43.
—Así es ama. Yo vivo para cumplir sus órdenes —contesta Isharys. En ese momento, Manave suelta una risotada y parece complacida con ella, por el momento.
—Es tiempo de traer de nuevo a mis nueve brujos terrenales —le dice.
Unos segundos más tarde, Manave, se convierte en mil cuervos, y cubre los cielos con un manto oscuro, trayendo la noche con su maldad. Un grito agudo proveniente de cualquier parte refleja el terror de su llegada, y ella suelta una cruel carcajada, estremeciendo incluso a Isharys. Al ver que tiene una oportunidad, Isharys, aprovecha ese instante para dirigirse a su amado, Iakobus.
—Amor mío —le dice—, debes marcharte… —su voz denota un vejo de temor y aflicción—, ve por el sur, y no te detengas por nada, y no mires hacia atrás aunque escuches que lo lamento… en tres noches yo iré a tu lado…, por el amor que te tengo, te doy mi palabra. Te amo.
Iakobus, sabe que su vida pende de un hilo, Manave le desea como alimento, y para él como para Isharys, es cuestión de tiempo para que se de cuenta que su relación es más que un asunto superficial. No lo permitirá, la castigará y a él, le dará un final que nadie desea vivir; le comerá vivo. Le morderá y masticará y él no podrá hacer nada por defenderse ya que no cuenta más con el único poder que puede detenerla; la luz, la luz que ha renunciado por el amor de una vampiresa. El poder con el que cuenta es nada comparado con el de Manave. No tiene chance, y acepta huir. Avergonzado de sí mismo, empieza la marcha. No debe mirar hacia atrás, pero se muere por hacerlo.
Cuenta apenas con unos segundos para desaparecer de la vista de la demonio Manave. Huye bajo la mirada apacible de los espíritus silenciosos, que se mantienen siempre apartados, de todos, y que son fieles testigos de todo acto.
Y corre hasta más no poder. Se avergüenza por su debilidad y no dar cara, pero ahora ya solo es un ser oscuro y nada más. Y a su paso, los seres elementales van increpándolo:
—¡La Santa Demoníaca, ha regresado! ¡Tú, ángel caído! ¿Qué has hecho? ¡Trajiste el mal!
Iakobus no puede más. Se cubre los oídos para escuchar, pero es inútil, puede escucharle incluso en su cabeza y las palabras retumban, hasta debilitarlo.
—¡Trajiste la muerte! ¿Qué has hecho?¡El Supremo te castigará! ¡La Santa Demoníaca te devorará!
Iakobus cae al suelo agrietado y grita.
—¡Basta!
La mano oscura de Isharys, le da apoyo, un grupo de carroñeros van a su auxilio, y lo levantan y ponen en pie.
Iakobus continúa la marcha, y avanza. Siente que algo más que la mano oscura de Isharys lo impulsa, pero no puede mirar, así que deja de pensar y se deja llevar.
Su destino está marcado.