Capítulo 3

3929 Palabras
Dormir en el suelo definitivamente no es una buena idea. Despierto adolorida del cuello y la espalda, al levantarme, casi puedo jurar que oigo mis huesos crujir. Hoy más que nunca me siento vacía y perdida, como si los recuerdos de Dylan y Amber se hubieran llevado consigo todo dentro de mí.  Siento los ojos hinchados a pesar de no haber llorado anoche, supongo que es porque traté de sacar lágrimas que no tenía. Me encamino al baño desganada, me deshago de toda la ropa que tengo encima y sin ningún miramiento entro a la ducha. Mi cuerpo parece pesar el doble de lo que en realidad pesa, y cada parte de él batalla con mi cerebro que solo quiere recostarse y llorar de nuevo. Creo que en cualquier momento me desmoronaré. No sé qué hacer de mi vida y menos ahora que tengo otra vida en mis manos, no estoy segura de poder ser una buena madre para ese pequeño ser que ahora necesita de todos mis cuidados. Tal vez mamá tenía razón, tal vez no estoy lista para cuidar de un bebé. No puedo dejar de pensar en el pequeño. ¿Estará bien? Hay muchos más bebés a los que se debe cuidar en el hospital, ¿lo atenderán adecuadamente? Nada me ha hecho pensar lo contrario, pero es verdad que no he estado en el hospital el tiempo suficiente como para ver como lo tratan todas las enfermeras.  Estoy angustiada, creo que no he hecho nada bien con él, por un momento siento que debería faltar al trabajo por ir a estar con él en el hospital, pero de nada me servirá eso si me descuentan el día y no puedo hablar con la directora para ver mi situación. Me siento vacía, sin ganas de nada, siento una presión enorme en mi pecho, pero no en el corazón como creí que debía ser, sino en los pulmones. Ahora que lo pienso, no es un vacío, más bien es lo contrario, siento que mi pecho está tan lleno que no me deja respirar, tan lleno que en algún momento va a estallar como un globo. Pero más allá de esa presión en el pecho, me siento sola. Dylan era todo lo que tenía y se ha ido. Él me hacía sentirme querida y deseada, me hacía querer seguir adelante a pesar de saber que lo nuestro no tenía un gran futuro, él me daba razones para seguir luchando día a día contra cualquier obstáculo que se me presentara. Él me hacía querer vivir. Incluso en los meses después de su boda, cuando todo terminó, había una parte de mí que esperaba su regreso, y esa esperanza fue la que me mantuvo en pie hasta ahora. Y ya no está. No creo haberlo asimilado aún, es decir, murió hace menos de dos días, no puedo simplemente aceptar que se haya ido y me haya dejado. No puedo creerlo, no quiero hacerlo.  Y me es aún más difícil porque estoy acostumbrada a que no esté, a verlo un día y que desaparezca una semana, para después tocar un día cualquiera a mi puerta sin aviso alguno. Pero ya no habrá más de esos días. Esta vez no volverá. Quiero tenerlo de nuevo a mi lado con sus comentarios indecentes y sus manos traviesas. Quiero que regrese a mí para abrazarlo una última vez, para besarlo y decirle que lo amo a pesar de saber que no tendré respuesta. Pero así no funcionan las cosas. Así no es como debía de ser. Casi sin darme cuenta me baño y cuando menos lo espero ya estoy en bata frente al armario. Abro el cajón de la ropa interior y mi pecho se oprime más al darme cuenta de que gran parte del contenido de ese cajón me lo regaló Dylan. Tomo un conjunto y siento como si tuviera espinas en lugar de encaje, pero aun así me lo coloco y busco entre la ropa acomodada y perfectamente planchada. Suelo guardar conjuntos premeditados para el trabajo y hoy más que nunca agradezco haber desarrollado ese hábito, tomo uno de esos conjuntos y me lo pongo como si fuera un robot, al terminar me dirijo al espejo detrás de la puerta y en el camino tomo mi cosmetiquera. La persona de pie en el espejo no soy yo, o más bien es una versión diferente de mí. Me veo... apagada. Sin vida. Y en este momento, no me interesa. Me maquillo como todos los días, es parte de mi rutina así que casi puedo hacerlo con los ojos cerrados. Delineador, mascara, rubor y labial. Peino mi cabello y lo sujeto con algunos pasadores liberando mis orejas. Listo. Con movimientos programados me dirijo al zapatero y tomo unas balerinas negras. Con el dolor de cuello y de espalda, ni loca me pongo zapatos altos. Tomo mi bolso de la mesa y mi portafolio en donde guardo mi laptop y todo lo que necesito para el Instituto. Recojo las llaves del suelo, del bolso de ayer saco la carta de Amber para simplemente hacerlo a un lado y salgo lo más rápido que puedo. No quiero seguir ahí adentro, encerrada entre los recuerdos. Para alejar mi mente de Dylan, cuento los pasos hasta llegar a la parada del camión y luego los segundos hasta que el camión se le da la gana pasar. Está lleno.  