La noche que lo cambió todo
Actualidad
Berlín
Alessandra
Aprendí a sobrevivir desde muy joven, con tropezones, con caídas fuertes, con golpes que endurecieron mi alma… o tal vez solo me obligaron a mirar la vida de otra manera.
Nada es fácil. No basta con ser el mejor. El éxito no siempre te lleva a la cima… a veces solo te deja más cerca del límite. Y hay momentos —muy pocos— en los que cruzar la línea no es una elección… es necesidad.
Hay cuentas que no esperan. Y tampoco la vida.
Viví en la oscuridad. Y pagué el precio. Por eso juré no volver.
Hoy soy Alessandra Vieri. Ejecutiva en el Grupo Moretti. Precisa. Ordenada. Impecable. No soy buena. Soy la mejor en mi labor.
Domino el mundo de los negocios como si lo hubiera memorizado… como si cada movimiento ya lo hubiera visto antes. Por eso, cuando termino de exponer y el silencio cae en la sala, no necesito buscar aprobación.
Se nota.
Nadie me sostiene la mirada. Y el primero que intenta hablar… se queda sin aire antes de terminar.
Por eso, la pregunta llega tarde.
—¿Cómo puedes saber todo?
Trevol no pregunta, lo lanza, como si la respuesta le molestara antes de oírla.
No lo miro enseguida. Dejo que el silencio se estire, que lo roce.
—Ya te dije, Trevol… —espeto con voz áspera— juego cartas y si quieres vencerme será en otra materia.
Se mueve en la silla, gira el cuerpo hacia mí, invade con el gesto.
—Alessandra, serás buena leyendo gestos… patrones, coqueteando con algún idiota —lanza con desprecio— pero no todos caen en tu trampa. No todos se derriten por un par de piernas bonitas.
Exhalo por la nariz, corto.
—No sé si te das cuenta… estamos en una crisis económica. Pocos son los clientes que podemos obtener —reviro con voz firme— así que si quieres arriesgar un contrato millonario como este por tu machismo…
Me inclino apenas hacia la mesa, sosteniendo su mirada sin parpadear.
—adelante… quédate con mi cuenta.
Trevol abre la boca, pero Matteo se adelanta.
—Se acabó… escuché suficiente —ordena Matteo— Trevol, te quiero fuera del equipo. Alessandra, no me decepciones. Estás a cargo.
El aire cambia.
Trevol se queda rígido. Procesa tarde. No discute.
Asiento apenas.
—De más está decirlo, Matteo… —contesto sin dudar— al final de la semana tendrás el contrato sobre tu escritorio.
Matteo avanza hacia la puerta.
—Quiero los porcentajes que manejamos —advierte antes de retirarse con el idiota de Trevol.
Lo dejo dar un paso más.
—¿Y si son mejores? —lo detengo con mi voz desde la mesa.
Se detiene.
Ladea apenas la cabeza.
No responde. No hace falta.
Matteo no respalda… mide. Y si estoy donde estoy no es porque confíe en mí. Es porque nunca le di margen a otra opción.
Horas después
Camino por el pasillo sin apurarme, dejando que el sonido de mis tacones marque el ritmo. No miro a nadie, no cedo el paso, no interrumpo el movimiento.
Las conversaciones se apagan cuando paso… o tal vez soy yo la que deja de escucharlas.
El ascensor se abre.
Entro.
Las puertas comienzan a cerrarse y el celular vibra dentro del bolso.
Lo saco.
Miro la pantalla y algo se tensa en mi interior al ver el nombre de la bruja de Victoria Rinaldi.
Respiro hondo antes de responder.
—Buenas noches, Victoria… ¿problemas con la fiesta privada?
Me acomodo el bolso, giro apenas hacia el espejo y sostengo mi reflejo.
—No… debe ser que te cambiaron la suite —agrego con sarcasmo— ¿quejas de las chicas o me extrañas demasiado?
Su risa llega contenida. Calculada.
—Querida, a diferencia de ti las chicas saben que no tolero los berrinches.
Mis dedos se ajustan alrededor del teléfono. No lo suelto. Tampoco respondo enseguida.
—No son berrinches… —escupo con voz áspera— me preocupo por su seguridad. No puedo enviarlas con cualquier imbécil.
Escucho cómo resopla.
—Los clientes son los que mantienen la agencia a flote —replica sin prisa— pagan todo lo que las chicas no podrían tener sin nosotras.
Pausa.
—Lo que quieran.
El teléfono deja de moverse en mi mano.
—Dan un servicio… —le corto— es lo justo.
Las puertas del ascensor se abren en la planta baja y busco la salida.
—No te llamo para discutir mi percepción… —suelta seca— me avisó Collete que tiene una crisis de alergia por el clima. No puede trabajar esta noche.
Parpadeo lento.
—Mandamos a otra de las chicas y solucionado el tema… —respondo firme.
Chasquea la lengua.
—Olvidas que están conmigo y Mirella llega pasada la medianoche a Berlín. Cancelar no es una opción.
El pulso se me queda quieto.
—¿Qué sugieres?
—No sugiero, lo digo —su voz baja, precisa— tienes que asistir en lugar de Collete.
Y no deja espacio.
Pausa.
—Por algo estás a cargo de la agencia de escorts —remata con desdén— además creí que necesitabas el dinero para tu hija.
Y esta vez… no puedo negarme sin perder algo.