Kleo Peterson cerró la puerta de su apartamento con un movimiento cansado, dejando caer el bolso en el suelo del pasillo. Eran las once de la noche, y la ciudad afuera seguía vibrando con el tráfico lejano y el zumbido de neones que se filtraba por las cortinas entreabiertas. La demanda pública había dominado el día: llamadas de periodistas que Laura había desviado, mensajes de colegas en la galería felicitándola por "el coraje", y un email de Clara confirmando que las ventas se mantenían estables pese al escándalo. Kleo había respondido a todo con eficiencia, pero ahora, sola, el peso se asentaba. Caminó a la cocina, encendiendo la luz tenue sobre la encimera. Preparó un vaso de agua fría, bebiendo despacio mientras apoyaba las caderas en el fregadero. La pantalla de su teléfono parpadea

