Capítulo 7.1

2418 Palabras
Justo cuando estábamos en el punto más álgido, cuando mi boca se mezclaba con su piel y sus uñas se aferraban a mi espalda, empezó a sonar su teléfono, era su madre, para preguntarle cómo se encontraba, así que a toda velocidad yo me levanté a quitar la música y ella a contestar. Tuvo que mentir esa vez, como siempre, porque sus padres nunca le iban a permitir estar con un amigo, mucho menos en la casa de ese amigo, tenían su religión demasiado arraigada como para concebir esa idea. Su relación con sus padres era muy buena según lo que ella me contaba, pero el problema era que tanto a ella como a su hermano le prohibían tener pareja, al menos hasta terminar la universidad, así que, si sus padres se enteraban de mi existencia, así no fuéramos nada, implicaría su perdición. Luego de hablar con su madre mientras yo le hacía caras estúpidas para que se riera, pudo colgar, y continuamos en lo que habíamos dejado pendiente, besándonos sin cesar durante otro buen rato, pero sin sobrepasarnos, tal y como ella quería. Ya llegando las altas horas de la noche, le pedí un taxi y ella se fue para su casa, y se llevó sus flores mientras se subía al aquel kia amarillo, y le brillaban sus ojitos mientras me miraba a mí y luego a las flores, y así varias veces. Me dejó un mensaje avisándome que estaba en su casa, para tener la tranquilidad que estaba en su casa, y me fui a dormir feliz, tan feliz como hace mucho tiempo no estaba, más puntualmente, desde la última vez que habíamos compartido juntos, en nuestra atmósfera única y secreta. Al otro día, le dejé un bonito mensaje de buenos días, y ella me respondió con bastante amabilidad, pero con una energía un tanto extraña, como si estuviera pensativa, y seguimos hablando durante todo el día de manera discontinua, por tramos. Me temía que ya se estaba poniendo extraña de nuevo conmigo, como pasó la última vez, pero me sentía muy tranquilo, porque en ésta segunda oportunidad no había cometido los errores de la vez anterior, no había sido intenso, tampoco había sido evidente en público, mucho menos intenso, y todo había marchado tan bien, que incluso estuvo dispuesta a llevar nuestra intimidad a otro nivel, y le había regalado las primeras flores de mi vida, las cosas no podían ir mal, ¿no?, o al menos eso pensaba yo. Llegó la noche, y como siempre pasa por alguna extraña razón en la noche, la gente se pone más sincera y transparente, como si la luna fuera una presencia que nos invitara a los humanos a abrir nuestro corazón, a dejar salir eso que, durante el día, nos cuesta admitir frente al sol. Yo estaba en w******p, hablando con ella a eso de las 8 de la noche, y fue cuando noté que estaba escribiéndome un mensaje, pero su “escribiendo…” no dejaba de aparecer, me estaba escribiendo algo extenso, y pensé que un mensaje de ese tipo y a esa hora, sólo podía ser algo o muy bueno o muy malo, y yo estaba convencido por todo lo que ya mencioné, que era la primera opción, pero fue la segunda: -       Juan, me alegra que tu día haya estado movido, hiciste muchas cosas hoy, me imagino que estás súper cansado jajaja. Oye, tengo algo que decirte, he estado pensando muy bien las cosas en el transcurso de los días, y creo que esto no está bien, creo que lo que pasó anoche no debió haber pasado, yo no estaba lista para tener ese nivel de intimidad todavía, y no te lo tomes a mal, me gustó mucho, pero me pesa en la conciencia, y no me gusta sentirme así, la verdad discúlpame, pero creo que lo mejor sería que no nos veamos más, que sigamos mejor siendo amigos, y charlando tal vez en la universidad, total somos compañeros, pero la verdad creo que volver a vernos no estaría bien para ninguno. Igual quiero que sepas que te adoro, y que eso nunca va a cambiar, si te permití hacer lo que hicimos anoche, es porque para mí eres especial y siempre lo serás, pero lo mejor es que nos alejemos ¿sí? Gracias por entender, y discúlpame, pero es lo mejor para cada uno. Lo único que hice luego de leer ese mensaje, fue responderle con aceptación y resignación, total no podía hacer nada más, no podía obligarla a que estuviera conmigo, mucho menos pedirle que cambiara su respuesta, si ella no se sentía bien y quería estar lejos de mí, debía respetar su decisión. Pero eso no significaba que ese mensaje no me hubiera destrozado el alma en mil pedazos, no entendía que había hecho mal, reflexionaba, analizaba una y otra vez