Capítulo 5.1

2470 Palabras
Desde ese momento, ella y yo nos dedicamos a vivir nuestro sueño en aquel viaje, sin importar realmente si ya nos faltaba poco para terminar, sin importar tampoco los comentarios de los demás (que no eran nada agradables), y sabiendo que cada vez que estábamos follando, podría convertirse en la última vez que lo hiciéramos. Lo hicimos todos los días desde nuestra reconciliación hasta el final del viaje, pero esas veces fueron diferentes a todas aquellas que habíamos estado juntos antes de nuestra ruptura. Ella se esforzaba demasiado para que yo disfrutara, como si se estuviera despidiendo de esa manera, como pidiéndome que la recordara para siempre por ese movimiento de caderas, o como si quisiera que los dos quedáramos con el sabor presente de aquella sensación para algún día repetir. Yo trataba también de moverme, cuando estaba sobre ella, cuando estaba debajo, o en cualquier posición; pero evidentemente me costaba, hace muy poco tiempo había dejado de ser virgen, y realmente era poco lo que sabía de las cosas que debía hacer, aunque ella trató de explicarme algunas cosas durante nuestra relación, yo con mi infaltable torpeza me encargaba de que fuera un proceso de aprendizaje lento, pero me esforzaba, trataba de darlo todo siempre, aunque a veces me costara trabajo. Pasamos demasiados momentos inolvidables durante aquel viaje, como la visita al acuario de la ciudad, donde me tomó fotos hasta el cansancio con todos los peces mientras yo hacía poses ridículas y ella se burlaba de mí, o ese paseo en auto que nos dieron los guías por toda la ciudad, donde no había mucho espacio y para que todos tuviéramos lugar, ella se sentó en mis piernas y tuve que pasar todo el recorrido con una erección que probablemente soportaba más peso del que soportaban mis piernas en ese momento. Jamás olvidaré cuando nos llevaron a un centro comercial y nos dieron el día libre para hacer compras, yo ya no tenía mucho dinero porque me lo había gastado casi todo en licor para mí, y en unos tés en botella de mierda que a ella le gustaban pero que a mí no me sabían a nada más que agua con azúcar, y fue entonces cuando me dijo: -       Vamos a buscar una camiseta para ti, te la voy a regalar. Tu siempre me regalas ropa de la tienda de tu papá, pero ésta vez quiero ser yo quien te regale algo, ¿me dejas? Para que siempre que la uses, te acuerdes de mí. Yo acepté sin pensarlo un segundo, para mí significaba cualquier cosa regalarle ropa a ella, mi padre tenía una tienda de ropa de donde yo constantemente sacaba regalos para ella, pero que ella me estuviera regalando eso, para mi tenía un significado especial. Ella al igual que yo, no era alguien de portar mucho dinero, pero estaba dispuesta a comprarme algo como despedida, ropa, el regalo que paradójicamente le regalé por primera vez, y el que ella me estaba dando por última vez, con el poco dinero que le había quedado ese día, nuestro último día de viaje. Nunca entendí por qué tomó esa iniciativa, yo esperaba que con ese dinero se hubiese comprado algo para ella, si bien nos queríamos, era en ocasiones un cariño egoísta el que nos guardábamos, pero yo acepté recibir ese último regalo. Y fue así como emprendimos nuestra búsqueda de tres horas por una camiseta que a ella le gustara verme puesta, que, por cierto, fue la que a mi menos me gustó de todas las que me probé, pero por ser nuestros últimos momentos juntos, yo acepté llevar la camiseta que ella quiso. Luego de salir de ese centro comercial con la camiseta gris más insípida que había en el lugar, fuimos al hotel y nos pusimos a conversar con nuestros amigos en el lobby, hasta que cada quien se fue hacia su habitación gradualmente, quedando solo unos pocos ya en el sitio, Valentina me dijo que tenía sueño y que se quería ir a descansar, que si la acompañaba a pasar nuestra última noche juntos, cosa que por supuesto acepté, ya que en sus ojos vi cuando me lanzó el comentario que no tenía sueño, que lo que quería en realidad es que fuera una noche larga entre los dos, y yo estaba deseando lo mismo. Nos dispusimos a entrar al cuarto besándonos de una manera desenfrenada que pocas veces habíamos vivido, mientras me quitaba la camiseta, pero nos detuvimos cuando nos percatamos que no estábamos solos en su habitación. Ella compartía cuarto con sus dos amigas, y ellas se encontraban en uno de los camarotes conversando una con la otra, y se dieron cuenta obviamente que estábamos a punto de tener sexo. Logramos disimular cómo fue posible, y nos acostamos en la cama doble para charlar un rato con ellas, esperando a que se hiciera