Capítulo 6.2

2529 Palabras
En ese momento en el que empezamos a besarnos, me di cuenta de que estaba jodido, que no iba a haber forma de que yo escapara de esa boca, porque estaba sintiendo los besos más adictivos que iba a probar en mi vida, me sentía en ese instante como entrando a un laberinto, un laberinto inmenso del que estaba casi seguro que no iba a salir, pero al cual igual entré, porque mi premonición me decía que allí adentro iba a vivir los mejores días de mi vida. Luego de que ella se fuera en un taxi de mi casa, me quedé con la mente llena de ilusión toda la noche, y desde allí me iba a dormir todas las noches, pensando en volver a verla cada mañana en clases, con la expectativa de qué era lo que íbamos a vivir próximamente. Esa ilusión duró algunos días, pero yo mismo me encargué de apagarla sin darme cuenta, porque me encontraba tan feliz de verla, tan entusiasmado de conocerla, que no sabía cómo disimularlo. En el pasado, siempre que había decidido estar con una mujer, era por decisión propia, nunca antes por una energía de esa magnitud que me invitaba a pensar en ella, era una sensación desconocida para mí, y eso hizo que se me saliera de las manos, que no supiera cómo manejarla. Durante las clases, siempre me sentaba con ella, o con Alejandro, pero igual siempre pendiente de ella, no me podía concentrar, porque esa mezcla de mi ansiedad con mis ganas de estar con ella, me hacían actuar como alguien diferente, estaba pasando de ser el tipo más crudo y seco, a ser un absoluto idiota obsesionado, y sabía que me estaba convirtiendo en eso, pero me lo permitía, por tratarse de una sensación nueva y mágica. Las amigas de ella me miraban y se reían, porque sabían incluso antes de voltear a verme que yo ya estaba mirándola a ella, a tal punto que un día Esther me pidió que me sentara lejos de ella durante las clases, que la desconcentraba con mis constantes intentos de conversar con ella. Luego de un tiempo, me hice amigo de Laura, aquella amiga que nos había visto partir juntos a mi casa ese día del beso, y fue justo lo que necesitaba, alguien sincero que nos conociera a los dos, para que me diera su opinión. Esther un día me escribió que lo mejor era que tomáramos distancia, que le gustaba mucho pasar tiempo conmigo, que yo la hacía reír y le gustaba cuando nos veíamos, que realmente le agradaba verme, pero que se sentía abrumada por mi presencia hasta el punto que la saturaba, así que sentía que lo mejor era perder un poco de contacto. En mi mente nada tenía sentido, no me cabía que fuera posible eso, que la persona que me había hecho sentir mil cosas en unas cuantas semanas, la persona que tanto me hacía soñar con verla todos los días, y que me aseguraba que yo le hacía sentir lo mismo; me estuviera diciendo que quería distanciarse de mí. Desconsolado, extrañado, consternado y confundido, me acerqué a Laura para contarle lo que había pasado, y ella, quizá para evitarme acostarme lleno de dudas, me dijo que lo que pasaba, que Esther le había contado que le gustaba alguien más. ¿Pero cómo no le va a gustar alguien más, pedazo de idiota? ¿Cómo no le iba a gustar alguien más? Si tú eres el más básico de toda esa universidad, si todos llegan en carro y tú llegas caminando con unos zapatos que si llueve se les mete el agua por debajo, si la oportunidad que tuviste la desperdiciaste actuando como un tonto, cegado porque tuviste algo tan desconocido para ti en las manos, que, al no tener experiencia con eso, respondiste actuando de la manera más inmadura e inexperta posible. Eso era lo que me decía la voz de mi cabeza cuando recordaba lo que había pasado, y la forma en la que yo lo había arruinado todo, y había logrado que la chica que me proponía irnos a vivir juntos a otra ciudad apenas conociéndome, hoy me estuviera pidiendo distancia. Recordaba toda la ilusión que ella aparentemente también sentía conmigo, como cuando le conté que iba a entrenar artes marciales en un coliseo de la ciudad, y se emocionó al saber que el coliseo quedaba cerca de su casa, para ir a verme entrenar siempre. Me parecía inaudito que una persona fuera capaz de pasar de un extremo a otro de una manera tan drástica, en cuestión de unos pocos días, pero lo que me había dicho Laura, para mi explicaba todo sobradamente. Pensaba que muy probablemente le había gustado alguien mejor que yo, cosa que no era difícil de encontrar en ese entonces, o al menos así me sentía, y cobraba hasta sentido, porque en unos cuantos días aparentemente eso ya había sucedido. Desde ese momento, mis pocos ahorros dejaron de ser para palomitas de maíz a las cinco de la tarde, y justamente