La sala se vació poco a poco. Sillas deslizándose como fantasmas sobre la moqueta gruesa. Miradas evitadas, buscando refugio en las superficies pulidas de las mesas o en las pantallas de dispositivos electrónicos. Decisiones que nadie quería tomar… todavía. La inercia del poder, o su ausencia, era un peso tangible.
Harding no salió. Davies tampoco. Ella ya estaba sentada de nuevo, revisando cifras en su tableta, su ritmo imperturbable, como si nada de lo ocurrido hubiera alterado su ritmo. Como si el mundo no acabara de inclinarse unos grados sobre su eje.
Harding, sin embargo, caminaba. De un extremo al otro de la larga mesa, sus pasos resonando en el silencio repentino. Sin pausa.
—No encaja… —murmuró, más para sí mismo que para ella, su voz ronca por la tensión acumulada—. No puede ser tan limpio. Nadie es tan limpio.
Davies no levantó la vista. Su dedo seguía deslizando sobre la pantalla táctil, analizando datos que, de repente, parecían haber perdido su coherencia.
—Los números de Kessler Group cayeron otro tres por ciento esta mañana —dijo, su voz tan plana como una gráfica financiera.
Harding se detuvo bruscamente. Su caminar se detuvo.
—¿Me estás escuchando? —preguntó, su tono bordeando la exasperación.
—Sí —respondió ella, sin mirarlo—. También escucho a un hombre entrando en pánico.
Eso lo hizo girarse. Las luces frías de la sala parecían acentuar las líneas de preocupación grabadas en su rostro.
—No estoy en pánico.
—Estás caminando en círculos desde hace cinco minutos —dijo Davies, sus ojos finalmente subieron de la tableta para fijarse en él. Su mirada, fría y analítica, lo escrutaba.
Punto.
Un breve silencio se cernió sobre ellos, cargado de la tensión no resuelta. Harding volvió a moverse, pero esta vez su andar era más deliberado, menos agitado.
—Ese chico… —escupió la palabra con desdén, como si le quemara al pronunciarla—. No solo compró la empresa. Nos rodeó. Nos empujó. Nos dejó sin margen. Él, con su sonrisa de recién llegado y sus modales impecables…
Davies suspiró, apenas un soplo de aire que apenas alteró el silencio.
—Entonces hizo bien su trabajo.
Harding soltó una risa seca, un sonido hueco y sin alegría.
—No. Hizo algo más.
Se detuvo otra vez. Esta vez no caminó. Se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos, sus nudillos blancos contra la caoba pulida.
—Y no sé qué es.
Eso… sí era nuevo. La cruda admisión de ignorancia, viniendo de Harding, era algo que Davies no había previsto. Levantó la mirada, estudiándolo. Frío. Analítico.
—Eso es lo que realmente te molesta —dijo, su voz suave pero certera—. No la pérdida de control. No la falta de certeza. Es la incógnita.
No era una pregunta. Era una observación.
Harding no respondió. No hacía falta. Davies dejó la tableta a un lado, su gesto marcando el fin de su análisis financiero y el comienzo de una investigación diferente.
—Quieres certezas en un juego que ya no es de certezas —dijo ella, su voz adquiriendo un tono más serio, más cercano al del Harding que ella misma empezaba a sentir—. Quieres entender las reglas.
—Quiero saber contra quién estoy jugando —replicó él, su frustración palpable.
—Entonces pierde —respondió ella sin rodeos.
Harding frunció el ceño. La brutalidad de su respuesta lo descolocó.
—¿Qué?
—Porque él ya no está jugando a eso —sentenció Davies, su mirada fija en la suya—. No juega con las reglas que conocemos.
Silencio. Más pesado. Más expectante. Davies se recostó en su silla, cruzando una pierna sobre la otra, adoptando una pose más relajada, pero su mente trabajaba a toda velocidad.
—Míralo como lo que es —continuó—. No es un ejecutivo. No es un heredero legítimo. No es un inversionista brillante. Es… una anomalía.
Una pausa, mientras Davies buscaba la palabra precisa.
—Es un resultado.
Harding la miró, desconcertado, la palabra resonando en su mente como un eco ajeno.
—¿De qué demonios hablas? —preguntó, la incredulidad teñiendo su voz.
Davies se encogió de hombros, un gesto mínimo, casi imperceptible.
—De alguien que no se construyó en este sistema. No nació en él. No aprendió sus matices. Sino que… se formó en su periferia.
Se inclinó apenas hacia adelante, su voz bajando a un susurro más íntimo, más conspiratorio.
—Alguien que aprendió a manipularlo desde fuera. Quizás… construido para este fin. Una respuesta a un problema que nadie más pudo resolver. O quizás, un problema creado por otro.
Harding volvió a caminar, pero esta vez su andar era más lento, más medido. La idea de Alexander como una "respuesta" o un "resultado" le intrigaba, y a la vez lo aterraba.
—He visto hombres así antes… —murmuró, su mirada perdida en la lejanía, como si buscara en su propia memoria figuras esquivas.
Davies arqueó una ceja.
—¿Sí?
—Sí —confirmó Harding, deteniéndose de nuevo. La imagen de rostros sombríos y operaciones clandestinas pasaron por su mente—. Y ninguno jugaba limpio. Eran hombres que operaban en las sombras, que se movían por la ambición pura o la venganza. Pero este chico… es algo más.
Un silencio más, esta vez más contemplativo. Luego, Davies retomó su tableta como si el tema estuviera cerrado, pero su mente seguía en la conversación.
—Entonces haz lo que hacen todos cuando se quedan sin opciones —dijo, con un tono que rozaba lo irónico.
Harding la miró.
—¿Qué?