más de noche para tal vez poder intentar algo cuando ellas estuvieran dormidas, pero sabíamos que era muy arriesgado. Con el paso de las horas, ella me hizo notar que ellas dos ya estaban dormidas y de espaldas a nosotros, y nos dispusimos a empezar a besarnos y a quitarnos la ropa en silencio para no despertarlas. Mientras veía su culo rebotando contra mí, con esa luz azul bonita de fondo que estaba entrando por la ventana de la habitación, me di cuenta que una de sus amigas se empezó a girar y abrió los ojos, pero en menos de un segundo se percató de lo que estábamos haciendo y cerró los ojos para fingir que seguía dormida, pero yo sabía que no lo estaba, e incluso lograba ver como sus ojos no estaban completamente cerrados, sino un poco entreabiertos, lo suficiente como para vernos follar, como si estuviera disfrutando vernos. Yo seguí tranquilo y en lo mío, pero Valentina nunca se dio cuenta, por el contrario, cada vez hacía movimientos más fuertes, como probando el nivel de sueño de sus amigas, porque sabía que estábamos teniendo nuestra última noche y que la debíamos gozar al máximo, pero no quería despertarlas por la vergüenza de ser descubiertos. Valentina se dio cuenta que no importaba lo que hiciéramos, ellas no se iban a despertar, porque no les convenía estar despiertas, e incluso si lo llegasen a estar, no nos iban a interrumpir, así que se dejó de preocupar por ellas y empezó a actuar como si estuviéramos solos. Aquella noche fue tan inolvidable, y me permitió conocer un lado atrevido en ambos, que jamás pensé que ninguno de los dos tuviéramos, ese lado que era capaz de hacernos follar con sus amigas en la habitación, y hacerlo tan tranquilamente, yo no podía creer que lo estuviéramos haciendo, más aún con el descaro de intentar cosas nuevas durante el sexo con ellas allí presentes. Era inconcebible para mí que un tipo con mis niveles de ansiedad estuviera haciendo algo de ese estilo, pero asumí que lo estaba logrando por pura adrenalina, y más allá de pensar en las mil cosas que en condiciones normales hubieran bombardeado mi mente en un momento así, me pude relajar y disfrutar como nunca antes lo había hecho con ella, era nuestra última noche y no la iba a desaprovechar ni un segundo. Fue hasta ese momento el mejor sexo de mi vida, con la camiseta más fea del mundo, pero el mejor sexo de la vida. Me encantaría hablar de ello, pero con el tiempo me di cuenta que no tenía mayor importancia para mí, más adelante me enteraría de algo que me hizo borrar la importancia que aquella noche tuvo para mí, y ahora que la recuerdo solo tengo algunas nociones, fue como si mi mente hubiera decidido olvidar todo lo que pasó durante esas horas, para restarle importancia a aquella relación. En mi cabeza no tenía sentido recordar con ese nivel de cuidado a una persona que me había hecho daño de esa forma, que se había querido morir a causa de lo que un imbécil le hizo, y haber encontrado refugio en mis brazos, para luego haber buscado a ese mismo imbécil cuando nuestra relación estaba pasando su mejor momento, cuando yo sentía que nada me faltaba, y que tal vez por fin había encontrado a mi primer amor, a esa primera mujer que iba a lograr despertar en mí un amor real. Cuando llegamos de regreso a nuestra ciudad, todo se tornó extraño, yo bajé del bus junto a ella, y le ayudé a descargar sus maletas, pero cuando se las entregué, me miró a los ojos y se despidió monosílabamente, y se subió al auto con su madre y se fue. Yo no esperaba unas últimas palabras increíbles, incluso me alegré de que hubiese sido tan simple como yo quería, pero pensé que esa despedida significaba algo más para ella. Aun así, lo único que hice fue mirar a mi madre que estaba allí esperándome, sonreírle, y partir rumbo a nuestra casa, para contarle a mi familia todas las experiencias que obtuve de aquel viaje con amigos. Mi vida para ese punto ya estaba resuelta a corto plazo, ya había logrado pasar a la universidad que quería y a la carrera que quería, y había obtenido la beca por mis buenos resultados que mi madre soñaba que obtuviera, para que yo no tuviera que estudiar dependiendo de la escaza buena voluntad de mi padre por ayudarme. Mi padre estaba tan empeñado porque yo consiguiera esa beca para ahorrarse la incomodidad de decirme que no me iba a costear una carrera universitaria, que me prometió un auto si lograba obtener la beca. Años después sigo esperando ese auto, pero siempre supe que nunca iba a llegar, desde el primer momento que lo prometió, porque sabía que sus promesas eran así, como todas esas veces que de niño que llamaba a mi madre