QUINTUS

2247 Palabras
“Se dice que nuestro enemigo es nuestro mejor maestro. Al estar con un maestro, podemos aprender la importancia de la paciencia, el control y la tolerancia, pero no tenemos oportunidad real de practicarla. La verdadera práctica surge al encontrarnos con un enemigo” Dalai Lama Retomé la lectura del caballero de la triste figura con otros ojos, otra mirada, desentrañando los significados aplicables a mi realidad, los cuales eran casi todos a decir verdad, a cada línea me veía regresando a Liber para empuñar las armas y liderar la lucha, comenzaron a tomar significado los reproches de Luc cada vez que trataba de entrenarme, y de pronto me encontré haciendo un compromiso interno con el universo de “tomar al toro por las astas” y hacer mi mejor intento. No quería seguirme sintiendo como una pesada carga, una muy difícil de llevar, ya era duro para él haber traicionado la confianza de Max, haberse enamorado de mí, ver morir a su primo y además tener que asumir un lugar en Meridiem que nunca pidió, tener que verle la cara a su tío y saber que de alguna manera estaba usurpando el lugar del príncipe heredero, los Aquila habían perdido a sus dos hijos, y ahora su sobrino tomaba el lugar del heredero, Lucio no sabía ya cómo vivir con eso. Ya me lo había dicho. -No sé cómo soportar la mirada de mi tía, es tan… ¡Tan doloroso! -Me había dicho con lágrimas en los ojos la última vez que estuve en Meridiem –Y mi tío… saber que ya no lo heredará uno de sus hijos lo ha llevado casi a la locura, me preocupa que se sepa su estado y que los feudos fuertes quieran levantarse, ¡Si eso sucede no habrá forma de salvar a nuestro mundo, una tierra dividida no prevalece! Luc tenía toda la razón, Aurelio también había notado los mismos síntomas en el Norte, había sospechas de levantamientos por parte de algunas de las casas nobles, no a todos les hacía gracia su repentino regreso, pero en el Norte era comprensible, sin embargo, en el Sur, no, no había razón lógica para una rebelión, Rómulo había muerto en batalla, Máximo también, Luc, aún luchaba con todas sus fuerza ¿Qué rayos estaba pasando? A todo esto se le sumaba que los seres mágicos no estaban tomando partido, se mantenían al margen, Dagda, por ejemplo, prefería permanecer a resguardo en su ostentoso palacio de Haeream Silvae sin mover un solo dedo para proteger a Liber, quizás esperaba que los hombres y los Oscuros se mataran primero entre ellos para luego obtener las tierras del Norte y el Sur, y marchar contra lo que quedara de los Oscuros después de la guerra, quien sabe, quien puede entender los pensamientos retorcidos de las hadas… bueno, a la muestra está, no soy capaz de entender ni los míos propios. Pasé la semana haciendo acopio de toda mi fuerza interna, intentando no desmoronarme pensando en lo terrible que era para empuñar un arma, cada vez que levantaba la pesada hoja metálica casi me iba de bruces, una cosa era verla en las manos diestras de Luc y otra muy distinta tenerla en mis blandengues manos, era absurdo pensar que alguien con mi fisionomía pudiera blandir una espada de ese tamaño, era para mí más peligroso intentar levantarla que enfrentarme a un Oscuro, seguro moriría primero a causa de caer sobre mi propia hoja antes de que el otro me atacara, así que estuve pensando en otras opciones, quizás hubiera otra cosa que pudiera aprender a manejar lo suficientemente bien como para evitar que me mataran a la primera, tendría que plantearle la idea a Luc él sabía mucho de armas, de seguro se le ocurriría algo viable. En estas cavilaciones me encontraba con la mirada perdida sobre las páginas de un compendio de literatura hispanoamericana cuando Adriana, la pesada de mi clase, dejó caer sobre mi mesa un pesado Vox Latín-Español sacándome de sobresalto de mi ensimismamiento, reboté en la silla por la impresión, he tenido los nervios a flor de piel desde que todo comenzó; la chica rio por lo bajo y se sentó frente a mí clavando su mirada gélida sobre la mía. -¿Qué haces? –Dijo echando hacia atrás un riso dorado de su largo