41. IAKOBUS.
En algún punto entre Stellenbosch y Paarl, Sudáfrica.
Siento la mano de mi amada sobre el pecho.
Es tibia y agradable.
El amor es dulce, dulce y al mismo tiempo doloroso. El amor te ciega y te eleva, al mismo tiempo da sentido a la existencia, el amor es una navaja de doble filo que los celestiales tienen prohibido usar.
Afuera, los carroñeros se dan sus festines, van haciendo travesuras sangrientas y terribles con los humanos. Hubo un tiempo que eso me enfadaría. Pero ese tiempo ha terminado.
Isharys descansa, y yo veo como su cuerpo se regenera, y recupera las fuerzas.
En los últimos días, el ejército soñado de mi amada se ha multiplicado por tres. Y avanza sin detenerse, y se apodera de las ciudades menos urbanas, para luego cercar las ciudades más tecnológicas. Nadie sospecha de nuestros planes, nadie trata de evitarlo.
—Te amo —susurro, a pesar que ella no escucha.
Isharys se mueve un poco, quisiera saber qué sueños la embargan. Tengo ganas de alimentarme de su pecho, y me contengo…
El llamado de Akras se ha perdido. Pero falta demasiado poco para que el poder que hemos creado sea imparable, incluso para él. El polvo de hueso humano es la respuesta a todo, harán que la luz del día no sea un impedimento.
Me pregunto qué piensa de mí, seguramente no se ha llevado ninguna sorpresa, después de todo… nunca fui demasiado bueno…
Isharys abre los ojos y descubre que la estuve admirando todo el tiempo.
—Ha llegado la hora. La noche del ritual rojo, la gran algarabía… —susurra, apacible.
Con un estruendo de sus dedos, las antorchas se encienden, forman a nuestro alrededor un círculo mágico. Son tres los lazos de fuego.
—Vengan hacia mí, hijos de la noche… —llama entonando las palabras poderosas. Y al segundo nos vemos rodeados de toda clase de vampiros, la mayoría, neófitos, hipnotizados por su voz. Nos miran con deleite.
La cama en la que estamos se convierte en el altar de la sangre.
Isharys que ahora está debajo de Iakobus está a punto de alcanzar un increíble orgasmo. Sus gritos guturales inundaba el aire, instando a los carroñeros que los ven a que se deleitaran con el espectáculo y que se acerquen más y participen.
Luego de varios siglos protegiendo a las mujeres de los placeres de la carne, Iakobus conoce las señales y se ajusta a sus embistes conforme a ella. Su esbelta cadera sube y baja con incansable movimiento, a la vez que mete su pene a través de aquellas cremosas profundidades. Isharys ahoga un grito y araña la espalda de él mientras arquea la suya.
—Sí, sí, sí… Iakobus… mi ángel caído...
Los jadeos le hacen sonreír, la potencia del clímax de Isharys, que tan rápidamente se aproxima, llena la habitación de un resplandor que sólo él puede ver. En el borde del Crepúsculo, donde la luz de la pasión de ella se une a la oscuridad de sus miedos íntimos, las Pesadillas esperan con evidente excitación. Pero él las frena.
Se encargará de ellas en un momento.
Colocando la palma de las manos sobre sus nalgas, Iakobus eleva las caderas de ella para que cada uno de sus profundos embistes hagan que su pene roce el clítoris. Isharys se corre con un grito salvaje y placentero, y su coño se tensa con el orgasmo a lo largo de toda aquella dureza suya mientras su cuerpo se mueve con un desenfreno salvaje y descabellado que nunca muestra cuando está despierta.
Él la mantiene ahí, suspendida en el éxtasis, mientras va absorbiendo la energía que emana su cuerpo. La aumenta, la magnifica y se la devuelve a ella, que empieza a hundirse en un estado de sueño muy profundo y tranquilo, alejándose del Crepúsculo.