Davies alzó una mano en el aire, exagerando el gesto, con una media sonrisa que no era del todo seria, pero que portaba un trasfondo de conocimiento.
—Ve al paraíso —dijo—. Búscalo. Haz un trato. Pide un deseo.
Hizo un pequeño gesto teatral con los dedos, como un conjuro.
—El Coleccionista estará encantado de ayudarte.
Silencio. Pero esta vez… no fue inmediato. Algo en las palabras de Davies, en su tono, hizo click.
Harding no se movió. No rió. No reaccionó. Solo… se quedó quieto, como si se hubiera quedado atrapado en un instante suspendido. Davies lo notó. Bajó lentamente la mano, su sonrisa desvaneciéndose, la ligereza desapareciendo de su expresión.
—Era una broma —dijo, su voz volviéndose más cautelosa.
Harding no respondió. Su mirada había cambiado. Ligero. Pero suficiente. Una grieta en su armadura de pragmatismo.
—No… —dijo al fin, en voz baja, con una sombra de antigua creencia asomando en sus ojos—. No lo era.
Davies entrecerró los ojos. La curiosidad ahora eclipsaba su habitual frialdad analítica.
—¿Perdón?
Harding se irguió, su postura volviéndose más firme, como si un propósito nuevo y oscuro lo estuviera impulsando.
—He escuchado de eso.
Hubo una pausa.
—En clubes privados. Lugares donde el dinero compra favores y las almas se negocian.
Ahora sí. Davies dejó la tableta por completo. La conversación había tomado un giro inesperado, de las finanzas corporativas a las leyendas urbanas.
—Eso son historias, Harding. Mitos de salón para millonarios aburridos.
—No —la cortó Harding, su voz seca y decidida. Su convicción era palpable—. No lo son.
El aire en la sala cambió. Ya no era corporativo, ya no era estratégico. Era… otra cosa. Una atmósfera densa, cargada de susurros y verdades ocultas.
—Hombres con demasiado dinero —continuó Harding, pasándose una mano por el rostro, como si intentara borrar una imagen que lo perturbaba profundamente—. Demasiado poder. Demasiadas cosas que perder, y aún más por ganar. Y todos… en algún punto… mencionan lo mismo.
Davies no habló. Lo dejó seguir, su mente analítica ya intentando encajar estos datos anómalos.
—Un lugar. Un intermediario. Un trato. —Harding levantó la mirada, sus ojos encontrando los de Davies con una intensidad renovada—. Y un precio. Un precio que no puedes calcular con números.
Silencio. Davies lo sostuvo, su habitual impasibilidad ahora teñida de una profunda reflexión.
—¿Y tú crees en eso, Harding? —preguntó, su voz ahora desprovista de ironía.
Harding no respondió de inmediato. Pensó. Por primera vez desde que empezó todo esto, desde que Alexander Sterling entró en escena y dinamitó su mundo, realmente pensó. Pensó en la desesperación de hombres poderosos, en los límites de la ambición, en la oscuridad que la élite a veces buscaba en los rincones más prohibidos.
—Creo —dijo finalmente, su voz resonando con una convicción sombría— que hombres como Alexander Sterling no aparecen de la nada. No son producto del azar ni de una simple adquisición.
Davies no se movió. Esperaba, la tensión creciendo entre ellos.
—Y si alguien… o algo… puede crear algo así… —Harding dejó la frase incompleta, pero el significado era claro, resonando en el silencio de la sala—. Algo que opera fuera de nuestras reglas, que manipula nuestro sistema desde afuera, que es un "resultado" de algo que ni siquiera podemos comprender…
Davies se inclinó ligeramente hacia adelante. Ahora sí estaba completamente interesada, su pragmatismo corporativo tambaleándose ante la posibilidad de una verdad mucho más inquietante.
—¿Estás sugiriendo que Alexander Sterling fue… creado? ¿O que es una extensión de algo que lo creó?
—Estoy diciendo —la interrumpió Harding, su voz firme, sin dejar lugar a dudas— que tal vez estamos viendo el resultado… sin conocer el origen. Y si el origen es el Paraíso, o algo similar… entonces el precio debe ser inimaginable.
—Esto es absurdo —dijo Davies, pero su tono ya no era el mismo. La seguridad se había resquebrajado, dejando paso a una profunda inquietud.
—Lo era —respondió Harding, mirándola fijamente—. Hasta hoy.
Un segundo. Dos. Tres. El silencio se prolongó, cargado de las implicaciones de sus palabras.
Davies tomó su tableta de nuevo. Pero no la miró. Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla, las cifras y los datos de Kessler Group pareciendo triviales y obsoletos en comparación.
—Si eso fuera cierto… —dijo finalmente, su voz un hilo tenue—. El precio no sería algo que quieras pagar.
Harding sonrió. Pero no fue una sonrisa tranquila, ni de alivio. Fue una sonrisa peligrosa, teñida de una extraña mezcla de desesperación y propósito.
—El problema —dijo, su voz ahora teñida de una sombría resignación— es que quizá ya no estoy en posición de elegir.
Se dirigió hacia la puerta, su paso firme pero con un peso nuevo en él. Se detuvo antes de salir, sin girarse, como si la decisión ya estuviera tomada.
—Consígueme todo lo que encuentres —ordenó.
—¿Sobre qué? —preguntó Davies, su voz tensa.
Una pausa.
—Sobre el Coleccionista. Y sobre el lugar… al que llaman Paraíso.
La puerta se cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.
Davies se quedó sola. En silencio. Miró la pantalla. Números. Crisis. Colapsos. Todo lógico. Todo explicable. Todo… controlable, dentro de los parámetros de su mundo. Pero algo, por primera vez en mucho tiempo, no lo era. Y eso… esa ausencia de control, esa grieta en la realidad tangible… era lo realmente peligroso.