El momento en el que ella y yo cruzamos miradas, fue la primera vez que me sentí intimidado por la mirada de una mujer. Ahí estaba, el gran Juan Sebastián, el tipo más conquistador del colegio, el amado por unos y odiado por otros, el de la controversia, el que podía estar con la chica que él se propusiera; ahí estaba, sintiéndose desnudo ante la mirada de esos ojos oscuros y cafés.
Ella estaba sentada en diagonal a mí, durante ese, mi primer día de la universidad, el día de la introducción, cuando pisé por primera vez una universidad. Iba evidentemente bien vestido, con la muda de estreno que me había sacado de la tienda de mi papá en diciembre, como es típico aquí en Colombia. Los tenis los había sacado de la tienda de mi tío, un vendedor de zapatos que al igual que mi padre poseía esa vena de comerciante que se supone tenemos todos en la familia de mi padre. Cuando me fui a vestir para aquel primer día recuerdo observar el closet viejo que había en la habitación, y ver cómo contaba solamente con tres pantalones, siete camisetas y ese par de tenis que recién había adquirido en diciembre, los anteriores tenis se me habían dañado en un partido de fútbol. Según mis cálculos, era posible armar 21 outfits diferentes con lo que yo disponía, y para mí era más que suficiente, de hecho, no recordaba en mi vida haber tenido tanta ropa con en ese instante.
Luego de haber salido de mi casa ese día con mi mejor ropa, y mis zapatos enérgicamente limpiados con un trapo de la mamá de Lucero, me estaba sintiendo vulnerable, nunca fui un tipo amante del postureo, ni de lucir marcas ni prendas originales, me llamaban durante el colegio el tipo más vanidoso de todos, pero yo me veía al espejo y sólo veía a un papanatas sin mayores pretensiones. En ese instante, ese papanatas se sintió fuera de su zona de confort, sólo era capaz de ver cómo ella iba vestida, con ropa hermosa, que parecía hecha a su medida, y escogida para hacerla ver increíble, mientras yo, con mis tenis aún con la suela untada de un poco de jabón rey, producto de la limpiada que les había dado.
Éramos como la dama y el vagabundo, sólo que en ese momento me sentía menos que eso, y aun así, mi osada mente me seguía pidiendo que la mirara, que la mirara y no parara de mirarla, porque su presencia era como alimento para mi mente. No la conocía de nada, nunca la había visto antes, y llevaba dos minutos de haberla visto por primera vez, pero mi cabeza ya se imaginaba mil cosas al lado de ella, siendo un completo inexperto en eso de ilusionarme, ni siquiera habiendo tenido novia había podido hacerlo, pero ahí estaba, imaginándome comprando una casa con una mujer que hace unos cuantos segundos había visto.
Sin saberlo, yo me encontraba sentado en un puesto de tres personas, con un chico y una chica, que irónicamente se convertirían en mi mejor amigo y la mejor amiga de Esther. Ella se encontraba sentada varios puestos adelante, diagonal a mí, lo cual me facilitaba contemplarla sin que ella se diera cuenta, pero trataba de controlar mis miradas para no asustarla. Pero ese cabello, ese cabello no me dejaba de buscar, y ese color de piel, que lucía a la perfección en esas mejillas con un poco de rubor, con esa sonrisa enorme, y con cada rincón de su ser. “Necesito conocerla Dioooos”, era lo único que me decía la voz de mi cabeza una y otra vez, pero sabía que para lograrlo tenía que esforzarme, porque el tiempo corría, y sabía que además de mí, también estaba viendo por primera vez a una gran cantidad de gente nueva para ella, así que sólo de mí dependía lograrlo.
Pensé tan rápido como me fue posible en un plan para conocerla, y luego de que mi ansiedad me sugiriera unas cuantas decenas de opciones, elegí una de las más simples, pero quizá eficaces, una que no implicaba acercarme de frente de manera personal, porque me conocía muy bien, y sabía que, de hacerlo, mi lengua me iba a castigar soltando alguna idiotez. La candidata ganadora de aquella ponderación en mi mente fue la siguiente: esperar a que en esa introducción en la que estábamos, llegara el momento de tomar asistencia, y esperar atentamente a ver cuál era el nombre con el cual ella levantaba la mano para ser registrada. Entonces fue cuando escuché su nombre por primera vez, Esther, un nombre poco común en nuestros tiempos, pero que ante mis ojos aumentaba el misterio que ella representaba para mí, quería saber por qué se llamaba Esther, quería seguir hablándole para volver a escuchar esa voz, esa voz fuerte y de bonito acento, quería muchísimas cosas nuevas en ese momento, para ser más exacto.