cabello. -Estudiar –Contesté en tono neutral. -Eso es obvio –Entornando los ojos -Me refiero a tu actitud últimamente. -No te entiendo –Tratando de no darle mucha importancia, además… ¿Desde cuándo Adriana era mi amiga como para hacerme preguntas personales y sobre mi actitud, o sentimientos o lo que fuera? Seguí hojeando el libro como si ella no estuviera presente. -¡No te hagas la que no entiendes!, has estado muy rara desde hace semanas, además, desde que estás tan cambiada han estado pasando cosas… -Apartando en libro de mis manos y poniéndolo a un lado para asegurarse de que le viera la cara. -¿Qué cosas? –Lancé mirándola directamente a los ojos y retomando el libro con seguridad. -Cosas cómo que Máximo no ha vuelto a la Facultad, y… Damian tampoco. -Ah, eso… -Suspire fastidiada, una guerra había estallado, toda mi vida había cambiado, mi mundo estaba al borde del abismo, mi padre… que no era mi padre, ya no vivía conmigo, mi mejor amiga ahora podría convertirse en mi tía política y… Max había muerto, ¿Y a ésta solo le importaba no tener hombres guapos rendidos a sus pies? - ¿Qué es lo que quieres Adriana?, porque en este momento estoy en serio ocupada –Moviendo mi libro de un lado a otro. -Quiero saber por qué Max te eligió a ti, no tienes nada de especial, eres… tan corriente –Soltando la última frase como si fuera lo más evidente del mundo- ¡Y también por qué mi novio estaba tan interesado en ti, y ambos desaparecieron así de repente! -No puede ser… -Poniendo cara de burla y gravedad al mismo tiempo- ¿Damian te dejó y no se despidió? -¡No te burles de mí! –Subiendo su tono en una octava. -Shisssssssssssssss –Se escuchó a lo largo de la sala de referencias, y algunas miradas de desaprobación se clavaron en nuestra mesa. -¡Baja la voz! –Le increpé- ¡Vas a hacer que nos saquen y tengo mucho que leer todavía! -Necesito saber qué es lo que está pasando –Casi rogó, me tomó por sorpresa, nunca me imaginé a Adriana rogándole a nadie, y menos a mí. -No puedo decírtelo… no lo vas a entender, es más, nunca lo creerías. -Creo que estoy suficientemente grande como para entender qué fue lo que sucedió entre ustedes tres –Prosiguió enojada cruzándose de brazos. -¡Esto no!, es… diferente, en serio no me vas a creer, además no puedo decírtelo. -Mira… voy a ser sincera contigo… ambos querían que los ayudara con algo, aunque ninguno de los dos sabía que el otro me había pedido lo mismo, la cosa es que me metí en problemas serios por ese asunto. Recordé que Max había dicho algo sobre la verdadera razón de haberse acercado a Adriana, me llevé instintivamente la mano al medallón que pendía de mi cuello por debajo de mi blusa, sintiendo un ligero cosquilleo y de pronto me di cuenta de que no era normal esa sensación a menos de que otro de los medallones estuviera cerca, así que escaneé rápidamente con la vista todo el lugar mientras ella aumentaba su nerviosismo y miraba en la dirección que yo sin saber exactamente qué buscar. -Puedes decirme ¿Por qué estás mirando a todos lados como si padecieras un delirio de persecución? -Dime una cosa… ¿Ese problema en el que te metiste tiene que ver con algo como esto? –Sacando el medallón de mi camisa. La chica dejó caer la mandíbula y alargó su mano lentamente para tocarlo. -¡Es impresionante! –Dijo admirando la perfecta pieza de orfebrería- Es hermoso… y casi idéntico al otro, si no fuera por el tipo de piedra y el grabado… -Fuiste tú quién le dio el otro medallón a Damian… –Por supuesto, siempre lo había sabido, solo lo estaba confirmando, por eso Max se había acercado tanto a ella en algún momento, y por eso Damian la había conquistado. Quizás si no me hubiera comportado como lo hice, Adriana le habría dado el medallón a Max, las cosas serían distintas y él ahora estaría vivo. No puede evitar sentirme fatal, estúpida, culpable, yo y mis estúpidos celos… una punzada me atravesó el corazón, y no pude disimularlo, una lágrima furtiva escapó de mis ojos. -No te pongas sentimental, eso no va conmigo –Por favor, no necesitaba decirme que los sentimientos no