Capítulo 6: Lago de luciérnagas

2330 Palabras
Un día cualquiera ya en Manizales, Andrés me escribió que lo acompañara a hacerse cortar el cabello, y yo acepté acompañarlo. Si bien él me caía bien, siempre me pareció una persona de gustos extraños, recordaba ese horrible traje que combinaba nueve colores con el cual asistió a nuestra graduación, y me parecía bastante similar a la ropa que utilizaba normalmente, lo que implicaba que cada vez que salía a la calle con él, era como salir con una bola de colores combinados de la peor manera posible, un atentado para la moda, más aún para mis ojos, que habían crecido toda la vida entre ropa, por la tienda de mi padre, los cuales no podían creer que alguien fuera capaz de alcanzar esas combinaciones tan aterradoras de manera intencional. La tarde que lo acompañé a cortarse el cabello, llegamos al lugar, una peluquería de niches, de esas que se ven en todos los barrios de las ciudades, y por alguna razón no me cuadraba que un tipo con su estilo quisiera acceder a los servicios de un lugar así, era evidente que le iban a hacer un corte con el que no iba a quedar satisfecho, sin embargo, entramos. Cuando él se sentó y empezaron a cortarle el cabello, yo estaba en un sofá de espera, que quedaba muy cerca de la silla del barbero, y por eso pudimos seguir conversando mientras le cortaban el cabello, fue allí cuando ocurrió la tragedia. Por alguna extraña razón, estábamos hablando acerca de Valentina y sus amigas, cuando de un momento para otro él me empezó a decirme: -       Yo siempre creí que Valen era la más bonita de todo ese grupo de amigas, la verdad tiene un cuerpazo, es que esas caderas, ese culo, y pensar que usted lo tuvo encima suyo quien sabe cuántas veces. Ufff, hablando seriamente es demasiado sabroso tener todo eso encima de uno. Inmediatamente mi mente ató cabos y preguntó: -       ¿Por qué dice que eso es demasiado sabroso? ¿Acaso ya lo ha probado o qué? Él me respondió con un absoluto descaro, con la cara más grotesca que he visto en mi vida: -       Claro que lo he probado, yo con ella estuve una vez que fui a su casa a visitarla, cuando ustedes habían terminado ya. Uff, no me puede negar que es demasiado brutal tener todo eso encima de uno. Seguramente se percató de mi cara de desagrado, a lo que volvió a hablar: -       Ay no, no me diga que se va a sentir mal porque yo también estuve con ella, no me vaya a decir que usted, el tipo más perro de todo el colegio sentía algo por ella, no se ponga con estupideces, usted ni siquiera la quería, todo el mundo sabía. Resulta que todo el mundo sabía menos yo, porque aparentemente yo reflejaba cuando estaba con ella un desinterés por nuestra relación, pero era un desinterés falso, evidentemente ella sí me importaba, sí la quería, pero eso era para mi una cuestión de puertas hacia adentro, no algo en lo que los demás se pudieran ni se tuvieran que meter, mucho menos asumir hechos, y muchísimo menos hechos de esa talla. ¿Cómo se atrevía ese cabrón a contarme tan campantemente que se había acostado con ella? Ese día me di cuenta que estaba frente a la persona más desagradable que había conocido, me di cuenta que Andrés no era bueno solo para desvariar con su extravagante forma de vestir, también lo era con sus comentarios de mierda, esos mismos comentarios que hacía cuando estábamos en el colegio, pero que yo ignoraba porque iban dirigidos hacia cosas y situaciones sin importancia para mí. Pero ésta vez era diferente, ésta vez se había metido con algo que para mí sí tenía relevancia. Luego de haber escuchado eso, no me fui del lugar por pura decencia y porque más que estar enojado, estaba extrañado, así que simplemente esperé a que le cortaran el cabello, y salimos de aquel lugar y nos fuimos cada uno para su casa. No me despedí ese día, no abrí mi boca ni un solo momento después de haber escuchado sus declaraciones. La relación con Valentina estaba reciente aún, y evidentemente significaba algo para mí todavía, así que esa noche me quedé encerrado en mi habitación, cuestionándome el verdadero significado de la amistad, de la lealtad en pareja, y de muchas otras cosas que guardaban relación con lo que estaba sintiendo. Fui esa noche cuando, por primera vez, empecé a cuestionar el verdadero significado de la palabra amigo, y de lo que significaba realmente ser fiel, ser leal. Yo a Valentina le