Capítulo 7: La libertad de sentir.

2493 Palabras
En el momento en que ella aceptó, sentí que no estaba bien volverla a ver, ella se había convertido en el motivo por el cual mi autoestima estaba en el piso, y la razón por la cual ese nihilismo que había cultivado desde mis años del colegio se había intensificado, ¿acaso qué sentido iba a tener vivir una vida, si era una vida sin la persona que en verdad quieres? Para mí, no tenía nada de sentido, pero el hecho de que ella volviera, de alguna manera hacía que todo volviera a recobrar la gracia que se había perdido con su despedida. Antes de verla, sólo recordaba un viaje de la universidad que hubo entre un semestre y otro, ese viaje al que no fuimos juntos, pero cada uno fue por su lado. Era un viaje más recreativo que educativo, la única intención de realizarlo era ir con uno de los profesores a arrojarnos en parapente desde un risco enorme que había a unas horas de Manizales, y quedarnos un par de días en una finca todos, bebiendo y bailando. Cuando partimos de Manizales esa madrugada, sólo la observaba sentada adelante con sus amigas, y yo como siempre con Alejandro, hablando de la vida, pero con ella allí, guardada en algún rincón de mis pensamientos siempre. Durante todo ese viaje, lo único que hice fue gastarnos todo nuestro dinero junto a Alejandro, en cervezas finas, ron y vodka; me estaba preparando para lo que sabía que iba a vivir, un fin de semana teniéndola cerca, en una finca, con alcohol y baile, pero sin poder acercarme a ella para hablar, o tal vez bailar. Durante ese par de días, teniendo en cuenta lo poco que realmente comíamos y lo mucho que bebíamos, terminé teniendo la borrachera de mi vida, bebí tanto, que esa última noche, con los tragos subidos a la cabeza, me sentía con la determinación de caminar hacia ella y pedirle que bailáramos. El ambiente era perfecto, la música, las luces, todos los demás bailando, concentrados en sus propios intereses; así que reuní valor y la invité a bailar, y sonaba esa canción que siempre sonaba en la radio por esos días y que me moría por bailar con ella, un reggaetón con aires de reggae; así que me le acerqué y bailamos un rato, hasta allí tengo recuerdos de esa noche, el siguiente recuerdo que tengo es de dos compañeros llevándome cargado al interior de la finca para que descansara, seguramente ya estaba rendido y no era capaz ni de caminar por mi propia cuenta. Al otro día me desperté acostado en un tapete inmenso, sintiendo el frío del suelo, junto a otros seis compañeros que se quedaron dormidos ahí mismo, y bajé las escaleras del segundo piso confundido, sin recordar casi nada de la noche anterior, pero feliz de saber que me había podido acercar a ella y bailar tal cual como en mis sueños. Al bajar la escalera, todos se encontraban en la mesa del primer piso desayunando, y cuando me vieron bajar se empezaron a reír sin aparente razón, hasta que alguien me dijo: -       Ey, deberías ir a un baño y revisarte la cara, creo que tienes algo. Así que partí rápidamente para el baño del primer piso, encendí la luz, y lo primero que vi fue mi rostro lleno de una pasta roja extraña, la cual rápidamente retiré de mi rostro, era salsa de tomate seca, que probablemente alguno de mis compañeros la noche anterior, aprovechándose de mi profundo sueño, había logrado embarrarme por toda la cara, y dejarme como un completo payaso. Mientras me quitaba la salsa de las mejillas, sólo pensaba en lo patético que me debía estar viendo para ella, así que salí tan rápido como pude y me quedé afuera, cerca de la piscina a esperar que el tema de la mesa dejara de ser mi maquillaje de saltimbanqui. Ese día acabó el viaje, del cual rescato la increíble sensación de libertad que me dio el haber volado por los aires, y contemplar el esplendor de los paisajes de la región, es una imagen que siempre llevaré en mi memoria. Al regresar, seguíamos bebiendo cerveza y escuchando música, mientras yo me sentía mal, pensaba en todas esas horas que habíamos pasado en la piscina, viendo a la mayoría de mis compañeros con sus cuerpos atléticos, escuchando un par de comentarios de mierda acerca de mis brazos de niña, y pensando en lo que estaría pensando Esther al saber que se había metido con el más blandengue de todos. Dicen por ahí que nadie es profeta en su tierra, pero yo en la mía sí había logrado serlo, lo que no había podido era serlo en Manizales, era muy difícil sobresalir por algo. ¿Inteligencia? Estábamos en la mejor universidad del país, casi todos eran más listos que yo, en su mayoría, mis compañeros eran graduados de los mejores colegios de Manizales, mientras