Me toca ir de pie hasta el Instituto, por lo que al bajar, también me duelen los pies y a eso se le suma un reciente dolor de cabeza. Mi humor no es el mejor y creo que mi cara lo refleja, ya que al pasar frente a las personas, me miran durante un momento y luego enfocan su vista en cualquier cosa lejos de mí. Lo entiendo, a nadie le gusta ver tristeza tan temprano. Durante todo el camino traté de ignorar la necesidad de bajar y tomar el autobús de regreso a casa. Necesito algo de normalidad. Cruzo una avenida para llegar al Instituto y logro divisar a algunos alumnos alrededor del perímetro del mismo fumando o simplemente charlando. Camino junto a ellos sin detenerme y al igual que toda la gente, me miran y se hacen a un lado. Paso mi credencial por el identificador en la entrada y en cuanto oigo el pitido entro a las instalaciones directo a la sala de maestros. Máximo doy tres clases diarias, por lo que mi contrato no incluía una oficina. Generalmente no me molesta ver a los demás profesores, pero hoy preferiría no tener que hacerlo. No quiero escuchar sus palabras de consuelo. Sé perfectamente que no soy de los profesores favoritos de los alumnos, sino todo lo contrario, me aborrecen y desearían tenerme fuera de sus vidas, así que presiento que hoy más que nunca querrán haberse inscrito en otro grupo. Y para rematar, doy clases de nada más y nada menos que matemáticas y economía. En la sala de maestros me encamino a mi casilla ignorando a todos mis compañeros docentes, saco un termo del interior de mi casilla y guardo ahí todo lo que no ocuparé hoy, algunas pruebas, trabajos y material. Cierro la casilla con un poco mas de fuerza de la necesaria y, aunque estoy segura de que todos lo escucharon, agradezco que todos finjan ignorarlo e ignorarme. Voy hacia la cafetera y después de servirme un café decente salgo para dirigirme al salón donde daré clase hoy. Está vacío, por lo que decido aprovechar ese margen de tiempo para prepararme mentalmente para no torturar demasiado a mis alumnos. En eso estoy cuando escucho ruido proveniente del pasillo: gritos, empujones, golpes contra las casillas y risas que aumentan mi dolor de cabeza, segundos después, los alumnos comienzan a entrar de manera ruidosa y desordenada. Casi nadie nota mi presencia y los pocos que lo hacen me saludan con un tenue: "Buenos días" que yo respondo sin humor. Dejo pasar cinco minutos para cerrar la puerta del aula de nuevo con más fuerza de la necesaria, haciendo que todos se callen y me miren. Puedo ver como se dan cuenta de que hoy no es mi mejor día, así que, por consiguiente, no será el suyo y no puedo negarlo, eso me divierte un poco. No les sonrío, simplemente los miró a todos, sé que hay algunos que no pertenecen a este salón, los hago marcharse. Nadie habla ni hace ruido, lo cual agradezco con toda el alma. Les deseo buenos días pero estoy segura que por mi tono de voz supieron que no iban a ser nada buenos. *** Cuatro horas después, me encuentro en la avenida haciendo tiempo para que pase Evan. Mi última clase termina a las once, pero siempre salgo once y media porque me entretengo haciendo cualquier cosa, hoy por ejemplo, me quedé a revisar exámenes, pero como no los terminé los guardé en mi portafolio para terminarlos en mi casa. Los alumnos con los que tuve clase hoy me lanzan miradas fulminantes y cuchichean entre ellos, pero puedo escuchar a uno que otro asegurando que mi humor se debe a que "no me dieron" anoche.  