Era la mejor primera impresión de mi vida, tanto así, que aquella noche de un dos de febrero del 2017, llegué a mi casa feliz, con una sonrisa tan grande, que pocas personas han llegado a ver. Entré a mi cuarto mientras sacaba mi celular, y buscaba en f*******: su nombre, sabía que iba a poder encontrarla de alguna manera, y recordé que su acento era de la costa, así que el perfil que estaba buscando debía ser de alguna zona costera. Entonces apareció, un perfil llamado Esther, con el mismo apellido, y de la ciudad de Montería, era un hecho: la había encontrado. Luego de ver las pocas fotos de su perfil, confirmé que se trataba de la misma persona, así que procedí a enviar mi solicitud de amistad, con el miedo de parecer un loco acosador que la había encontrado de manera misteriosa ese mismo día.
Pasaba el tiempo y la ansiedad se apoderaba de mí, ¿había enviado la solicitud muy pronto?, ¿debía cancelar la solicitud y mejor hablarle en persona?, ¿y si se sentía incómoda al ver esa solicitud?, no quería parecer un tipo extraño. Por primera vez sentía esa inquietante necesidad de conocer a alguien con todas mis energías, pero no sabía cómo manejarlo, mi ansiedad no me ayudaba en la tarea, y me bombardeaba con miles de formas en las cuales ella se lo hubiera podido tomar mal, pero no fue así. Un par de horas después de haber enviado la solicitud, fue aceptada por ella, y yo inmediatamente procedí a hablarle, recuerdo esa charla, aún la tengo en mi f*******:, como un pequeño tesoro digital.
Luego de haber emprendido esa etapa donde cada quien se hace el interesante para agradar, para proyectar una buena primera impresión, empezamos a hablar de la ciudad, de nuestras nuevas vidas allí, de los barrios donde vivíamos, yo, como no podía ser de otra forma, en el barrio más universitario y estudiantil de la ciudad, la Enea; y ella, como me lo suponía, en Palermo, uno de los barrios de clase alta de Manizales. Yo no tenía para pagar un arriendo en un barrio así, de hecho, sí tenía, pero no estaba dispuesto a asumir costos tan caros, puesto que mi manutención desde ese momento yo imaginaba que iba a depender en gran medida de mí mismo, y de lo que esa beca me proporcionaba, un salario mínimo mensual durante los cuatro meses que duraba el semestre. Necesitaba que de cualquier forma me sobrara dinero luego de pagarle a la mamá de Lucero las tres comidas diarias y el arriendo de la habitación. ¿Si no me sobraba, cómo iba a comer algo entre comida y comida? Tenía muy presente que me daba hambre entre el almuerzo y la cena, pero ya no estaba mi madre conmigo para rebuscar en la nevera algo para ofrecerme, debía ser yo quien satisficiera mi hambre.
No me sobraba mucho dinero luego de pagarle a la madre de Lucero, pero sí el suficiente como para comprar libras de palomitas de maíz, una libra valía poco dinero, y las palomitas eran una comida que saciaba rápido el estómago, así que siempre que iba al supermercado, regresaba con una libra, que me duraba media semana, para pasar el hambre mientras llegaba la hora de la cena.
- Ay Juan, ¿por qué comes tanto palomitas, no sabes que eso es un llena tontos? – me decía la madre de Lucero mientras se reía tímidamente de verme preparando siempre palomitas.
- Me gustan mucho, por eso siempre estoy preparándome palomitas. – le respondía yo con una sonrisa, sin contarle la verdad.
No podía comer algo que no fueran palomitas, a excepción de cuando mi padre se acordaba de mi vida allá, y me mandaba algo de dinero, el suficiente como para salir a comer con Román y sus amigos una pizza del barrio con gaseosa. Sus amigos, que ahora también estaban siendo mis amigos, con quienes me divertía mucho, pero siempre sentía una extraña sensación de no pertenencia, pues todos eran más o menos cuatro años mayores que yo, aunque me trataban de hacer sentir parte de ellos, yo me sentía a veces rodeado de extraños, de gente que estaba siempre hablando de circuitos y cosas de electricistas, todos ellos estudiaban esa ingeniería, mientras que yo era de industrial, una carrera que poco se relacionaba con los temas que ellos mencionaban en sus conversaciones, por lo cual generalmente no prestaba atención, y sólo interrumpía para echar algún chiste flojo.
El día que conocí a Esther, fue cuando también crucé mis primeras palabras con el que se convertiría en el mejor amigo que he tenido en toda mi vida, Alejandro, un chico callado, de pocas palabras pero muchas acciones, de esas personas que admiras porque siempre están haciendo algo, siempre están trabajando en sí mismas silenciosamente, pero que permiten que su éxito haga eco de sus obras. Ese día lo empecé a molestar sin conocerlo, solamente porque noté que también le había llamado la atención una chica, y yo haciendo uso de esa excesiva confianza con los desconocidos que heredé de mi papá, me hice su amigo ese día también.