eran lo suyo, de eso podía darse cuenta cualquiera que pasara cinco minutos con ella - ¿Cómo sabes que había otro medallón? –Preguntó abriendo tamaños ojos. -Nunca debiste hacerlo, do debiste darle el medallón a ese monstruo, no sabes todo lo que eso desató –Con un hilo de voz, intentando compartir la culpa con ella. -¿Por qué tienes uno tan parecido? Esa clase de joyas ya no se hacen, son raras, antiguas y valiosas, mi papá cree que pertenecieron a la nobleza o algo así –Escudriñándolo con cuidado. -Son joyas de familia, esta le ha pertenecido a la mi familia durante siglos, y la otra… ¡La otra debías dársela a Max nunca al Oscuro de Damian! –Escupiéndole la última frase con rabia. -¡A ninguno de los dos!, no sabes en el problema en el que estoy metida por esto, mi papá sabe que el colgante ya no está en la joyería, y sospecha de mí –Visiblemente alterada. -¡No puedo entender por qué! –Contesté con un deje de ironía quería que ella también se sintiera mal, sería mi pequeña venganza. -En serio, necesito que me ayudes a recuperarlo –Rogó de nuevo. -No puedo, no sé dónde está, y si lo supiera no podría dártelo no tienes idea de lo importante que es para mucha gente –Levantándome de la silla para irme mientras guardaba en mi blusa de nuevo el colgante. -¡Espera! –Tomándome del brazo- ¿Y yo que hago? -Asume tu responsabilidad –Solté mi brazo de su agarre y me dirigí a la salida. Iba molesta, realmente molesta, en todo este tiempo no había pensado en Adriana y en su parte de la culpa en toda esta historia, ella se había dejado engañar por Damian, ella por estar de picaflor le había dado la joya a ese maldito traidor y por su culpa no había tenido en sus manos el medallón del pueblo feérico durante la batalla, estaba segura que otra sería la historia, y Max seguramente estaría vivo. Sentí una furia que me consumía, no era yo, era como una nueva parte de mí ser que despertaba, como si otra Zoe quisiera tomar el control de mí. Quise devolverle y hacerle daño, mucho daño, maquiné en mi mente varias formas de tortura, una pero que la otra y cuando me di cuenta ya estaba de regreso en las escaleras del edificio rumbo de regreso hacia la sala de referencias en donde todavía se encontraba la rubia. A medio pasillo tropecé con Johana, que me miró con expresión asustada como si hubiera visto a un demonio. -¿Zoe?, amiga… ¿Qué te pasa? –El rostro de mi amiga había perdido el color al verme. -Nada, voy por Adriana. -Zoe… ¡Zoe no! –Johana me tomó del brazo pero sin saber cómo mi reacción involuntaria fue lanzarla unos dos metros lejos de mí contra la pared en un arranque de furia. Caminé otros dos o tres pasos y caí en la cuenta de que acababa de mandar a volar a Johana, a mi mejor amiga, me giré para verla tirada en el piso sujetándose el brazo lastimado y asustada por mi reacción. Sus ojos reflejaban un extraño temor que nunca había visto en ellos y menos al mirarme. -Perdón… perdóname Johana no… no sé qué me paso!, ¿Te juro que no sé qué me pasa, no sé por qué me siento así! –Corriendo a tratar de ayudarla a ponerse de nuevo en pie, sus ojos todavía seguían mirando con miedo -¿Por qué me ves así? -Estás diferente… eres como… no sé, como una diosa terrible, un ser diferente… no eres tú… -No te entiendo –Tirando con firmeza de su mano para levantarla. La morena se incorporó por completo sin dejar de mirarme. -No me asustes Johana, ¿Qué tengo? -No me asustes tú, déjame verte mejor… ya… eres tú de nuevo. -¿Cómo de nuevo? -Pues hace un momento no eras tú, tus ojos brillaban como dos llamas azules, tu cabello se arremolinó como si tuviera vida propia y una luz azul te envolvía toda como una antorcha humana… sin mencionar eso… -señalando mi espalda… -Dos majestuosas alas de hada estaban todavía pegadas a mi espalda. -¡No!, ¡Eso no! –Corrí hacia el baño de damas para verme al espejo, mi aspecto comenzaba a mejorar, volvía a ser yo misma, pero las benditas alas no desaparecían – ¡Johana ayúdame!, ¿Qué hago?, ¿Cómo diantres me quito esto?, no puedo salir así.
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