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El amante multimillonario de la exesposa

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Descripción

¿Qué puede ser peor que estar embarazada… y ser expulsada porque la mentira fue disfrazada de verdad? ​

Amélie lo tenía todo: un amor que creía eterno, un futuro prometedor y un sueño que empezaba a despegar. Pero en una sola noche lo perdió. Walter, el hombre que amaba, la acusó de infidelidad y la echó de su vida sin escuchar explicaciones. Lo que él nunca supo fue que ella estaba embarazada… ni que el odio de otra mujer la haría perder mucho más.

Devastada, Amélie se deja convencer por su amiga Joana para alejarse unos días y refugiarse en Puerto Esmeralda, un rincón frente al mar donde el tiempo parece detenerse. Allí conoce a Nicolás, un hombre enigmático, de mirada intensa y sonrisa serena, que la ayuda a sanar sin hacer preguntas. En pocos días, él logra lo que el tiempo no había conseguido: devolverle las ganas de vivir.

Al regresar a la ciudad, su vida sigue envuelta en sombras. Sin opciones, Amélie busca trabajo sin descanso… hasta que una llamada inesperada cambia su destino.

La empresa donde había dejado su currículum la contrata, ignorando que volverá a encontrarse con él.

Pero mientras una nueva historia comienza a florecer entre ellos, Claire, la mujer que arruinó su vida, no está dispuesta a permitir que Amélie recupere lo que perdió. Con un embarazo que usa como arma y una red de mentiras cada vez más oscura, está dispuesta a destruirla… aunque eso signifique arriesgarlo todo.

Entre el pasado que la persigue y un amor que renace de las cenizas, Amélie deberá decidir si se atreve a volver a amar, incluso sabiendo que esta vez el corazón podría no resistir.

