19.

1704 Palabras
—No voy a aceptar esto —deja claro Anya y Kai mira a todos ordenando sin hablar que se marcharan. —¿Me ves cara de que pida permiso para algo? —cuestiona Kai cruzando sus brazos frente a ella, resaltando sus músculos. —No me importa. No lo quiero —dice con firmeza. Él se acerca a ella y toma su mandíbula. No la maltrata, solo asegura su completa atención a lo que va a decir. —Es tuyo, pero responde a mi causa. Si no me das beneficios económicos con él, lo mandaré a demoler. —No quiero trabajar para ti... —Si trabajaras para mí hace rato te hubiese enviado en una caja al crematorio —comenta—. Después de todo tienes suerte. Se marcha dejando a Anya en un completo lío interno, buscando la forma de entender sus palabras, aunque no lo logra. Revisa el contrato y sí, este sitio está a su nombre, pero ¿qué beneficios le puede aportar eso a Kai?, se pregunta. Se desplaza por el lugar siguiendo con lo que hizo al llegar, trabajando con gusto como si no tuviese líos internos. Porque está claro que él sabe lo que le gusta y se lo está poniendo en bandeja de plata, pero ella no lo entiende. Anya toma el auto con uno de los hombres de Kai y se dirige al hotel. Eran ya la seis, el trabajo había hecho volar el tiempo. Al detenerse frente el lugar y bajar, no hay rastros del hombre que conoció hace algunas horas. No se decepciona porque en el fondo no cree en nadie, en cambio, tenía ganas de distraerse y el ruso de mierda solo le hacía la cabeza un completo lío con sus idas y venidas. Una mujer se acerca a ella y le deja una nota en manos, antes de seguir su camino. El papel contiene una dirección y Anya, que no conoce el peligro, se acerca al hombre de Kai y le entrega el papel. —Si le dices a tu jefe sobre el lugar, te mataré —demanda antes de subirse de vuelta al auto y esperar por la conducción del hombre. El lugar es apartado y pocas casas rodean el espacio. Puede asegurar ella que está es la que más terrenos y alejamiento tiene. Le debe gustar vivir apartado de la multitud, piensa; la multitud puede resultar obstinante a veces. Sin miedo a lo que pueda encontrar, da pasos hasta cruzar la cerca y acercarse sin titubear a la puerta principal. Esta chica tiene que aprender a entender las alertas de peligro. Golpea su puño contra la madera y se da cuenta que la puerta ya estaba abierta. Camina hacia el interior con la curiosidad latente y la mirada inquieta en cada detalle del sitio. La casa no era abandonada, pero desde luego que no la atendían como debería. Sigue de sala para comedor y se queda en una puerta abierta que baja al sótano. Podría decirse que, tiene algo de pavor bajar y simplemente continuará su camino... No. Anya Volkov es una chiquilla de veinticuatro años que ha creado unas pelotas de cincuenta kilates. Baja la escalera sin temor, pero en los últimos escalones se detiene mientras un remolino está en pleno apogeo en su interior. La escena que ve es para vomitar, y aunque ella no es tan blandengue, sin dudas, no es bonito ante sus ojos. El hombre que hablaba con ella hace algunas horas yace desnudo. La sangre le cubre algunas partes y los golpes otra. No tiene v***a y la boca la tiene cocida sin piedad. Una escena deprimente, que demuestra una presa siendo atacada por un animal, uno jodidamente malo y sin una pizca de escrúpulos. La presa parece entender a la perfección la lección porque ve a Anya y cierra los ojos. El animal parece olfatear la llegada de alguien más y sale en su búsqueda. Siempre supo lo que era, pero nunca pudo entenderlo bien porque no lo había visto en su peor faceta. El ruso sale desde los escombros del final de la estancia. Está descalzo y carga solo unos pantalones. Sus tatuajes son manchados de sangre y en su mano afila un cuchillo. El gris acero de sus ojos tiene un aire oscuro en el medio que acojona a cualquiera. Se acerca a Anya con el cuchillo aún en manos y debe estar loca al no moverse hasta atrás. Le mantiene la mirada quedándose en el sitio mientras es devorada por los ojos del ruso. Deja caer la lija con la que afila el objeto y toma la muñeca de ella con su mano cargada de sangre. La hace dar con él los pasos que faltan para ubicarse delante de la víctima. —Mírala —ruge el líder y el hombre niega con la cabeza con agitación, manteniendo los ojos cerrados—. ¡Qué la mires! —repite y el tono hizo estremecer hasta a Anya, que sigue mirando la escena sin hacer nada: desconcertada. El hombre abre los ojos y la atiende. Niega con la cabeza mientras la observa. Su instinto de supervivencia le advierte que hacerle