Durante las siguientes dos semanas, me dedicaba a ir a clases sin ir a clases, iba a ver a Esther, siempre con la preocupación de verme bien para agradarle, pero era difícil sobresalir por estilo en esa universidad, que era conocida por ser la mejor de mi país, una universidad pública que no parecía pública, sin un solo rayón en las paredes ni los pupitres, y con más gomelos llegando en carro y moto, que greñudos con ganas de salir a marchar. Era realmente difícil que alguna de mis 21 combinaciones lograra resaltar entre la multitud, más aún viendo el estilo que tenía Esther para vestir, pero yo estaba decidido a hacerla reír tanto, que no se diera cuenta que todos los días iba con los mismos tenis a la universidad.
Tengo en mi memoria demasiadas vivencias de aquellos primeros días, como la primera vez que me dijo algo que me hizo sonreír: oye Juan, me gusta cómo te vistes, sabes vestirte. Fue en ese momento en el que me di cuenta que yo también le gustaba, era imposible que me estuviera diciendo eso objetivamente hablando, y esa percepción sesgada de la manera más subjetiva posible, solo me demostraba que ella estaba viendo en mí cosas que en realidad sólo ella percibía. Desde el principio, ella supo corresponder el cariño que le demostraba, y, cuando tímidamente le dejé ver un poco lo ilusionado que me encontraba con ella, ella me mostró también lo mismo, pero un poco más fuerte:
- Mis hermanos me están diciendo que pida traslado para otra ciudad, para seguir estudiando en la sede Medellín de la universidad. Si eso llegara a pasar, ¿te irías conmigo? Es que sería chévere.
- Claro que me iría contigo, a donde sea. – le respondía sabiendo que eso era imposible para mí.
Nunca me habían hecho una propuesta de esa magnitud, pero me hacía mucha ilusión verla tan encariñada conmigo, supongo que en medio de risas y halagos había logrado que ella me quisiera un poco. Luego de unas tres semanas de clase, la invité a casa (el día en el que descubrí que una regla de la casa era no llevar invitadas), y ella aceptó acompañarme a estudiar allá después de clases. Cuando las clases se acabaron, ella se despidió de su amiga Laura, mientras ella nos veía alejarnos hacia mi casa, con cara de sospecha. Esa mañana todo fue hermoso, yo estaba dispuesto a mostrarle todo lo que hacía, así como esa especie de aves en las que el macho danza hasta conquistar a la hembra, así mismo me sentía, dispuesto a jugar mis mejores cartas para enamorarla.
Le conté que era músico, que me gustaba tocar guitarra, bandola, que con la bandola había ganado muchos premios por varias regiones del país y le hablé de todos los viajes que hice gracias a la música. Luego de eso, llevado por mi necesidad de impresionarla, le dije que a veces también cantaba. En realidad no cantaba una mierda, había estado algunos meses en el coro de mi academia hace años, pero me había retirado porque sentía que mi voz era demasiado grave y simple como para ser cantante. Luego, le mostré mi bandola y toqué para ella una canción de esas aburridas que a nadie le gustan, de esas que sólo disfrutan los abuelos, pero que son las únicas que había aprendido durante toda mi vida en la academia, y quise cantar para ella con mi guitarra, como tímidamente había intentado varias veces en mis tiempos del colegio, pero no tenía guitarra en aquel entonces.
Ese día, puse música en mi computador, y tratamos de sacar los libros para estudiar, pero su mirada me decía que ella estaba esperando lo mismo que yo, y eso era besarnos.
Sonaba una canción que siempre me ha gustado, Sabor a mí, de Monsieur Periné, y ella me pidió sentados en mi cama que le cantara una parte, así que yo acepté y empecé a cantar lleno de nervios, hasta que me di cuenta que el cielo estaba a mi favor, y que mi voz estaba siendo mejor de lo que esperaba, y su cara mientras me escuchaba, sólo me hablaba de lo mucho que le estaba gustando.
- Sigue cantando, sigue que me está gustando, que voz tan linda tienes. – me decía ella mientras sus mejillas se ponían rojas.
Nuevamente, Esther me estaba demostrando que me veía con unos ojos que no me veía el resto a mi alrededor, mi voz era la cosa más simple y llana del mundo, ni siquiera en mi casa se sentían felices de escucharme cantar, por eso mismo había dejado de intentarlo, y por el contrario, ella me estaba demostrando con ese brillo en los ojos que nunca antes le habían cantado, y que no quería que dejara de cantar para ella, y así fue como me detuve ese día, pero a su vez, descubrí que nunca iba a llegar el día en que me cansara de cantarle a esos ojitos sinceros.
Los minutos pasaban, y yo quería seguir cantando para ella, pero había algo que me lo impedía, y era el manejo de los tiempos del momento, sabía cómo funcionaba esa energía entre dos personas, era hábil para interpretarla, y sabía que, si no la besaba en ese momento, probablemente no la iba a besar nunca. Así fue como me acerqué poco a poco a sus labios, mientras seguía cantando para ella, cantando aquel coro: “Yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí”. Hoy en día esas palabras trascendieron más de lo que esos dos niños jugando a quererse hubieran imaginado.