PRÓLOGO
15 de agosto de 2000.
Juliana se queja del dolor insoportable que domina su cuerpo. Se calla de pronto cuando escucha pasos detrás de ella. Huir le resulta más difícil que nunca, pues la enorme barriga que carga le imposibilita dar más pasos. Intenta ir de prisas, salvarse y salvar a sus cuatro hijas, pero el dolor se vuelve más punzante y no tiene otra opción que lanzarse al suelo detrás de una pared en aquel laberinto. Ellos conocen ese sitio como la palma de su mano, ella no.
El dolor la hace quejarse. Ellas ya venían.
Procura pujar con fuerza mientras muerde un trozo de su abrigo impidiendo hacer ruidos altos que atraigan a los cazadores. No tiene ayuda de nadie, pero demostraba ser aún más fuerte de lo que ya había sido. La primera pequeña nace, la segunda también; eran dos gritos a la vez y eso sin dudas, empezaba a llamar la atención.
Se apresura en continuar su labor, aferrándose a su abrigo con la boca mientras las dos nacidas continuaban llorando. Una tercera se les une y el sonido se vuelve más fuerte. La última, a Juliana no le queda más fuerzas, pero debe sacarlas. Salvaría a sus hijas de ese monstruo.
Intenta calmarlas, aunque se sienta cada vez más débil. Dos lloran y entonces las atiende y deja por un instante a las dos que tiene en manos, ya calmadas. Siguen dos llorando, dos calmadas. El esfuerzo no estaba resultando nada porque los pasos se escuchaban más cercas.
Un hombre vestido completamente de n***o se sitúa delante de ella y sus cuatro recién nacidas. Ella suplica que «no» más de las veces que se pueda contar, pero él no atiende su respuesta. Toma a dos pequeñas y le hace una seña a otro hombre se sitúa su lado para que tome las otras dos.
Hasta su último grito ella pedía por sus hijas, más era en vano.