Lo veo irse y no lo detengo. ¿Quién podría detener a Santiago? Nadie. Es un completo extraño, el cual a la vez ha visto de mí, en un par de horas, cosas que nadie ha determinado en años. Vine con intención de olvidar a un hombre y, en cambio, conseguí tatuarlo en mi mente con tinta indeleble. Ahora me arrepiento de no haberme quedado en mi casa y sufrir la necesidad de tocarlo en silencio. No estoy lista para que alguien se adueñe de mi interior. Como mujer que acostumbra desde hace años a vender su cuerpo, no puedo sorprenderme porque los demás en general solo quieran eso de mí. El contrato que les entrego a mis clientes es específico: nada de amoríos, nada de compromisos, no llamadas ni intentar localizarme bajo ninguna circunstancia solo porque quiere verme otra vez. No suelo repetir

