PRÓLOGO
Piso 23. Hotel Paramount. Atlanta.
3:47 a.m.
El viento de la madrugada golpeaba con fuerza el rostro del joven que se encontraba al borde del vacío. Sus dedos, blancos por la presión, se aferraban a la baranda del balcón como si ese metal frío fuera lo único que lo mantenía atado a este mundo. Pero la verdad era más cruel: ya no quedaba nada que lo atara. Nada que valiera la pena.
Abajo, las luces de Atlanta parpadeaban como estrellas caídas, indiferentes al drama que se desarrollaba veintitrés pisos más arriba. La ciudad dormía. O fingía dormir. Porque las ciudades, como las personas, también tienen secretos que prefieren ocultar en la oscuridad.
Él miró hacia abajo. Un segundo. Dos. Tres.
Calculó mentalmente cuánto tardaría en caer. Cuánto duraría el dolor. Si habría dolor. Si alguien lo encontraría a tiempo o si su cuerpo quedaría destrozado en el pavimento, irreconocible, como una obra de arte macabra que nadie pidió ver.
Una lágrima rodó por su mejilla. Luego otra. Y otra más.
No era el llanto dramático de las películas. No había sollozos desgarradores ni gritos de desesperación. Era algo peor: era el llanto silencioso de alguien que ya no tiene fuerzas para luchar. El llanto de quien ha perdido hasta la esperanza de ser salvado.
Se giró lentamente, dándole la espalda al abismo, y caminó de regreso al interior de la suite. El lugar era un desastre. Botellas de whisky vacías decoraban cada superficie disponible: la mesa de centro, el mini bar, el suelo. Algunas habían rodado hasta esconderse bajo los muebles, como testigos avergonzados de lo que estaba a punto de suceder.
Tomó una de las botellas que aún tenía contenido. Sus manos temblaban, pero no por el frío. El líquido ambarino quemó su garganta al bajar, pero ya no le importaba. Nada importaba. El dolor físico era un alivio comparado con el infierno que ardía dentro de su pecho.
Su alma estaba rota. No agrietada. No lastimada. Rota. Hecha pedazos tan pequeños que ni siquiera sabía por dónde empezar a recogerlos. Y lo peor de todo era que ya no quería hacerlo. Estaba cansado. Tan jodidamente cansado de fingir, de sonreír para las cámaras, de ser lo que todos esperaban que fuera.
¿Cuándo había dejado de ser él mismo? ¿En qué momento se había convertido en un personaje que ni siquiera reconocía en el espejo?
Bebió otra vez. Y otra. El alcohol ya no le hacía efecto como antes. Su cuerpo se había acostumbrado a los excesos, al veneno que consumía día tras día intentando acallar los demonios que gritaban en su cabeza.
Pero esta noche, los gritos eran más fuertes.
Se dejó caer en el sofá, con la botella aún en la mano. Su mirada se perdió en el techo, en las sombras que bailaban bajo la tenue luz de la lámpara. Sería tan fácil. Tan simple. Un paso. Un salto. Y todo terminaría.
No más dolor. No más presión. No más decepciones. No más miradas de lástima o de admiración vacía de gente que no lo conocía realmente.
Pero entonces, como un relámpago cruel, la imagen de su familia atravesó su mente.
Su madre. Su padre. Su hermana pequeña.
Los imaginó recibiendo la llamada. Los vio llegando al lugar, con las piernas temblando, el corazón destrozado, los ojos incapaces de creer lo que estaban viendo. Imaginó a su madre cayendo de rodillas frente a su cuerpo destrozado, gritando su nombre como si pudiera traerlo de vuelta. Imaginó a su padre, siempre tan fuerte, rompiéndose en mil pedazos porque no pudo proteger a su hijo.
No.
No podía hacerles eso.
No de esa forma.
Con las manos temblorosas y los ojos nublados por las lágrimas, buscó su teléfono. Lo encontró entre los cojines del sofá, la pantalla agrietada por algún golpe que ya ni recordaba haber dado.
Tenía docenas de llamadas perdidas. Mensajes sin leer. Notificaciones que gritaban por su atención. Pero solo había una persona a quien quería llamar. Una sola persona en este mundo que realmente lo entendía. O eso creía.
Su mejor amigo.
El único que había estado ahí desde el principio, antes de la fama, antes del dinero, antes de que todo se fuera al carajo.
Marcó el número con dedos torpes. Uno, dos, tres tonos. Cuatro.
—¿Hola? —La voz al otro lado sonaba somnolienta, molesta por la interrupción.
Intentó hablar, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
—¿Qué pasa, hermano? ¿Estás bien?
—Yo... necesito... —Las palabras salieron quebradas, apenas audibles.
—¿Qué? No te escucho bien. Mira, es tarde, ¿puede esperar hasta mañana?
Se escuchó una risa de fondo. Una voz femenina diciendo algo que él no alcanzó a comprender.
Su amigo estaba ocupado. Por supuesto que lo estaba. Todos estaban ocupados. Todos tenían a alguien. Todos se sentían bien, completos, vivos.
Todos menos él.
—Sí, claro. Perdón por molestar —murmuró, y estaba a punto de colgar cuando la voz de su amigo cambió.