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Felicidad con sabor amargo
​Amélie salió de la clínica con un sobre cerrado en las manos y una sonrisa inmensa, casi irreal, iluminando su rostro. La tenue luz otoñal que se filtraba por las copas de los árboles parecía un foco celebrándola. Por fin, tras dos años de intentos y de una espera agotadora que había puesto a prueba su paciencia, su sueño se había materializado: estaba embarazada. ​ Ella y su esposo, Walter, llevaban cuatro años de casados. Se conocieron en la universidad cuando él estaba por teeminar sus estudios y ella comenzaba. Walter era la encarnación del éxito: un empresario brillante, dueño de una prestigiosa compañía de seguridad informática. Amélie, por su parte, había canalizado su talento dejando inconclusa su carrera de fotografía, pero dirigía un estudio reconocido, especializado en campañas publicitarias para clientes exigentes. Compartían una vida de comodidad y afecto, cimentada en promesas de un futuro brillante y completo. Para Amélie, el embarazo no era solo un hijo, era la joya que coronaría el imperio de amor que habían construido. ​Decidió que le daría la noticia a Walter el día de su aniversario de bodas, en un par de semanas. Sería su regalo perfecto, la prueba de que su amor era infinito. Contuvo la emoción, guardando el sobre sellado como un tesoro sagrado, y se lanzó a preparar la noche de aniversario. ​ ​Ese día, tras una larga sesión fotográfica, Amélie llegó a su casa, lista para preparar una cena íntima antes de que Walter regresara de la oficina. Cruzó el portón de hierro forjado y notó que, además del sedán de lujo de Walter, estaba estacionado el impecable Mercedes-Benz n***o de Claire, la mejor amiga de su esposo y socia de la empresa. ​ La casa, una mansión moderna de techos altos y ventanales al jardín, estaba sumida en un silencio extraño, espeso, casi eléctrico, que le cortó el aliento. Dejó caer su bolso de diseñador sobre la mesa de mármol del recibidor. Antes de que pudiera siquiera articular un saludo o encender alguna luz, la puerta del despacho de Walter, hecho de roble oscuro, se abrió con una violencia sorda. ​Él salió disparado, con el rostro completamente desfigurado por la furia. Su impecable traje de corte italiano parecía ceñirse a una rabia incontrolable. Claire lo seguía cautelosamente, como una sombra bien calculada. ​—¡Hasta que por fin llegas! —espetó Walter, con un malhumor y una intensidad que Amélie jamás le había visto. Su voz era un látigo helado. ​—¿Perdón?... Este es mi horario habitual —dijo ella, deteniéndose en seco y sintiéndose genuinamente confundida. Una punzada de temor se instaló en su pecho. ​—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber de dónde vienes, Amélie? —preguntó él, con la voz cargada de una sospecha y un reproche cortantes, fijándola con unos ojos que ya no reconocían a su esposa. ​—De trabajar, por supuesto. ¿Qué es lo que ocurre, Walter? —respondió la muchacha, esforzándose por mantener la calma a pesar de la atmósfera hostil que la asfixiaba. ​—¿De trabajar o de revolcarte con el futbolista ese de medio pelo? —le recriminó Walter, con los ojos oscuros y centelleando de ira. El insulto gratuito hacia su cliente la hizo tambalear. ​—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —Su voz tembló, incapaz de comprender la acusación tan brutal e inesperada. ​—¡No te hagas la inocente! Hace meses que te veo con él. Con ese... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí! Phil Roberts. ​—Para tu información, Phil solo es mi cliente, Walter. Es una figura pública, un atleta. Soy su fotógrafa. Nunca ha pasado nada íntimo entre nosotros, te lo juro por nuestro amor —dijo Amélie con toda la firmeza que pudo reunir, suplicando con los ojos. ​—Esto no dice lo mismo —replicó Walter, arrojándole un sobre de color madera que golpeó el suelo pulido a sus pies. ​Amélie se inclinó temblorosa. Levantó el sobre y, al abrirlo, palideció. Eran fotografías donde aparecía ella con Phil Roberts, pero las tomas habían sido capturadas de forma furtiva, en ángulos que las hacían parecer íntimas y totalmente comprometedoras: él tomándola del brazo en la calle, ella riendo sobre su hombro en un restaurante semivacío. ​—Yo no sé de dónde sacaste esto, pero son totalmente falsas —dijo, luchando por sostener su voz mientras un nudo de angustia dolorosa se formaba en su garganta. ​Claire intervino de inmediato, dando un paso hacia Walter, poniendo su mano con aparente preocupación en el antebrazo de él, un gesto que a Amélie le supo a veneno. ​—Walter… sé que duele, cariño. Pero debes verlo todo con claridad. Yo solo quiero protegerte. Sabes que te conozco desde hace años y no querría que esto fuera peor después —su tono era falsamente dulce, la voz de una mártir. ​En ese instante, Amélie comprendió. Vio con aterradora claridad que Claire estaba detrás de todo aquello. La mano de Claire en Walter era un arma, no un consuelo. Las fotos habían sido planeadas meticulosamente: el abrazo de despedida, las reuniones de trabajo convertidas en citas. Claire había usado su posición y conocimiento de su vida social para tejer la red perfecta. ​—A ver, Amélie. Si según tú, son falsas, ¡dame una explicación convincente! —espetó Walter, impaciente, su voz revelando más dolor por la traición que por la verdad. ​La joven se quedó en silencio por unos segundos, tratando de dilucidar cómo desmantelar la traición de su amiga. La rabia comenzó a reemplazar al miedo. ​—No hay explicación más allá de lo que te he dicho, porque debería bastar con mi palabra. Tu desconfianza es la única prueba que tengo de que tú y Claire están confabulados —respondió finalmente, sintiendo una punzada de dolor ante la traición de su esposo. ​—¿Cómo fuiste capaz de hacerle algo así? —le reclamó Claire directamente a Amélie, intensificando el papel de la amiga leal—. Walter siempre fue bueno contigo, te dio todo... ​—Yo no he hecho nada —replicó la muchacha con creciente indignación—. Y sinceramente, no entiendo qué haces tú metida en un asunto que es solo de mi esposo y mío. A menos que, claro, tú seas el asunto. ​—¡Porque fue ella quien me trajo las pruebas de tu infidelidad! —dijo Walter, señalando a Claire, sin notar la punzada de verdad en las palabras de su esposa. ​—Pero... no puedes creer que haría algo así. ¿No te acuerdas de las promesas? ¿De todo lo que hemos compartido? —le dijo Amélie a su esposo, la angustia acechando escapar por sus ojos, suplicando con la mirada por un ápice de la confianza que antes los unía. ​Pero Walter ya no la escuchaba. Sus ojos estaban turbios, llenos de dolor y rabia; la duda había enraizado y se había convertido en una certeza amarga. Claire, como una sombra astuta, lo alentaba sin que él se diera cuenta: cada gesto, cada suspiro de la amiga, reforzaba la mentira con habilidad. Ella era el veneno dulce que él elegía beber. ​—¡Vete! —gritó Walter finalmente, con la voz quebrada por la ira y el sufrimiento. Antes de que Amélie pudiera reaccionar, él la tomó de un brazo y la arrastró sin miramientos hacia la puerta principal de madera noble.— ¡No quiero volver a verte nunca más! ¡Sal de mi casa! ​Amélie se quedó paralizada. Su mundo entero se desmoronó. Intentó suplicarle, explicarle una vez más, llorar para que él viera su verdad, pero su mano se aferró a la manija de la puerta y la empujó hacia el exterior, hacia el abismo de la noche. El aire frío de la noche la golpeó. Se tocó el dedo anular instintivamente: su anillo de diamantes, el símbolo de cuatro años de vida, se había quedado olvidado en la mesita de noche, parte de la vida de lujo que acababa de perder. Se marchó con las manos vacías, sin maletas, sin nada que no fuera la ropa que llevaba puesta y el sobre arrugado con la ecografía de su bebé. Walter había elegido la mentira brillante de Claire por encima de su amor honesto. ​Caminó por las calles arboladas de ese exclusivo vecindario. La traición de Walter dolía, pero la de Claire, la mujer que había cenado en su mesa y oído sus confidencias, la quemaba. Amélie se sintió completamente sola, traicionada y abandonada. Su felicidad, la que traía en ese sobre, ahora tenía el sabor amargo de la hiel. ​Alzó la barbilla, sintiendo cómo el frío la hacía temblar. Tenía que sobrevivir, reconstruirse, y protegerse a sí misma, no solamente por ella, sino también por el pequeño ser que llevaba en su vientre. No iba a permitirse llorar en la acera. ​Mientras la brisa fría de la noche acariciaba su rostro, Amélie alzó la barbilla. Comprendió que su vida ya no le pertenecía a nadie más que a ella misma. Nadie decidiría por ella, ni permitiría que las mentiras ajenas volvieran a determinar su destino. Sin hogar y sin su esposo, pero con una fuerza recién descubierta, la exesposa del exitoso Walter se prometió que volvería a levantarse. No buscaría venganza, buscaría la dignidad y la independencia financiera que nunca debió haberle entregado a nadie.

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