había sido infiel, y ella a mí, pero meterse con un amigo mío, y peor aún a escondidas, ya me parecía algo que sobrepasaba los límites de una manera exorbitante. Un par de semanas después, luego de haberme dedicado a matar lo poco que aún sentía dentro de mi hacia ella, tuve el valor de escribirle, de decirle que ya sabía lo que había pasado con Andrés, y le conté también la cínica manera en la que él mismo me lo había contado. Por el carácter preocupado de sus palabras, me podía imaginar su cara pálida y blancuzca, tratando de explicarme de la manera más eufemística posible lo que había pasado con él, inventando mil excusas, acerca de que se sentía sola, de que estaba despechada y lo había hecho sabiendo que estaba cometiendo un grave error. De esa conversación me retiré como pude, fingiendo un orgullo y una tranquilidad que dentro de mi en aquel momento no existía, pero que me servían de consuelo para no mostrarme débil, para retirarme con la frente en alto. Pero ella sabía que lo que había hecho me dolía, y me dolía muchísimo, porque siempre supo que fue la primer mujer que yo llegué a querer, a guardarle un aprecio especial, y con quien tuve el valor de entregarme por primera vez, ella significaba muchas cosas para mi y lo sabía; sin embargo, nada de lo que dijo esa noche sirvió de consuelo para mi alma, yo con cada uno de aquellos episodios llenos de miseria y desconsuelo, me iba volviendo un poco más hijo de puta y desalmado, episodios que, combinados con mis traumas y heridas de la infancia, dentro de mí me permitían sentir como me moría por dentro, como potenciaban mi insensibilidad. Gracias a esas cosas, sentí que me empecé a volver inmune al dolor, al dolor del alma, a la desdicha de fracasar en el amor, e inconscientemente empecé a adoptar conductas destructivas, para mí y para los demás. Luego de reponerme de aquel desagradable suceso, empecé a aceptar salir con Lucero, y ella entusiasmadamente me llevaba a muchos lugares, a vivir demasiadas aventuras juntos, como las dos veces que accidentalmente agarrábamos la buseta equivocada y terminábamos en una ruta que daba unos cuantos kilómetros más arriba de nuestra casa, y teníamos que irnos caminando hasta encontrar nuestro barrio, recuerdo perfectamente esos días. Ella se partía de risa viendo mi cara de angustia, de saber que estábamos lejos de casa, sin dinero, y con una fuerte lluvia que normalmente acompaña el cielo de Manizales. Nosotros dos, sin sombrilla ni abrigo, recorríamos los andenes jugando a que ninguna buseta nos fuese a mojar con su paso, pero era inevitable, y así era como pasábamos horas mojándonos, empujándonos a los charcos y riéndonos de nuestra propia desdicha. El mejor momento que pasé con ella, fue en una ocasión que me llevó a un parque a las afueras de la ciudad, donde se sentía un ambiente tranquilo, de esos que me gustaban a mí, lleno de aves, de mariposas, y de gente paseando a sus perros; un sitio agradable era aquel parque, un lugar para sentarse sobre el césped a hablar de cualquier cosa. Me la pasaba muy bien con ella, y me parecía hermosa, esa piel morena y ese cabello ligeramente ondulado, me parecían una combinación que funcionaba muy bien; pero en el fondo siempre supe que ella tenía novio, y que a mí me estaba empezando a gustar alguien más, por eso jamás intenté besarla, ni tratar de pasarme de astuto con ella, porque siempre fui de respetar las relaciones ajenas, por más que me llegase a costar. Gracias a mi llegada, Román y sus amigos también se hicieron amigos de Lucero, a tal punto que había tardes en las que llegaba alguna amiga de Lucero, y se quedaban las dos tardes enteras en casa con nosotros, escuchando música, pidiendo una pizza para compartir o simplemente charlando. Una tarde de esas, Lucero llegó con invitaciones para una fiesta de cumpleaños, el de una de sus mejores amigas, quien también había compartido con todos nosotros, y yo estaba ansioso por asistir a aquella fiesta, pero estaba bastante enfermo, y desde el momento en que me invitaron, yo sabía que no iba a poder asistir. Finalmente, el día de la fiesta llegó, y yo seguía tan enfermo como me esperaba, así que mi papel fue solamente ayudar a Román y sus amigos a escoger las mejores camisas para ir bien arreglados y perfumados a la fiesta. Yo mientras, me quedé en mi casa, pidiendo comida a domicilio y algunos medicamentos