para decirle que iba a ir a recogerme, y me quedaba toda la tarde arreglado, sentado al lado de la puerta esperando. Siempre me quedaba esperando, y hasta el día de hoy siempre me quedé esperando, a pesar que a veces me permitió ver que sí me quería un poco y estaba orgulloso de mí, incluso las veces que no me dejaba esperando me llegaba a sentir mal, porque se sentía forzada la manera en la que cumplía las pocas promesas que llegaba a cumplir. Todos esos meses entre la graduación y mi primer día de la universidad se pasaron volando, y tuve que viajar a una nueva y mucho más grande ciudad persiguiendo mi sueño de ser ingeniero, y entregarle a mi mamá la fehaciente prueba de que todos sus años de sacrificio por sacarnos a delante a mi hermano y a mí habían valido la pena cada segundo. Me tuve que despedir de mi madre en el terminal de mi ciudad, con mi ropa empacada en una maleta vieja que me había prestado mi padre, la misma con la que sigo viajando hoy día, y con un poco de comida típica de mi región, para no extrañarla al menos en el inicio de mi nueva vida en la gran ciudad. La gran ciudad era Manizales, una ciudad relativamente grande, de la cual sólo escuchaba comentarios agradables por parte de mis tíos y mis primos quienes ya habían estudiado allí. Su seguridad, su calidad de vida y su orientación a ser una ciudad apta para estudiantes, hacían que mi madre estuviera tranquila de saber que estaba allí. Para llegar a vivir a Manizales me sentía poco preparado, así que opté por pedirle ayuda a Román, un amigo de mi primo que también hacía parte de mi academia de música, pero con quien había compartido bastante poco. Román ya llevaba un año viviendo en la ciudad, así que me ayudó a ubicarme en todo lo que hiciera falta para no perderme, ni adentro de la universidad, ni afuera en las calles. Román vivía en una casa de familia con una madre y sus dos hijos, de nuestra edad más o menos, y al llegar, instantáneamente reconocí que Lucero, la hija de la dueña era bastante linda, ella se acercó a mí, y durante un tiempo, ella y Román fueron mi compañía de esos días, aunque no eran muy amigos entre sí, pues Román y sus amigos me contaban que antes de mi llegada, ella no era amigable con ellos, por el contrario siempre tendía a ignorarlos, y a no sentarse si quiera en la mesa con ellos a la hora del almuerzo. Yo sabía que algo estaba pasando con ella, pero decidí ignorarlo porque ella me contó que tenía un novio en otra ciudad, y que estaba muy feliz con él, por lo tanto, aceptaba todas las invitaciones que ella me hacía para salir los dos, pero siempre le brindaba un trato de amigos, lo suficientemente cordial para que no me descartara, y a su vez algo frío, para que no sintiera que yo tenía alguna intención de aprovecharme de su amistad para algo más. Esas semanas, ella se convirtió en mi amiga y se ganó mi confianza, y cuando no estaba haciendo algo con ella, estaba con Andrés, uno de mis compañeros de clase en el colegio quien también había sido admitido a la misma universidad, con quien compartía mucho durante las clases, porque era de esos tipos a quienes les gustaba leer y cuestionarse las cosas, gracias a eso y a que habíamos compartido bastante en el viaje de cuando presentamos la prueba de admisión a la universidad, éramos buenos amigos, y nos unimos más cuando nos enteramos que de todos quienes se presentaron de mi ciudad, solamente él y yo fuimos admitidos. Durante los tiempos del colegio, salía a montar bicicleta con él, o simplemente nos sentábamos a hablar de cualquier tema que tuviera la suficiente profundidad como para haber despertado simultáneamente el interés de ambos. Nos habíamos acercado un poco más gracias al viaje, además, yo sabía que él era uno de los amigos más cercanos de Valentina, mi exnovia, y por eso frecuentemente se encontraba presente en los planes grupales a los que ella me invitaba, donde aprovechábamos siempre por supuesto para conversar, lo admiraba por su retórica, era de esos espíritus que logran revelarse lo suficiente para no ser gregarios, de esos que hablaba Henry en sus clases, y lo respetaba porque me sentía parte de ese mismo grupo. Nunca llegué a imaginar lo que estaba a punto de vivir, y lo que estoy por empezar a narrar es, sin duda alguna mis mejores y mis peores experiencias en la vida, todas reunidas en los cinco años de universidad que me trajeron hasta aquí, y es poco más adelante cuando podré hablarles acerca de ella, de la chica que me hacía escribir incansablemente para ella, pero esa es historia para otro capítulo.
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