La escuela permite que los alumnos entren y salgan a su antojo, así que muchos toman los recesos para salir a fumar o a comer en la avenida, ocasionando que haya demasiada gente amotinada aquí afuera. Minutos después veo venir el auto de Evan que se detiene dejando la puerta del copiloto justo frente a mí. Me doy cuenta de que los alumnos a mi alrededor han dejado de lado sus conversaciones y voltean a ver al auto de Evan, sé que no es el auto lo que les da curiosidad, si no saber quién viene por su profesora menos querida. Antes de que pueda abrir la puerta, Evan sale del asiento del conductor y oigo una exclamación de una alumna junto a mí. Evan viste un traje color azul oscuro, con un pañuelo rojo a juego con su corbata y una camisa blanca, su cabello n***o y ondulado se encuentra alborotado, sus ojos verdes resaltan incluso desde la distancia. Ruedo los ojos al escuchar los comentarios de las chicas detrás de mi. Evan me sonríe y yo hago un intento fallido de sonrisa. Abre la puerta del copiloto para mí, me monto en el auto y cierra la puerta, al mirar por la ventanilla veo  muchas caras curiosas entre el alumnado, mas que nada debido a su sed de cotilleo. Debí decirle que me esperara unas calles antes. —Buenos días, Dominique —dice en cuanto se sube a su asiento. —Buenos días, Evan — contesto sin realmente sentir que sean buenos. Arruga un poco la nariz ante mi tono de voz pero lo deja pasar y conduce tranquilamente por la ciudad. Luego de un rato de silencio me mira de reojo y suspira. —¿Qué te sucede? —pregunta en voz baja. Lo miro con mi mejor cara de: "¿es en serio?" y me cruzo de brazos. —Nada que afecte tu pago, tranquilo. La molestia en mi voz es muy clara y provoca que frunza el ceño, incluso a mí me sorprende lo que acabo decir. Mis mejillas empiezan a arder y me quiero hundir en el asiento, que me duela la cabeza, y haya tenido un mal día no es su culpa. Luego de un momento se orilla en una calle y apaga el auto.  —Estás molesta. Bufo y me cruzo de brazos mirando al frente en todo momento, pero me doy cuenta de que no estoy molesta, más bien estoy triste o no sé, tengo sentimientos encontrados y de pronto me entran las ganas de llorar. —No —le respondo con la voz quebrada. Suspira pasándose una mano por el cabello, me mira con los labios fruncidos como si quisiera decir algo pero no supiera qué. —No puedes ir así a la corte. Eso es todo lo que puedo soportar. Estallo en llanto como si hubiera roto la capa que les impedía a mis lágrimas caer. Escondo la cara entre mis manos y sollozo como niña pequeña. —No, claro que no —sollozo —. Tengo que esconder lo que siento y fingir que todo está perfecto. Tengo que hacerle creer a un juez que soy perfectamente capaz de cuidar de un niño a pesar de que no me preparé para ello —me limpio las mejillas con las manos pero mis lágrimas siguen cayendo —. Tengo que superar que mi hermana no está, que no luchó para quedarse a mi lado, que se fue sin más, sin luchar por su bebé, sin mencionar que seguramente mi madre querrá quitarme lo único que me dejó... Sigo llorando durante unos minutos, sin importarme que me vea patética, pero tenía que sacarlo, tenía que ser escuchada. Siento su mano en mi espalda, la mueve de arriba abajo tratando de calmarme y de transmitirme apoyo, pero yo sigo llorando como si con eso fuera a regresar a Amber y a Dylan de la muerte, como si fuera a solucionarlo todo. —¿Eso es todo? —su voz es calmada y tranquila, pero yo lo miro dolida —No me malentiendas, deseo que te desahogues, y quiero saber si hay algo más que te tenga mal. Las lágrimas dejan de salir lentamente, así que para cuando acaba de hablar solo sorbo por la nariz y asiento. Cuando hablo mi voz esta tan rota que apenas la reconozco. —Me dormí en el suelo y me duele mi cuello y mi espalda. Tengo jaqueca y creo que mi pecho va a explotar. Me sonríe tranquilizadoramente para luego inclinarse sobre el asiento y abrir la guantera, de ella saca una botella de agua y me la da. No tenía idea de cuanta sed tenía hasta que el agua tocó mi boca. Tomo trago tras trago, hasta que vuelvo a sentirme como una persona por completo —¿Mejor? —pregunta despacio. —Sí, mucho —le contesto con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del