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1324 Palabras

James Kim estacionó su auto frente a la mansión de Richard Lancaster, con el motor aún ronroneando bajo. La casa era imponente, un edificio de piedra gris con columnas flanqueando la entrada principal y jardines meticulosamente podados que se extendían hasta un muro alto. Era de noche, pasada las nueve, y las luces de la fachada proyectaban sombras largas sobre el camino de grava. James había esperado este momento durante días, desde que Claudia le entregara las grabaciones. Ahora, con todo reunido —emails, facturas, transcripciones de amenazas—, iba a confrontarlo directamente. No más emails anónimos; era hora de cara a cara. Bajó del auto, ajustando la chaqueta sobre la carpeta que llevaba bajo el brazo. El portero lo miró con sorpresa, pero James no esperó permiso. —Dile a Richard que

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