28. IAKOBUS.

633 Palabras
28. Iakobus. —Akras. Iakobus, observa la fría noche. Y mientras su mente le trae el recuerdo de él, pasa lentamente sus delgados dedos y por sus rulos enrojecidos por la sangre antigua y ancestral de Ishary. Y ahora que ha sentido cerca la energía de Akras, es inevitable que su memoria no le regrese esa vieja vida. Ikarus recuerda, que casi cien años después de que la ciudad celestial, Arshevas, había sido destruido y la guerra entre los planos infernales habían terminado, un buen día On llegó a él, y le contó muchas cosas que él nunca jamás había esperado, y mucho de aquella conversación lo tenía guardado en sus cristales del recuerdo, que aún se preservaban en el reino celestial. Ikarus recuerda que esa vez, Om le dijo que Akras había fallecido, y que había fallecido con su nombre en sus labios. Cuando escuchó eso, pensó que se trataba de un hermoso y trágico recuerdo, y que le gustaría creerlo, pero en ese momento no estaba seguro de que Akras hubiera muerto y, si eso era cierto, no le hubiera mencionado a él, sino a Likario. Pero en ese momento, nada de eso importaba. A Ikarus le dolía el corazón, y no lo soportaba. Él se decía que si Akras estaba muerto, como afirmaba Om, y nadie conocía los motivos, y no había otros que le pudieran asegurar o negar que fuera la verdad, solo podía guardar todo el dolor que su muerte le generaba, junto a todo los bellos momentos que habían vivido, y un día decidió guardar todos sus recuerdos con Akras en el cubo que porta los cristales del recuerdo, que lleva grabado en la cubierta “Memorum vitale” No era la única pieza existente, puesto que tenía como respaldo una docena copias de la misma clase, por si alguna vez una de ellas pudieran caer en las manos equivocadas, aunque Om, tenía sus dudas, de que esa fuera la mejor forma de preservar sus recuerdos. Pero ahí se quedarían atesorados, sus recuerdos de casi seis mil años y uno poco más, junto a Akras. Y ahora, muchos miles de años después, sabe que esa vez, él estaba en lo correcto, y que Om se había equivocado, que en realidad Akras no estaba muerto, como se lo había asegurado, que solo estaba desaparecido, y ahora volvía de regreso… y le llamaba, incansablemente lo llamaba. Iakobus sabe que antes de volver el rostro hacia Ishrarys, debe dejar de pensar en su vida pasada. Mira más allá de la mesa. En una buena noche, la ventana permanecería abierta y podría mantener sus pensamientos en las estrellas que titilaban por encima de la casa aislada. Pero ahora, en el cielo solo reinan las densas nubes que hablan que el infierno se avecina, irónicamente, él, junto a su amada son los emisarios de la destrucción. La habitación se ha enfriado mientras vuelve a la cama. Vapores salen de su respiración y, con un suspiro tembloroso, Iakobus se dirige al recipiente de sangre. Ráfagas de viento hacen golpetear gotas afiladas de agua de la nieve contra las persianas. Isharys se alimenta de su cuerpo, y él se place junto a ella. A los alrededores de la casa no hay árboles. Y en el escaso jardín brotan una nueva cosecha de carroñeros que esperan su señal para salir y devorar humanos. A esa misma hora, los esclavos carroñeros se dedican a proveer madera de los bosques lejanos para hacer su mesa y persianas. Incluso ahora que la casa está terminada, pasan gran parte de su tiempo mendigando sobre la ciudades cercanas, van en busca de alimentos y rumores. Y cuando están aburridos se dedican a asustar a los humanos, poseyendo sus cuerpos y a sus objetos. Causan caos y dolor a su paso.
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