Ya cambiada y habiéndome tomado la taza completa de café sin azúcar, salgo del cuarto de baño con un moño casi en la frente y todas las dudas e incertidumbres posibles. La habitación es acogedora, debe de medir más que mi apartamento completo. Si considero lo exagerado que es donde vivo, no quiero ni pensar la cantidad de dinero que tiene Santiago para mantener un lugar así. Camino hacia una de las cortinas y la ruedo un poquito; la vista es asombrosa. Parezco estar en pleno Manhattan. La luz del sol me da de lleno en los ojos. No tardo en acostumbrarme a la luz cegadora. —Que lugar —murmuro para mí. Espero no ser un incordio. No sé nada sobre la vida personal de Santiago. Mis sospechas sobre él, siendo un hombre casado, me apabullan y desmoralizan. Cabe la pequeña posibilidad de que s

