“La lealtad se basa en el respeto, y el respeto es fruto del amor.”
Paulo Coelho
La guerra arreciaba, los Oscuros ganaban terreno, parajes que no habían sido tocados por la espesa bruma ahora no veían la luz del sol ni la frescura de sus campos, el hedor característico de la espesa niebla que delataba su presencia se adueñaba de los límites del Sur, y en las aldeas la gente huía de prisa ante el peligro latente, hubo quienes se rehusaron a correr, quienes no quisieron salir como ratas despavoridas y esperaron, de ellos jamás se supo de nuevo, simplemente no era posible que un puñado de labriegos armados solo con herramientas de trabajo les hicieran frente. La situación era grave, mantenía en vilo desde hacía semanas a los Feudos, el mismo Rey del Norte había pedido a todos los representantes de las casas principales su apoyo sus mesnadas no eran suficientes para la batalla que se acercaba.
Pero a pesar de que ambos reinos, el Norte y el Sur, habían sumado fuerzas, y de que ahora Septemtrionem estaba mejor organizado, desde el regreso de Aurelio las cosas no estaban saliendo del todo bien para Liber. Las legiones feéricas aún no se sumaban a la guerra por temor a ser vencidas, y su magia seguía debilitándose, mientras las traiciones y el odio entre las razas persistiera se haría muy difícil que el reino Feerico tomara su lugar en la batalla.
Los hombres estaban cansados, y los rumores y la desconfianza en sus líderes pululaban en los comentarios a baja voz. Octavio no era el único con nuevos resentimientos hacia su Rey, al parecer, alguien más se estaba encargando de enlodar el buen nombre de la casa de León.
Aurelio hacía lo posible por juntar a los Nobles de nuevo, muchos de aquellos que mantuvieron buenas relaciones con Abelardo vieron con buenos ojos que su hermano estuviera de regreso en el Norte, pero él había pasado mucho tiempo del otro lado, y los más cercanos cayeron en batalla defendiendo sus tierras y fueron sucedidos por hombres que ni siquiera conocieron al rey, y no había ningún tipo de lazo que los uniera a él salvo el de sentir que había llegado para apropiarse del poder por el que no había peleado.
La fortaleza del Norte aún estaba en reconstrucción, tantos siglos de desidia había pasado facturas costosas a las edificaciones de piedra mileniales que había soportado el paso de las eras en pie hasta que llegaron los Oscuros con sus bestias aladas escupe fuego. Había mucho todavía por resolver, mucho por reparar, el puñado de hombres que había regresado al castillo se arremangaba las mangas con Aurelio para la faena larga y agotadora. Aurelio se ganaba el respeto de sus hombres uniéndose al trabajo con ellos.
-Faltan manos mi Señor.
-Pues aquí están las mias.
-No, mi Señor, enviad a otro, usted es el Rey.
-¿Seguirías a un Rey inútil?
-No, Majestad…
-Bueno, Yo tampoco.
Y así Aurelio se igualaba a sus hombres en el trabajo, no había de otra, la mano de obra era escasa por lo que toda la ayuda posible era bien recibida y nadie podía sentarse en sus laureles.
Empezaba a sentirse vacío, Zoe del otro lado, y Johana con ella. Había empezado a enamorarse sin darse cuenta de la morena, al principio fue un arrebato de pasión, un desahogo de tantos años de estar solo dedicado a la crianza y a la protección de su sobrina, pero ahora, después de haber despertado al león en su interior no quería encadenarlo de nuevo, y su corazón se estaba prendando de la chicuela a la que había visto crecer junto a su nena. Su cabeza se llenaba de pensamientos contradictorios, luchas morales y sentimientos encontrados, pero por otro lado, no encontraría alguien que lo entendiera mejor que esa chiquilla veinteañera del otro lado del portal, nadie lo había tratado como ella, nadie había sido tan arrojada, tan valiente y tan completa con él como Johana.
Por ahora su recuerdo, sus ojos vibrantes, y su hermosa sonrisa eran todo lo que tenía hasta que volviera a verla, si es que tenía la fortuna de que eso ocurriera, el tiempo, el tiempo en Liber no transcurría igual al del mundo real, y ese sería su mayor desafío, esperar durante años lo que para ella serían semanas, lo torturaba la idea, por eso trabajaba casi sin descanso, se ensuciaba las manos en el fango con los demás como uno más del montón, porque necesitaba drenar lo que tenía por dentro.
Las noticias llegaban desde los feudos del norte, aquellos que todavía se mantenían en pie hacían hasta lo imposible por mantenerse a flote, las heladas acababan con los cultivos y las gentes morían de hambre sin que Aurelio pudiera hacer nada al respecto, algunos se adherían con más fuerza al trono de Septemtrionem, mientras otros se confabulaban en la oscuridad contra él. La era de la lealtad había caído, y ahora Liber se enfrentaba a una nueva época de traiciones, envidias, recelos y resentimientos. Aurelio pronto lo sabría. Y la magia, la magia se estaba apagando.