—Espera. ¿Estás llorando? ¿Dónde estás?
—No importa.
—Sí importa, carajo. ¿Dónde estás?
Silencio.
—Hermano, háblame. Me estás asustando.
—En el Paramount. Suite 2304.
—¿Qué estás haciendo ahí? ¿Estás solo?
—Siempre estoy solo.
—No digas eso. Escúchame bien: no vayas a hacer ninguna locura, ¿me oyes? Ninguna. Voy para allá ahora mismo. Dame veinte minutos. ¿Puedes aguantar veinte minutos?
No respondió.
—¡Háblame! ¿Puedes aguantar veinte minutos?
—Sí.
—Te lo prometo. Voy en camino. No hagas nada, ¿okay? Quédate ahí.
La llamada terminó.
Veinte minutos.
Se rio con amargura. Veinte minutos era una eternidad cuando cada segundo dolía como un cuchillo clavándose en el pecho.
Dejó caer el teléfono en el sofá y se puso de pie. Sus piernas apenas lo sostenían, pero logró caminar hasta donde había dejado su chaqueta de cuero tirada sobre una silla.
Metió la mano en el bolsillo interior. Sus dedos rozaron algo frío, metálico.
Un collar.
Lo sacó lentamente, como si fuera una reliquia sagrada. Era uno de esos collares antiguos con forma de corazón partido que se abría en dos mitades. Dentro, dos fotografías diminutas. Una de él cuando era niño, no más de siete u ocho años, sonriendo con esa inocencia que ya no recordaba haber tenido. La otra foto...
La otra foto era de alguien que ya no estaba.
Alguien que lo había dejado.
Alguien que había prometido quedarse para siempre y que se había ido de la peor manera posible.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del metal, sintiendo cómo se clavaba en su palma.
Este collar había sido un regalo. Un símbolo. Una promesa que se rompió hace años y que él había cargado como una cadena invisible, como un recordatorio constante de que nada bueno duraba para siempre.
Caminó de vuelta al balcón. El viento seguía soplando, más fuerte ahora. O tal vez siempre había sido así de fuerte y él recién lo notaba.
Miró el collar una última vez. Luego, con un movimiento rápido, lo lanzó al vacío.
Lo vio caer. Girar en el aire. Desaparecer en la oscuridad.
Como debería desaparecer él.
Pero no así. No de esa forma.
Había una manera mejor. Más limpia. Menos traumática para su familia.
Volvió a entrar en la suite y buscó su chaqueta nuevamente. En el otro bolsillo, envuelto en una servilleta de papel, estaba lo que necesitaba.
Pastillas.
No recordaba exactamente cuándo las había conseguido. Tal vez su dealer se las había dado gratis la última vez. Tal vez las había comprado él mismo en uno de esos momentos de lucidez oscura en los que sabía, en el fondo, que algún día llegaría a esto.
Las contó. Suficientes. Más que suficientes.
Combinadas con todo el alcohol que había en su sistema, serían más que efectivas.
Mejor así.
Mejor esto que traumatizar a su amigo con la imagen de su cuerpo estrellado contra el pavimento. Mejor que su familia lo encontrara dormido, en paz, como si simplemente se hubiera ido en sueños.
Una mentira piadosa. Un último acto de amor hacia las personas que alguna vez le importaron.
Se sentó en el sofá, con las pastillas en una mano y la botella en la otra.
—Lo siento —murmuró al vacío—. Lo siento mucho.
Y una por una, comenzó a tragarlas.
El sabor amargo se mezclaba con el whisky. Su garganta protestaba, pero él seguía adelante. Una tras otra. Hasta que no quedó ninguna.
Dejó caer la botella. El vidrio se hizo añicos contra el suelo, pero el sonido llegó distorsionado a sus oídos.
Todo comenzaba a hacerse borroso.
El techo daba vueltas. Las sombras se movían como entidades vivas.
Se recostó en el sofá, sintiendo cómo su cuerpo se volvía pesado, como si lo estuvieran hundiendo en arenas movedizas.
El dolor en su pecho comenzaba a desvanecerse.
Finalmente.
Finalmente iba a terminar.
Sus párpados se cerraron lentamente. Una última lágrima rodó por su mejilla.
Y luego, nada.
3:58 a.m.
La puerta de la suite explotó hacia adentro con un golpe violento. Un joven entró corriendo, con el rostro pálido y los ojos desorbitados por el pánico.
—¡No, no, no, no! —gritó al ver el cuerpo inmóvil en el sofá.
Se arrojó a su lado, sacudiéndolo con desesperación.
—¡Despierta! ¡Vamos, hermano, despierta!
Nada.
Vio las pastillas vacías. La botella rota. El charco de whisky mezclado con vidrios.
—¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes dejarme!
Con manos temblorosas, sacó su teléfono y marcó emergencias.
—Necesito una ambulancia. ¡Ahora! Hotel Paramount, suite 2304. Mi amigo... creo que tomó... no respira... ¡por favor, apúrense!
Se arrodilló junto al cuerpo, presionando su pecho, intentando lo que fuera para traerlo de vuelta.
Pero mientras las sirenas comenzaban a escucharse a lo lejos, un terrible pensamiento atravesó su mente:
Tal vez ya era demasiado tarde.