para esas fechas, una tía me había enviado un dinero como regalo, para felicitarme por mi grado con honores del colegio. Con ese dinero, me compré unos nuevos zapatos, negros, de skate, porque siempre había querido ser skater; y el resto del dinero lo utilicé para beber junto a Román y sus amigos, o con Alejandro y los amigos de su casa. Bebía, viendo al alcohol como un escape sencillo a los pensamientos que mi puta ansiedad bombardeaba en mi cabeza una y otra vez, pensando excesivamente en las miles de cosas que había mal en mí que la pudieron haberse hecho desilusionar. Empecé a beber más de la cuenta, Alejandro a veces me costeaba unas cervezas, quizá porque le gustaban las historias que yo contaba cuando estaba tomado, o quizá porque ya habíamos alcanzado ese punto de la amistad temprana en el que te duele ver mal a tu amigo, y él sabía lo que significaba Esther para mí, así que siempre trataba de hacer lo posible para subirme el ánimo. Cuando llegó el mes de julio, sabía que mi cumpleaños se acercaba, el ocho de julio, pero no me hacía mucha ilusión, porque sabía que Esther cumplía cuatro días después, y me moría por pasar esas dos fechas juntos, pero sabía que no iba a ser posible. Lo único que me hacía un poco feliz de que se acercara ese día, era el regalo que me había prometido mi papá si lograba pasar a la mejor universidad del país y becado: un carro. Yo sabía que eso ni de chiste iba a suceder, pero siempre me parecía divertido ver de qué forma novedosa mi papá se las ingeniaba para incumplir sus promesas. Y finalmente se llegó el día de mi cumpleaños, y mi padre me envió dinero, no el suficiente para un carro, pero sí para una patineta, no la que yo quería, pero si una pequeña y colorida, en donde me cabían apenas los dos pies. Así era como empezaba entonces mi vida de skater, de skater de cinco minutos al día, pues era lo que me tardaba desde la casa donde vivía hasta la universidad. Vivía entusiasmado con esa patineta, hasta que llegó el día de golpe más bestial que me he dado en la vida. Bajando por la ruta de siempre, una pendiente de ligera inclinación, la suficiente como para ir acelerando más y más mientras me acercaba a mi destino, pero ese día, no logré darme cuenta de que una de las casas tenía el portón abierto, y de ese portón salieron dos perros, dos bulldogs, que se lanzaron a mí mientras yo descendía a toda velocidad. Salí volando a la mierda, y me levanté asustado, buscándome huesos rotos, o sangre, y la encontré en mis manos y mis codos, tenía los brazos goteando carmesí, mientras uno de los perros se llevaba mi patineta en el hocico, al mejor estilo de una película de Sandler. Luego de haber recibido las disculpas del dueño de los perros, logré levantarme y seguir a pie mi camino hasta la universidad. Al llegar, estaba Alejandro, quien verme lleno de sangre, sacó papel higiénico de su bolso y me ayudó a secar la sangre para entrar a clase, y estaba también ella, que sólo me veía limpiarme las heridas, pero no se atrevía a preguntarme qué había pasado. De cualquier manera, no tenía por qué importarle, yo solo era el tipo que había pasado de ser alguien interesante para ella a ser nadie en su vida; pero yo sí quería que le importara lo que a mí me pasara, porque para mí, ella había pasado de ser alguien interesante, a ser la razón de mi felicidad como nunca nadie, y luego a ser el motivo de todos mis quebrantos. Justo antes de que ella me pidiera dejar de vernos, yo había empezado a escribir una canción para ella, la primera canción que estaba componiendo en la vida, para hacernos una idea de lo enamorado que estaba. La canción ya estaba casi lista para el día en que nos alejamos, y recuerdo cómo patéticamente, y en un desesperado intento por no perderla (porque sabía que si la perdía a ella, la canción iba a perder todo significado) le dije: -       Oye, antes de que te vayas, quiero que sepas que te estaba preparando una sorpresa. No es nada del otro mundo, pero ¿recuerdas que soy músico? Pues bueno, es que te escribí una canción y la tengo casi lista, ¿me quieres escuchar cantarla para ti? – le dije en el momento en el que más me había rendido a los pies de una mujer en mi vida, en mi intento más desesperado de que no se fuera de mi lado. -       Gracias, pero es mejor que no. Es mejor que yo no la escuche. Su respuesta me destrozó por completo, yo me imaginaba una despedida bonita, en buenos términos, que esa canción fuera nuestro adiós, le hubiese dado un significado más trascendental a aquella despedida, pero no fue así, lo cual a largo plazo terminó por darle esa trascendencia que yo quería que tuviera el adiós. Tan