el orden en el que habían pasado las cosas, la manera en la que estratégicamente había administrado ésta segunda oportunidad, y no encontraba el fallo dentro de mis esfuerzos para que se quedara conmigo. Pero esa noche entendí que, si algún día quería estar con ella, iba a tener que hacer algo más que simplemente hacer las cosas bien. ¿Y si a lo mejor no las había hecho bien? Lo único que había hecho era invitarla unas tres veces a mi casa a ver películas acostados en mi cama con un televisor prestado y con comida y unas flores que a duras penas había logrado comprar, así que, viéndolo objetivamente, no estaba yo ofertando algo exageradamente atractivo para una mujer, y aunque había dado lo mejor de mí, incluso lo que no tenía, quizá ni siquiera eso era suficiente para que ella se quedara conmigo. Esa noche lloré desconsoladamente, cosa que no acostumbraba hacer, las pocas veces que había llorado en mi vida era cuando mi padre me hacía desplantes en la infancia, y cuando en el colegio tenía que salir a recitar un ensayo, pero yo hace mucho había dejado de ser de esas personas que lloran por todo, necesitaba estar expuesto a algo demasiado denso para que las lágrimas brotaran de mis ojos, pero en ese momento me enfrentaba probablemente al desconsuelo más denso de mis últimos años. Así fue como esa noche me fui a dormir llorando, con esa maldita sensación de no haber sido suficiente, de haber hecho todo bien en mi mente y aun así haber fracasado, y me quedé dormido con mis audífonos sonando música triste de despecho, porque como buen ser sensible, era masoquista por naturaleza. Al otro día me desperté y fui a clases, pero durante las horas de clase sólo pensaba en lo que había pasado, y mi mirada se quedaba perdida, para tratar de no voltear a mirarla. -       Ey pana, ¿Todo está bien? – me preguntaba Alejandro preocupado. -       Si pana, todo bien, no se preocupe, son bobadas solamente. – le respondía yo con la sonrisa más fingida de todas. No quería que él se preocupara por mí, siempre me había gustado llamar la atención siempre y cuando fuese para repartir cosas buenas, pero en esos momentos en los que por dentro me sentía hecho trizas, nunca me gustaba reflejarlo por fuera, e incluso me atrevería a decir, que cuando me percataba de que los demás se estaban dando cuenta de mis tristeza, era cuando más me esforzaba en ponerme en modo comediante, a decir disparates y rematar las conversaciones con chistes, algunos más flojos que otros, pero siempre tratando de sacarle una sonrisa a quienes me rodeaban, para evitar que se preocuparan por mí. Creo que al hacer eso, también buscaba que en caso que alguno de mis amigos estuviera pasando algo similar, quizá algo de mi humor le fuera útil para sentirse un poco mejor, tal vez me veía reflejado en los demás, y les ofrecía aquello que yo quisiera recibir, pero que no era capaz de pedir. Al igual que los perros en ocasiones se enferman y se van de la casa de su amo a morir en soledad para no causarle dolor a sus dueños, así mismo hacía yo cuando me sentía vacío, me trataba de aislar para que nadie fuera testigo de mi dolor, y solamente les mostraba esa parte de mí que siempre estaba sonriendo y sacando carcajadas. No era capaz de reconocer si eso que hacía era un defecto o una virtud, pero recordaba que en alguna historia de una película que había visto hace unos años, habían contado una historia similar a la mía, la historia del payaso Pagliacci: Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde; “El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará”. El hombre rompe en llanto y le dice “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”. Luego de haber utilizado mi complejo de Pagliacci para que Alejandro no se sintiera mal por mí, igual era consciente que él sabía perfectamente sin que yo le dijera nada, que me encontraba mal por la única persona que me podía estar sintiendo mal en ese entonces, pero él era alguien sabio y de gran prudencia y discernimiento, y siempre sabía cómo actuar en esas situaciones, siempre, sin decirle nada, buscaba la manera de ayudarme a sentir mejor. -       ¿Vamos a comer un helado? De ron con pasas, del que a usted le gusta, yo invito. -       Hágale pana, muchas gracias. Algo tan simple como eso, hacía que yo sintiera todo el respaldo que me brindaba su amistad, entendía que en él había encontrado una amistad de esas que duran para toda la vida, de aquellas