yo venía de un colegio que se sostenía con las uñas, donde ni siquiera daba todo de mí para destacar e igual lo hacía, porque en tierra de ciegos manda el tuerto. ¿Físicamente? Por favor, tenía cuerpo de mantis religiosa, y mi ropa no me ayudaba, mucho menos mis recursos económicos, que me daban para sustentarme con lo básico, y de vez en cuando emborracharme. Tenía que destacar en algo, tenía que crecer para escalar puestos en la pirámide social, pero no sabía cómo; lo preciso era empezar a enfocarme en mi crecimiento personal, pero estaba muy ocupado extrañándola como para entenderlo. Dejé de pensar en todo lo que había pasado en aquel viaje, y le pedí a mi mente que nos concentráramos en la nueva oportunidad que teníamos de hacer las cosas bien con Esther, era una oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar, como había hecho con la primera. Así fue como empezó mi plan para conquistarla de nuevo, y que me volviera a hablar con esa misma ilusión con la que me pedía que la dejara ir a verme entrenar, o irme a Medellín con ella. Quería esa energía de vuelta, sentía que necesitaba volver a palparla con mis manos, lo único que quería, era volver a sentir eso que sólo ella había sido capaz de hacerme sentir, pero sabía que tenía que dar todo de mí para recuperarla. Con mis limitados recursos, y ya estando instalado en mi nueva casa, lo mejor que pude planear fue invitarla a ver una película en mi casa, aunque no tenía televisor ni mucho menos Netflix, Alejandro tenía televisor, y yo conocía una página para ver películas gratis, así que, con ambos problemas ya cubiertos, sólo me faltaba conseguir comida para consumir durante la película. A pesar que mi especialidad eran las palomitas, ya estaba cansado de comerlas, así que le decía a mi padre que me enviara algo de dinero, o le pedía prestado a Alejandro para comprar dos paquetes grandes de Doritos y una Coca-Cola grande, y ya tenía todo listo para nuestro encuentro. Luego de haber ido un par de veces a mi casa y ver películas con ella, me di cuenta de dos cosas, la primera era que a ella le gustaban películas que yo odiaba ver pero que estaba dispuesto a ver completas con tal de pasar tiempo con ella, y la segunda, que me estaba volviendo repetitivo con el plan de películas en mi casa, pero era sincero conmigo mismo, no tenía dinero suficiente como para invitarla a comer a un sitio de esos que a ella le gustaban, y no la iba a invitar a comer empanadas en la esquina, era un plan demasiado underground para una mujer de su estilo, o al menos eso pensaba yo. Para nuestro tercer encuentro en ese plan de películas, quise cambiar algo, porque en algún lado había leído que lo que más aburría a las mujeres era la monotonía, y si no era capaz de cambiar el plan, entonces debía ser capaz de innovar dentro del mismo plan. Luego de evaluar varias posibilidades con mi presupuesto, concluí que lo mejor era invitarla como siempre, pero ésta vez tenerle una sorpresa en mi habitación: unas flores. En mi vida nunca había regalado unas flores, eran un regalo demasiado romántico y cursi para mi gusto, de esos regalos que yo a cualquier otra pareja le veía en la calle, y me parecía gracioso por algún motivo. Pero ella era la única persona que justificaba regalar las primeras flores de mi vida, pues para mí todo tenía un sustento y un sentido, debido a esa magia que sentía cuando estaba junto a ella. Así fue como bajé a las ventas de flores que quedaban camino al cementerio, un mausoleo cercano a mi barrio, y le pedí a una de las señoras que me diera las flores más bonitas que me pudiera dar por 10 mil pesos, que era lo que había logrado reunir para aquel regalo. La señora, con una dulce sonrisa picaresca, como si supiera que yo estaba regalando las primeras flores de mi vida, me armó un ramo de rosas, de un color escarlata brillante y bañadas todavía por el rocío que usaba aquella mujer para mantenerlas frescas. Esa noche, Esther llegó a mi casa y subimos las escaleras juntos, ante la mirada de Alejandro, que hace unos minutos me había ayudado a llevar su televisor a mi cuarto, y que se reía de solo ver mi cara de emoción de tener a Esther en nuestra casa. En el momento en que llegamos a mi habitación, le pedí que cerrara los ojos, y cuando los abrió allí estaba yo, con mi cara de loco enamorado, y las rosas en mi mano temblando un poco de los nervios. Cuando ella las vio, se alegró como nunca antes, y me empezó a abrazar y besar una y otra vez, mientras me decía cuanto le gustaba que yo fuera tan romántico con ella. No me costaba nada ser romántico si era para ella, escribir una