asiento —. Gracias. —No hay de qué —siento el auto vibrar y luego como avanza por las calles. Abro los ojos y me siento mejor, no bien, pero si mejor. La presión sigue ahí pero ahora ya no es acompañada por mi garganta seca e incluso los dolores musculares no me parecen tan fuertes ahora. No pasa mucho tiempo antes de que entre a un estacionamiento y se acomode un lugar cerca de las puertas. Es obvio que hemos llegado a la corte y estoy nerviosa. Apaga el coche y voltea a verme. —Tranquila, ¿vale?, tienes todo para que te otorguen la custodia. Asiento a pesar de sentir como si fuera a desmayar de los nervios. Se baja del auto, le da la vuelta, pero yo abro la puerta antes de que él pueda hacerlo. Le sonrío forzadamente y me bajo tomando mi portafolio, cierro la puerta mientras él abre la trasera para sacar de ahí su propio portafolio. Se encamina a las puertas del establecimiento con paso tranquilo y confiado. Está en su hábitat. Lo sigo a unos pocos pasos detrás de él y cuando sube las escaleras tengo que correr para alcanzarlo, él está acostumbrado a todas estas escaleras, pero yo no. Las puertas son automáticas así que se abren y él se detiene para dejarme pasar. Entro y noto que el ambiente ahí adentro es muy frío y sobrio, todo está pintado en gamas de grises y las personas que recorren los pasillos están serias. Evan me guía por lo que para mí es un intrincado laberinto hasta una oficina en la que se lee: Juez July Parker. Toca la puerta y unos segundos después se escucha un quedo: 'adelante', por lo que abre la puerta y de nuevo, me deja pasar primero. Es una oficina sencilla y poco decorada, al fondo está el escritorio y detrás de él se ve a una mujer de complexión delgada, con el cabello n***o corto y la piel morena. Frente al escritorio hay dos sillas, una de las cuales Evan retira para que me siente y luego se sienta  él en la otra. No puedo evitar pensar que aunque es muy amable, me incomoda un poco tanta caballerosidad. —Justo a tiempo, señor Cooper. Su voz es severa pero a la vez melodiosa. Evan le sonríe. —Me gusta la puntualidad. La juez le sonríe cariñosamente pero enseguida vuelve a su semblante serio. —Bueno, ahora a lo que nos compete. ¿En qué les ayudo? Enseguida Evan se pone más derecho y me mira. —¿Me prestas la hoja, Dominique? Me sobresalto un poco al oírlo llamarme, pero me inclino hacia mi bolso y de él  saco la hoja que me dio la enfermera Layla. Le he puesto en un protector de acetato que me encontré en la escuela. Se la doy a Evan y él se la entrega a la juez. Dejamos que ella lea la hoja mientras mis manos empiezan a sudar de nervios. —¿Hace cuánto murió Amber? -pregunta en cuanto acaba de leer. —Dos días — contesta Evan. Se sienten como una eternidad. Dos días en los que me convertí en madre, perdí a mi hermana, probablemente a mi madre y si no consigo esto, también al bebé. Mientras ellos hablan otro poco, me pierdo en todo lo que debería hacer. Tengo que adaptar mis hábitos y mi hogar, no puedo seguir fumando, ni aunque esté estresada, también debería considerar si podré mantener mi trabajo en la escuela, si a él le sumamos mi trabajo en la compañía y el tiempo que tendré que dedicarle a Matthew... —Pues no hay mucho que decir - la voz de la juez me devuelve a la tierra, su mirada está puesta en la carta, pero veo a Evan por el rabillo del ojo mirándome a mi —. Esto es lo más cercano a un testamento que hay así que la pasaré con un perito y les daré el resultado en unas horas, necesitaré algunos papeles tuyos, ya que estamos tratando con un trámite parecido a una adopción, se los pediré a Evan cuando tenga la respuesta del perito y nos veremos después. ¿Eso era todo? Gran parte de mi preocupación yacía en el papel de custodia y me parecía que era un trámite demasiado sencillo, como para que fuera todo.  —También tengo esto —dice Evan sacando una hoja de su propio portafolio y entregándosela a la juez —. Es una carta donde los padres de Dylan Tommilson  aprueban que Dominique se quede con todas las pertenencias de su hijo con la condición de que se les permita visitar al bebé. La juez lee el documento con las cejas enarcadas al igual que yo. ¿En qué momento visitó a los padres de Dylan? Estoy segura de que debió consultarlo conmigo antes de hacerlo, yo no quiero ni necesito nada que venga de él. —Impecable, señor Cooper. También pasará por el perito y confirmaremos con los padres del difunto. Le llamaré en unas horas. —Gracias por su tiempo, Juez Parker. Se levanta y yo lo imito aún algo contrariada, no puedo negar que estoy molesta por la carta de los Tommilson. Salimos de la oficina y lo dejo guiarme por la corte hasta la salida y luego a su auto, antes de que puda abrir la puerta para mi, me adeanto y me subo ignorandolo. Cuando sube, pasa el portafolio al asiento trasero y se acomoda para ponerse el cinturón de seguridad. —Fue una visita bastante rápida — comento.  Él sonríe y enciende el auto. —Si, pero así son estas cosas. Unas son rápidas y otras tardan años. Tuviste suerte de que Amber pensara en hacer esa carta antes de morir. Asiento, aunque no puedo evitar dirigir mi pensamiento a la suerte que hubiera sido que siguiera viva. —Y... ¿cuándo viste a los padres de Dylan? La pregunta lo incomoda un poco, pero responde. —Esta mañana. Ayer les llamé. Tenía que hacerlo. Asiento. A pesar de estar contrariada por eso, lo dejo pasar, no sirve de nada enfadarme ahora, aunque si le comento en voz baja: —Me hubiera gustado que me consultaras antes. Asiente, con las mejillas encendidas y responde algo que suena a "entiendo" —¿Y qué procede? —pregunto para evitar un silencio incómodo —Esperar. Asiento de nuevo, aunque ya sabía la respuesta y volteo hacia la ventanilla. Luego de unos minutos él comienza a tararear una canción. En realidad no estoy viendo el paisaje fuera del auto, mi mente sigue haciendo una lista de cosas que debería hacer y cambiar, así que tardo un poco mas de lo necesario en darme cuenta que no vamos camino a mi casa. —¿A dónde vamos? —A comer – me contesta como si fuera lo más obvio del mundo. —No tengo demasiado dinero. —¿Es un chiste no? Ayer en la tarde vi tu estado de cuenta en el banco y cuando lo hice casi me pongo a beber por lo miserable de mi vida. Ruedo los ojos intentando ocultar el sonrojo en mis mejillas. —Me refiero a que no traigo dinero conmigo — aclaro volteando a la ventana. —No importa, yo invito. Se detiene en un restaurante algo elegante y no puedo evitar sentirme incomoda ya que no estoy vestida para un sitio así, pero nadie parece notarlo. En el transcurso de la comida me pregunta cosas sobre mi trabajo y mi estilo de vida que anota en su laptop. Comemos tranquilamente y casi al finalizar el postre su teléfono suena. Se levanta para contestar y yo me quedo mirando su silla vacía al no tener nada mejor que hacer. A mi mente llega sin permiso el día que Dylan me llevo a cenar poco antes de su boda. Casi puedo verlo sentado frente a mí, con su cabello ondulado despeinado, su camisa abierta... y esa sonrisa... la sonrisa que prometía problemas y que me tenía encandilada. Casi puedo oler su colonia llegar a mis fosas nasales y oír su risa. Casi puedo verlo inclinarse hacia mí y decirme que soy lo más perfecto que haya creado el universo. Ese día me confesó que mi hermana no quería tener sexo hasta la boda y que ni siquiera lo dejaba tocarla de más. En las noches dormían en la misma cama pero en lados opuestos y eso lo enfadaba. Mi hermana llevaba el celibato tatuado en cada poro de su piel y yo... creo que no es necesario hablar de mí. Entonces Evan se sienta de nuevo y me hace salir de mi pequeña nube. Esta sonriente por lo que enarco ambas cejas en busca de una explicación para su deslumbrante sonrisa. —Era la juez Parker —dice sin dejar de sonreír —. Y es mi deber como tu abogado informarte que los escritos están en camino a mi oficina y que el dinero te será depositado dentro de las veinticuatro horas procedentes a la entrega de documentos. Felicidades. Abro los ojos y la boca como estúpida. No lo creo. —Eso quiere decir qué... —Si. Pasaremos a tu cas por los documentos y luego de nuevo a la corte, te harán firmar algunas cosas y  de ahí podemos recoger al pequeño Matt en el hospital. Ya casi eres legalmente su madre.
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