que son un complemento perfecto, y él lo era para mí; él era una persona tranquila y de pocas palabras, pero que siempre estaba dispuesta a escuchar, aconsejar y apoyar de forma incondicional; mientras que yo era una persona de muchas palabras, acelerado, que constantemente se sentía en la necesidad de sentirse apoyado, pero también siempre dispuesto a brindar su ayuda, al menos a aquellas personas que realmente lo merecían, y Alejandro sí que lo merecía. Con el paso del tiempo, nuestra amistad se reforzó de una manera impresionante, y aprendimos tanto del otro, que, así como Sancho se quijotizo y el Quijote se sanchificó, Alejandro y yo estábamos empezando a pasar por lo mismo, y era más evidente entre más meses pasaban. Él estaba aprendiendo a relajarse un poco más, a ver la vida con humor y a divertirse un poco más de vez en cuando, y yo aprendía de su inquebrantable disciplina y constancia, esa que siempre supe que lo iba a llevar muy lejos sin importar las circunstancias. Ambos aprendíamos del otro lo mejor que tenía para enseñarnos, y nos ayudábamos a crecer mutuamente, yo me percaté de ello desde el inicio de nuestra amistad, y fue allí cuando entendí que, durante toda la vida, él iba a ser mi gran amigo, y nunca me equivoqué, porque lo sigue siendo, y así lo será siempre. Su amistad me sirvió como refugio durante todos esos años, años en los cuales el patrón se repetía, pero su apoyo y su consejo era tan repetitivo como el patrón, y con Alejandro empecé a ver la vida de otra manera, entendí que mi crecimiento a nivel económico y personal dependía de mí mismo y de nadie más. Cuando lo conocí, me hablaba de sus sueños, de que quería tener varias empresas junto con sus primos, y que quería convertirse en un gran empresario, empezar a aprender a invertir para lograr la libertad financiera en la etapa temprana de la vida. Eso me parecía admirable, todos a nuestra edad estábamos pensando en beber, en ir a discotecas, en conocer gente nueva, en experimentar nuevas sensaciones, algunos incluso ya perdidos, incluso personas de nuestra misma carrera, quienes habían entrado con nosotros, ya se habían convertido en desertores, algunos de esos que siempre estaban hablando de drogas y fiestas, ya habían dado un paso al costado, y cada semestre que pasaba éramos menos los sobrevivientes, pero entre todos esos, para mí siempre destacaba Alejandro, el tipo que tenía mi misma edad pero ya era un visionario. Por eso me sentía orgulloso de ser su amigo, y de trabajar con él siempre para las cosas de la universidad, porque aunque siempre había escuchado chistes acerca de los despistados que eran los pastusos, a mí me parecía que él estaba más despierto que todos los demás, que de despistado no tenía ni un pelo, y que era de los mejores en cuanto a proyección; y yo había llegado a Manizales buscando eso, adquirir una mentalidad de ese estilo, que me ayudara en mi misión de lograr todo lo que quería, irme a vivir a otro país, comprarle una casa a mi madre, convertirme en alguien de prestigio. De las pocas cosas valiosas que le aprendí a mi padre cuando estaba en el colegio y trabajaba para él en vacaciones, era que para ser el mejor había que juntarse con los mejores, y en lugar de envidiarlos, observarlos y descubrir qué era lo que ellos hacían, que tú no estabas haciendo. Así fue como mi crecimiento personal se ligó directamente a mi mejor amigo, y enfocarme en ello me sirvió como alivio para mantener mi meta ocupada en mis proyectos, en sacarla del estadio, y ese propósito era capaz de mantenerme lo suficientemente ocupado, para no pensar tan seguido en Esther. Había adquirido la determinación correcta, debido a la causa incorrecta: estaba decidido a convertirme en mi mejor versión, con tal de que algún día ella se fijara en mí, o dado el caso, se arrepintiera de haberme dejado ir dos veces. Lo que tristemente yo ignoraba en aquel entonces, no era otra cosa que el futuro, y lamentaba no haber anticipado que no iban a ser dos veces, que la próxima probablemente estaba más cerca de lo que yo imaginaba; y como las desgracias suelen venir en caravana seguidas la una de la otra, me compadezco del Juan de aquel entonces, porque si no era capaz de anticipar una decepción más, muchísimo menos se iba a imaginar el vendaval que estaba a punto de atravesar su vida, y dejarlo marcado literalmente, marcado para siempre.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR