de esa ocasión eran diferentes, se sentían en la misma zona, pero mucho más fuertes y constantes, como si fuera algo mucho más serio de lo que yo imaginaba. Fui a comprar las dos pastas que siempre me daba mi tía, y vomité dos veces, pero nada conseguía quitarme el dolor, que, por el contrario, cada vez se hacía más intenso. Traté de ignorarlo y esperar a que se pasara solo, pero no funcionó, hasta que finalmente, a eso de las once de la noche, ya el dolor me afectaba tanto, que mi hermano y mi madre se preocuparon, pues mi malestar era tal que no me podía ya ni levantar de la cama, y me retorcía de un lado a otro mientras me quejaba de aquel predicamento tan insoportable. Para salir de toda duda, mi madre me ayudó a ponerme unos zapatos, una camiseta decente y llevarme a una clínica cercana a mi casa, en donde luego de esperar casi una hora, finalmente me atendió una médica; una mujer bastante joven, pero que se veía muy segura de sí misma. Cuando entramos en el consultorio, le expliqué detalladamente todos mis síntomas, además de contarle aquellos dolores que sufría en Manizales, así que ella velozmente concluyó que se trataba de lo mismo, de una irritación de mi sistema digestivo, para lo cual me recetó un medicamento similar al que me daba mi tía en Manizales, pero inyectado a través de la jeringa más grande que he visto en mi vida, una que parecía de aquellas que se utilizaban en los caballos. Esa cantidad exagerada de analgésico logró calmarme durante unas cuantas horas, pero el dolor continuaba allí, taladrándome en el abdomen, y cada minuto que pasaba era mucho peor, así que, a eso de las tres de la mañana, tuvimos que volver a la clínica a que me revisaran de nuevo. Ésta vez me atendió otro médico, un señor de edad, quien, al contarle todos mis síntomas, me sugirió que era probablemente una apendicitis, pero para mí no tenía sentido, pues me dolía todo el abdomen en general, pero él afirmó que había casos de apendicitis de ese tipo, así que ordenó hacerme exámenes rápidamente, los cuales arrojaron que efectivamente tenía apendicitis, y que debía ser operado con urgencia, pues no sabíamos desde cuándo se encontraba perforado mi apéndice. Me pusieron una bata pequeña que ocultaba todo menos el culo y la espalda, mientas la enfermera de la clínica me pedía mis datos y me decía con cara de lástima que estaba a punto de ser operado en la madrugada de mi cumpleaños, y me llevaron en una ambulancia al hospital central de mi ciudad, en donde me atendieron aceleradamente, pero no por la eficacia del hospital, sino porque mi padre ya se encontraba allí, y me ayudó a que mi atención fuera ágil, y así fue como me pasaron a la sala de operaciones lo más rápido posible. Por primera vez en la vida, se hijo de quien era me estaba sirviendo para algo, pero me alegraba que al menos fuese en el momento de mayor urgencia de mi vida. Posteriormente al ingreso al quirófano, me anestesiaron con una alta dosis debido a mi tamaño, ya que no era fácil dormir a un tipo de 80 kilos y 1.90 metros, hasta que logré perder el conocimiento. Cuando desperté, estaba sólo en un salón inmenso, que se encontraba en completo silencio, y yo estaba sobre una camilla con ruedas, junto a otras camillas vacías, así que sólo había dos teorías posibles: o yo había sido la única persona operada en esas últimas horas, o me había muerto y acababa de resucitar en la morgue. Ambas teorías explicaban la soledad y el silencio de aquel tétrico sitio. Mientras pensaba en que me había perdido la primera borrachera legal de mi vida con Román y sus amigos, fue que una enfermera se me acercó a tomarme los signos vitales, entonces descarté la segunda teoría, y le pedí que por favor me trajera uno de esos recipientes de aluminio donde orinan los enfermos, porque sentía una necesidad de orinar impresionante, de esas que no dan espera. Ella rápidamente la trajo y logré sacar mi pene tímidamente en frente de aquella señora para orinar, pero descubrí que no sentía mi pene conectado al cerebro. Ya había sentido eso antes probablemente (quizá a la hora de elegir alguna pareja), pero ésta vez era más relacionado con la vejiga que con los huevos. No era capaz de enviarle la orden a mi vejiga de que hiciera su trabajo, y la enfermera al ver mi cara de angustia, me explicó que era algo completamente normal, pues la anestesia seguía vigente, y era eso lo que me tenía dormido todo el cuerpo de la cintura hacia abajo. -       ¿Y entonces me debo aguantar varias horas para poder ir al baño? Por favor ayúdeme, siento que no puedo esperar más. – le decía yo a ella con las cejas en arco. -       Hay una manera de que usted vaya al baño ya mismo, pero no sé si esté dispuesto a aceptarla. – me respondió ella con una cara de incomodidad. -       Bueno ¿Y cuál es la manera? -       Con una sonda, es decir, un tubo que se introduce en el pene, y ayuda a orinar en éstos casos. Yo acepté tal procedimiento, aunque sabía que iba a ser una de las experiencias más desagradables, pero igual con suerte la anestesia no me iba a dejar sentir nada. Y en efecto así fue, no sentí nada, más que incomodidad de estar en esa situación con aquella noble señora. Mientras aquella sonda hacía su trabajo, sólo pensaba en todo lo que me iba a perder, pues se suponía que Pablo llegaba a casa el día de mi cumpleaños, para pasar el día juntos, y esa misma noche ya teníamos todo planeado para irnos de fiesta con Román, y mi madre tenía un pastel comprado para darme de sorpresa ese día, pero todo eso se fue al carajo en cuestión de horas. Luego de haberme aliviado la necesidad, la enfermera me llevó en la camilla hasta la sección de personas hospitalizadas, y me explicó que allí iba a estar un par de días mientras la cicatriz sanaba un poco más, y ya me dejarían ir a casa. Cuánto hubiera dado para que aquellas palabras se hubiesen hecho realidad, pero esas palabras sólo fueron el adviento de los días más difíciles de mi vida, el inicio de mi calvario hacia la recuperación. Pero eso es historia para otro capítulo, capítulo que ojalá me pudiese ahorrar.
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