hastiada la había dejado de mi existencia, que prefería no escuchar la primera canción que alguien le había escrito en su vida, con tal de no saber de mí más nada. Recuerdo como tomé la pequeña libreta en la que tenía la letra de la canción escrita y los acordes, y la arrojé a la mierda en la calle, no quería yo saber nada de esa canción tampoco, me agobiaba cada vez que pensaba en ella, y mi maldita mente seguía componiendo las partes que le faltaban a la canción para estar completa, así que lo mejor que pude hacer por mi bien, fue borrar todo rastro de esa canción. Durante el tiempo en que tomaba con amigos, se llegó la hora de empezar el segundo semestre, y allí seguía yo, humillándome, luego de haberle escrito para desearle un feliz cumpleaños, y haber recibido una cortante respuesta de su parte. Vi ese segundo semestre del año como una nueva oportunidad de empezar, de olvidarme de ella, de dejar de beber y empezar desde cero. Pero no puede empezar desde cero quien no es capaz de olvidar que antes ya tuvo un inicio que lo marcó para siempre. Intenté mil cosas para olvidarla, hablar con nuevas personas, invitar a salir a otras chicas, seguir bebiendo con Alejandro y sus amigos, pero en las noches cuando llegaba a mi casa a descansar, sentía que me encontraba en el mismo punto siempre, ese en el que no podía sacarla de mis recuerdos. No tenía ningún sentido que alguien en tan poco tiempo hubiese adquirido tanta importancia en mi vida, tanto valor, tanto significado, pero ya había sucedido, inexplicablemente en esas tres o cuatro semanas había sentido genuinamente más amor que en toda mi vida antes, esa magia y esa energía, por primera vez habían sido auténticas para mí, y en el fondo no estaba dispuesto a renunciar a ellas, y mi mente, yendo en contra de mi voluntad, me hacía aferrarme a ella, una y otra vez. Ese segundo semestre, muchas cosas cambiaron, me fui de la casa de Lucero, porque me aburrí de cumplir tantas normas de convivencia, y Alejandro me había contado que en la casa donde él vivía, había habitaciones disponibles, así que opté por irme a vivir allá, y allí fue donde me hice también amigo de los amigos de Alejandro, Berny y Tatiana, ellos y Alejandro se convertirían en mi constante compañía durante ese semestre, no solamente en la universidad, sino también en las discotecas. Disfrutábamos pasar tiempo juntos los cuatro, y yo era feliz haber ampliado mi círculo social, y de haber recuperado un poco la confianza en mí mismo, lo suficiente como para dejar de ir a las discotecas sólo a sentarme a beber pensando en Esther, y había logrado empezar a ir a conocer gente, a bailar, principalmente con amigas de Tatiana, o solo gente nueva que conocía ocasionalmente, con la cual nunca pasaba de una primera o segunda cita, porque generalmente me aburría, o me parecía gente de personalidad llana. No sé si sea un pensamiento anticuado, pero pensaba que las personas que conoces en una discoteca generalmente siempre son así, y probablemente yo también lo era, creía que a una discoteca tu sólo podías ir por dos razones, porque eras feliz con tu pareja y querías ir a bailar con ella, o porque eras un alma rota, de esas que necesitaba curar su alma con un poco de reggaetón y ron combinado con guaro. Así fue como me la pasé durante ese segundo semestre, bailando con los únicos cinco pasos de baile que me sabía, tomando con el dinero que juntaba de alguna tutoría en la universidad, y tratando de olvidarme de Esther, pero en el fondo, siempre sabía que nada de eso que estaba haciendo estaba funcionando, y que sólo lo hacía porque era mi forma de mantener mi mente ocupada en personas y experiencias nuevas para no permitir que mi mente pensara en ella. Y aun así, siempre, siempre que llegaba a casa en las noches borracho, lejos de todas las luces y el ruido, justo antes de caer dormido en mi cama, pensaba en ella. Un día, llegando a clases la vi arreglada, hermosa, tan hermosa como siempre, como ese día en que la vi por primera vez, y escuché su voz mientras hablaba con sus amigas, y tan patéticamente como pude haberlo hecho, le escribí ese día, le dije que quería verla, que nos volviéramos a ver, como meses antes. Ella, contra todo pronóstico aceptó, y yo, aun sabiendo que lo que estaba a punto de hacer era el atentado más grande hacia mi orgullo de hombre, me llené de emoción, de sólo pensar que íbamos a volver a estar, así como esa primera vez, solo ella y yo, encerrados en esa atmósfera que sólo se creaba cuando ella estaba cerca de mí, volviendo a sentir la magia de ella, del lago de luciérnagas.
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