caso no es precisamente una cuestión que le salve. Kai con el cuchillo aún en manos toma las caderas de Anya y la hace dar dos pasos hasta ubicarla entre él y el empresario, muy cercas los tres. El animal sigue al acecho y esta vez detrás de la pelinegra. Su cercanía a su espalda la empieza a poner mal. Pero no es un mal que debería sentir, teniendo en cuenta que hay un hombre horriblemente torturado delante de ella y un hombre peligroso detrás, con un cuchillo entre su cadera y su mano. Es un mal en modo caliente. Estoy jodida. Me ha acabado con la cabeza, mierda —se queja internamente a percibir cosas en su cuerpo—. Esto no es normal, maldita sea. Hay sangre, hay tortura, hay un monstruo. No me puedo excitar con algo así. No, definitivamente no. Esto no tiene explicación... Nada de las quejas que se dice internamente sirven porque su humedad es evidente gritándole una y otra vez que ha perdido la cabeza. Nunca ha medido el peligro y ahora es que se da cuenta que está preso en él. Él restriega su erección en su trasero impidiéndole pensar. Las puntas de sus tetas la siente como una roca y agradece que el vestido no es una simple tela. La mano de él que no tenía el cuchillo baja por su muslo, tocándolo y luego sube pasando las barreras del vestido. No es un problema para él meter la mano por debajo de la braga, los pantis y mover sus dedos por el coño de ella percibiendo el estado en el que se encuentra. Kai desplaza un dedo con una agilidad que debería avergonzarle a ella por la cantidad de humedad que contiene el sitio permitiendo que entre y salga con facilidad. Un gemido hace eco en la habitación haciendo que ambos hombres la atiendan. —Mírala —demanda la bestia—. Mírala bien —repite. Coloca el cuchillo en su espalda, arranca de un tirón las medias y le sigue con la braga de Anya. Esta no logra articular palabra alguna. Aún sigue procesando como es que alcanza este nivel de excitación con una escena tan turbia. El ruso la gira con rapidez y toma sus caderas para subirla. La pelinegra pensaba cruzar las piernas a su espalda, pero el ruso la sube hasta dejar que descanse sus muslos en sus hombros como si no pesase nada para él. Le levanta una pierna sobre su mismo hombros teniendo más acceso con su boca a su coño. Se prende a él con ganas brutales mientras Anya suelta un gemido alto agarrando su cabeza. La excitación es enorme y la lengua de él un detonador. Anya gime sin poder controlarlo. No entiende como la contracción llega tan rápido. Quiere frenarse, aguantar la explosión, pero el ruso chupa con destreza haciéndola correrse al instante con un salvajismo que lo deja loco y prendido hasta apoderarse de su última gota. La baja de su hombros y la sienta sin el más mínimo cuidado sobre su gran v***a. A Anya aún le molesta un poco, pero su cuerpo es candela en su apogeo y no le alcanza ni para quejarse cuando Kai empieza a moverla con las manos ancladas en sus nalgas. Estoy jodida —se repite mentalmente mientras la v***a rusa le taladra el canal. Y el maldito animal no necesita de muchos movimientos rápidos y fuertes para hacerla tener espasmos encima de él, liberando un líquido que le baña la erección y resbala por su muslo. Pero no tienen suficiente ninguno de los dos. Aunque él sabe que no deja cabos sueltos y que está tarea la termina ahora. Penetra a Anya con rapidez y movimientos toscos que le hacen estar ansiosa otra vez. Piensa que no es normal, pero es lo único que puede asegurar mientras el ruso no le da tregua y en la misma porción de tiempo donde él se está corriendo ella explota en un orgasmo arrebatador. El ruso la observa por un segundo y la baja de encima de él acomodándose el bóxer y el pantalón. Anya intenta irse, pero él la toma de la cintura y la ubica nuevamente delante de él. —No se mira —ruge el ruso haciendo temblar al hombre. No pierde tiempo y se inclina hacia adelante para sacarle los ojos. Ni Anya con sus pelotas de kilates puede ver esto sin sentir náuseas. Es un monstruo, lo es —se asegura mientras el retira de su rostro los ojos con tanta naturalidad que espanta. —Tampoco se toca —ruge el ruso antes de cortarlo sin cuidado hasta provocarle la muerte. No puedo sentirme atraída por un monstruo —se repite mientras una lágrima resbala por su mejilla al recordar la escena de antes, ver cómo está manchada de sangre por follar con el ruso cuando él torturaba a alguien por su culpa misma y ahora también sentir la mano de él manchada de rojo mezclándose con tatuajes, rodeando su cintura.
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