—¡Es preciosa!— exclamó Druscilla. Cruzó la habitación para asomarse por la ventana. Recordó lo bien que conocía esos bosques oscuros del fondo de la Casa, así como los escondites entre los arbustos del jardín, donde ella y Stephen habían jugado tantas veces. Podía ver algunos de los árboles por los que solían trepar y el estanque de los peces dorados, donde habían cogido un pez en una ocasión, para volver a arrojarlo al agua. Y, en la distancia, le pareció distinguir un leve reflejo del río que alimentaba el Lago, donde habían nadado y remado, donde solían construir presas o puentes, todas las vacaciones, hasta que ella había tenido que marcharse de Lynche para no regresar nunca. . . hasta ahora. —¡Oh, Rose, estoy tan feliz de haber vuelto! Tenía que comunicar a alguien su alegría, p