canción, regalar unas flores, todas esas cosas que nunca había hecho, eran fáciles de hacer para mí, lo que siempre me había faltado era un motivo real, y el motivo más real de mi vida estaba en ese momento allí abrazándome incansablemente, mientras yo, sentía como el universo entero cabía entre mis dos brazos durante ese instante, ese instante infinito. Esa noche, vimos la película que ella quiso, y comimos y bebimos a gusto juntos, mientras ella se reía de mis ocurrencias acerca de los clichés de la película; mientras yo les prestaba más atención a los lunares de su rostro que al televisor, y nos besábamos una y otra vez. Cuando acabó la película, yo le propuse poner música y conversar, a lo que ella aceptó mientras me sonreía, como sabiendo lo que yo quería. Apagamos la luz de mi escritorio, y empezamos a besarnos mientras sonaban las mejores canciones de Cultura Profética, y sentía perfectamente como sudábamos juntos, como nuestros labios se rozaban incesantemente, y mis manos recorrían su espalda, sin llegar a tocar su culo, porque sabía que eso no estaba permitido, y, desde nuestro primer encuentro ella me lo había dejado saber, que no era posible hacer ese tipo de cosas, porque su religión, la cual seguía muy al pie de la letra, prohibía hacer ese tipo de cosas hasta el matrimonio. Mientras yo me controlaba al máximo para no hacerla molestar con alguno de mis instintos de tocarla, ella me miraba a los ojos mientras me besaba, y me hacía sentir una transparencia, una rarefacción de nuestras dos almas unidas, como si la epifanía por esa noche se fuera a apoderar de nosotros dos, y nos fuera a durar horas. Luego de besarnos, y de empezar a bajar un poco mis manos por su espalda, la tomé firmemente y la puse encima de mí, a la vez que ella me besaba cada vez más rápido, haciéndome saber que le gustaba el sentirse dominada, al menos en esa situación, y la idea de ser yo quien tomara las riendas me gustaba, pero en ese momento, ella se me adelantó, e hizo algo que no la creía capaz de hacer. En ese instante, me susurró unas palabras que jamás se me olvidaron: -       Juan, lo que estoy a punto de hacer, es algo que nunca antes había hecho con nadie, pero esta noche tienes todo a tu favor. Sus labios se callaron por un momento, y todo quedó en silencio después de esas palabras, en mi cerebro hasta la música dejó de hacer ruido, y mis pupilas se dilataron, para apreciar lo que estaban viendo. Todo se puso como en cámara lenta, y la veía a ella encima de mí, llevando sus manos lentamente a su cintura, y levantándose la blusa, blusa que después yo mismo me encargué de quitarle por completo, junto con su sostén, que inexpertamente logré desabrochar, para retirarlo despacio, y contemplar por primera vez sus senos. Me sentía en aquel momento, como si estuviera sumergiéndome en el lago, y dándome cuenta que escondía muchas más cosas de las que imaginaba. En el fondo de aquel lago, descubrí que había infinidad de cosas que me fascinaban, pero que no sabía que me fascinaban, descubrí esa noche que ella no era otra cosa, sino un conjunto inmenso de cosas, cosas ya descubiertas y cosas sin descubrir, pero, al fin y al cabo, cosas que a mí me iban a tener fascinado toda la vida mientras estuviera cerca de ella. Haber visto sus senos esa noche, besarlos y morderlos a placer, para mí significaba algo más que sólo sexo, más que deseo o placer, aquella noche lo que sentí fue libertad, libertad para sentir esas cosas que nunca antes había sentido, libertad de hacerle esas cosas que nadie más le había hecho, la libertad de elegir estar en mi habitación con la persona más increíble del mundo. No me cabía en la cabeza que una mujer fuera capaz de hacerme sentir tantas cosas, y mucho menos podía entender cómo había sido tan afortunado de que ella se hubiera fijado en mí, haberme elegido esa noche, cuando afuera existían miles mejores que yo, y que me hubiese dejado elegirla, siendo ella la mujer más maravillosa del universo. Eso era lo que pasaba por mi mente en aquel entonces, y era el reflejo de dos cosas: el poco amor y admiración que sentía hacia mí mismo, y lo perdido que estaba en ella, la incapacidad de darle marcha atrás a ese sentimiento, de algún día tener que renunciar a ella, la mujer que me generaba admiración, respeto, deseo, nobleza y paz. Nunca, sin importar el tiempo que pase, olvidaré la paz que sentí esa noche, una paz mayor que el deseo, la tranquilidad de saber que éramos ella y yo, y que nada podía arruinar ese momento, o al menos eso pensaba yo. Pero esa es historia para otro capítulo. 
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