42.

621 Palabras
42. El ritual de sangre y fuego ha iniciado el nuevo ciclo en la tierra. Se escucha en todas partes, un tambor venido de los estratos inferiores, su sonido es hipnotizador, y profundo. Cruento. A lo lejos, se escucha el silbido de los espíritus errantes y se hacen presentes, el fuego de las antorchas se incrementan, se siente en el aire, que está cerca la venida de algo, de alguien sumamente poderoso y ancestral, uno que ha sido olvidado por los humanos, hace muchos siglos atrás. Isharys mira al cielo enrojecido y exhala. —Pronto llegará —murmura con convicción. Enceguecida en el trance de la sangre. Sus ojos reflejan el dorado y rojo, mezcla de la sangre y el fuego. —¿De quién se trata, amor? —pregunta Iakobus, que es testigo, de lo que ocurre, al igual que todos los neófitos y todos esos seres fantásticos que los rodean. —Es Manave, mi ama y señora. Está cerca —murmura Isharys. Manave, es un demonio que aborrece a los humanos. Ha sido castigada por los celestiales por causar uno de los peores cataclismos en la antigua historia. Iakobus ha escuchado hablar de ella a los arcángeles mayores. Los tambores se intensifican, y un viento que nace del mismo suelo hace temblar la tierra. Un crujido quiebra el suelo delante de Isharys, y ella se pone de rodillas. La tierra se va abriendo, revelando el color del mismísimo infierno infraterrenal, y desde ahí, nace una luz enceguecedora que se abre paso, revelando así el cuerpo diminuto de un ser con apariencia humana. Pelo claro, piel de durazno, ojos inocentes. Ninguno de los seres de bajo mundo se la tomaría con seriedad, y los humanos pensarían que se trata solo de una inocente y pequeña, que se encuentra extraviada. Pero solo hasta que revele los dientes filosos al abrir la boca. —Tengo hambre —sale de su boca, con una voz inocente, y se dirige a Isharys, su más fiel sirviente—. Isharys, mi fiel servidora… —la saluda y le dirige una mirada a modo de premio. Enseguida, toda su atención acapara otro ser. Manave mira a Iakobus, sin mover un solo pie aparece frente a él y lo examina a detalle. Parece una pequeña, que ha descubierto el regalo sorpresa de sus padres. —Ángel caído… —le susurra a los oídos—. Aliméntame con tu carne. Isharys, no ha previsto aquello. Segada por el deseo sobre Iakobus, solo lo ha expuesto ante su ama. En ese momento, Iakobus se hace a un lado, rechazando a Manave, el demonio. Al ver eso, Isharys se adelanta, antes de que su ama castigue a su amado por tal ofensa, y le dice: —Ama, y soberana, allá en tierra del rey Inti, le aguarda el mejor de los banquetes; un arcángel puro, para saciar tu apetito —Isharys mira con frialdad a Iakobus y lo señala—. Ese ángel caído, no es digno de ser tu alimento… Manave la mira con detenimiento, buscando un indicio de falsedad en ella. Sus ojos van tornándose cada vez más fríos e inhumanos. —No me decido aún —murmura—, si debo creerte o pensar que hay algo más… Para Isharys, aquellas palabras son como el filo de una estaca. Teme a su ama, pero debe permanecer firme. —Este ángel caído, está sucio —le dice, Isharys—, me ha servido para abrir el canal y liberarla, y ahora forma parte de mis súbitos, ama. Manave sonríe y su sonrisa la hace temblar. —Eso quiere decir, que, si te pido que te lo devores por mí, lo harás… —Si ese es su deseo, ama.
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