para poder descansar medianamente bien. Al otro día, abrí el cuarto de Román, que era el cuarto donde generalmente amanecíamos todos agrupados cuando llegábamos de alguna fiesta, y efectivamente allí estaban todos mis amigos, dormidos y con un olor a aguardiente y ron que ocupaba toda la habitación. Cuando me decidí a despertarlos, como a eso de las diez de la mañana, los demás empezaron a molestar a Román, lanzándole comentarios acerca de lo bien que se la había pasado con una chica esa noche en la fiesta, yo no sabía de quien hablaban, pero fue entonces cuando Ariel, uno de los amigos más cercanos de Román empezó a decirme en tono burlesco: -       Román es un hijo de puta, si supieras la que te hizo, anoche todos estábamos borrachos y salimos de la discoteca hacia el apartamento de una amiga de Lucero, y estando allá, Lucero y él resultaron pasando la noche juntos. – me decía mientras se reía con su característica risita de mierda. Yo entendía que entre Lucero y yo no había nada más que una amistad, y que supuestamente ella tenía una relación a distancia la cual respetaba, pero también era consciente de que todos ellos sabían que ella guardaba hacia mi algo más que un simple interés de amigos, porque todos me lo recalcaban constantemente, la forma en la cual ella los trataba a todos antes de mi llegada, y cuánto había cambiado ese trato cuando yo llegué a vivir a esa casa. Román me miraba, pero no decía nada, y total no había nada que decir, el y ella eran tan libres como quisieran, y estaban en todo el derecho de hacer con sus vidas lo que se les antojara, y a pesar de mi inmadurez, entendí que no había nada que perdonar, porque ella en realidad no era más que mi amiga, y lo único que nos unía era la especulación que ellos mismos habían construido alrededor de nosotros dos. Realmente me hubiese molestado aquel episodio, pero había una razón específica por la cual asumo que me dio igual lo que ellos dos hicieran, una razón que se paseaba por mi cabeza constantemente, esa razón era Esther. La primera vez que vi a Esther, todo dentro de mi mente se esfumó, y lo único que quedó fue un humo blanco y un voto de silencio de mis constantes pensamientos y sobre pensamientos ocurrió. Luego de muchos años de ser sometido por una ansiedad abrumadora, que me llevaba a siempre estar mordiéndome las uñas y rascándome los brazos; esa ansiedad se fue por algunos segundos de mi mente, y la veía a ella, y lo único a lo que se podía comparar esa primera impresión, era a aquella vez que mi padre nos llevó a mi hermano y a mí de niños a una hacienda que tenía un lago inmenso, que a esa hora a la cual llegamos, se encontraba lleno de luciérnagas volando a su alrededor, y una quietud suficiente como para mostrar fielmente el reflejo de la luna. Cuando vi ese lago, mi mente también se detuvo, porque probablemente nunca había visto un lago en mi vida, y mucho menos uno tan hermoso, por eso mis pupilas se deleitaban contemplando algo a ese nivel de belleza. Pero con Esther las circunstancias eran diferentes, ella era una mujer, pero es que no era la primera vez que veía una mujer, no fue el descubrimiento de algo desconocido como aquel lago, fue más bien el descubrimiento de algo desconocido dentro de algo conocido. Yo más que evidentemente ya sabía que las mujeres existían, y que alguna que otra me parecía bonita, pero ese rostro, ese cuerpo, esa manera de caminar, ese aroma, todo lo que ella traía consigo, era algo de otro mundo para mí. Ese día, logré entender el significado de la palabra incomparable, porque en mi mente no existía nada que hubiese visto antes que fuese digno de ser comparado con esas líneas que se dibujaban al lado de sus labios cuando sonreía. Ese día entendí que ni antes ni después iba a ser capaz de encontrar algo que se comparara con su belleza, y el paso de los años me dio la razón. Ese día, conocí a la razón de ser de éste libro, y de éste escritor, tanto así, que mientras escribía esto con el paso de los días, mi corazón se aceleraba esperando llegar a esta parte, quizá sea difícil imaginar para el lector cuánto anhelo contar ésta parte de mi historia, ésta parte de mi vida, que se convirtió en mi vida entera. Pero esa es historia para otros mil capítulos, para otros mil libros, para otros mil sonetos, para otras mil canciones.
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