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El coleccionista de almas

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Descripción

De niño prodigio a depredador despiadado, Varian Hale se transformó en Adrian Locke para sobrevivir en un mundo de deudas y mentiras. Pero cuando una llamada revela una posible pista sobre el paradero de Aveline, Adrian se ve arrastrado a un juego peligroso. El camino hacia ella está pavimentado de sangre y engaños. ¿Es Aveline la víctima que él cree... o su perdición? Y en la búsqueda de su amada, ¿encontrará la redención... o se perderá para siempre en la oscuridad?

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la llave que abre la puerta
El ring era un infierno de sudor, sangre y jadeos. Olía a testosterona rancia, a miedo ya cerveza barata. Un olor que Adrian Locke conocía bien. Un olor que, por alguna razón, lo hacía sentir vivo. El tipo frente a él era un armario empotrado con tatuajes de mierda y una mirada de odio que apenas disimulaba el pánico. Un idiota útil, como tantos otros. Se movía como un gorila, lanzando golpes torpes que Locke esquivaba con facilidad. Patético. Aficionado. Adrian lo dejó acercarse, permitiendo que el olor a sudor y desesperación lo envolviera. Recordaba el aroma suave de violetas que siempre parecía seguir a Aveline. Lo dejó creer que tenía una oportunidad, el mismo error que todos cometían. Entonces, lo golpeó. Un puñetazo directo a la mandíbula. Un crujido seco que resonó en el silencio repentino. El tipo se desplomó como una marioneta sin hilos. Fin de la función. Locke escupió sangre y miró el cuerpo inerte a sus pies. ¿Era esto lo que ella pensaría de él ahora? El poder era una droga. Adictiva, corrosiva, esencial. Necesaria. Los gritos de la multitud tardaron en volver. Adrian alzó la vista, ignorándolos. La escoria lo adoraba. Lo temían. Le pagaban. Justo lo que merecía. Sabía que Ronan lo observaba desde su palco privado. Podía sentir esa mirada: mezcla de orgullo y una preocupación que siempre terminaba en reproche silencioso. Ronan era el único que se atrevía a preocuparse. El único al que, contra su juicio, toleraba. Los dos gorilas que lo custodiaban parecían tallados en piedra. Leales, útiles, prescindibles. Uno de ellos carraspeó, esperando instrucciones. Adrian hizo un gesto hacia el cuerpo y el tipo asintió, desapareciendo en la multitud. Se abrió paso entre la multitud hasta la mesa de Petrov. El ruso temblaba como una hoja, con los billetes sudados apretados en las manos. Lo evitaba la mirada. —Buen trabajo, Adrian —gruñó, sin atreverse a mirarlo a los ojos. Locke agarró el fajo de billetes y lo contó con rapidez. Faltaban quinientos. Su mandíbula se tensó. — ¿Dónde está el resto, Petrov? —preguntó, con una voz suave que era más amenazante que un grito. El ruso tragó saliva con dificultad. Sus ojos se movieron nerviosamente hacia la puerta. —Gastos del local, Adrián. Sabe cómo va esto. Locke ladeó la cabeza, fingiendo sorpresa. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —No, Petrov. No lo sé. Y no me gusta que me tomen por imbécil. Jamás. Petrov se puso pálido, casi translúcido. Su mano tembló cuando sacó un billete arrugado del bolsillo y se lo entregó. Locke lo agarró y lo metió en el bolsillo, ignorando el sudor que lo empapaba. Sus ojos se fijaron en Petrov. —Que no se repita, Petrov. La próxima vez, te saldrá muy caro. Salió del local, respirando el aire contaminado de la ciudad. Necesitaba una ducha. Y un trago. Y olvidar, aunque fuera por un momento, el vacío punzante que lo carcomía. Ronan lo esperaba en la puerta, con una sonrisa tensa en los labios. —Magnífico, muchacho —dijo, dándole una palmada en la espalda que lo hizo tambalearse ligeramente—. Eres una puta máquina de matar. Le tendió un vaso de whisky escocés. El mejor. Ronan siempre se aseguraba de que tuviera lo mejor. "Te lo mereces, muchacho", decía. Quizás creía que podía comprar su conciencia. Locke bebió un largo trago, sintiendo el alcohol quemarle la garganta. El amargor no era suficiente. —Gracias, Ronan. —Ven, muchacho. Te llevaré a casa. Te has ganado esta noche. Se subieron al coche, un Bentley Continental n***o como la noche. El chófer, un tipo callado con cara de pocos amigos, conducido en silencio por las calles de la ciudad. Locke miró por la ventana, observando a la gente. Borregos. Todos unos putos borregos. Trabajando, consumiendo, muriendo. Sin ambición. Sin poder. Sin nada. Sin Aveline. Él era diferente. Él era especial. Él era Adrian Locke. ¿O era solo un monstruo disfrazado de hombre? Llegaron al penthouse de Locke, un ático lujoso con vistas a toda la ciudad. Cristal, acero, cuero y arte moderno. Un refugio para un depredador. Un recordatorio constante de lo lejos que había llegado. Ronan lo acompañó hasta el salón. —Relájate, muchacho —dijo, sentándose en un sillón de cuero—. Te traeré hielo para las heridas. Necesitas descansar. Locke asintió, sirviéndose otro vaso de whisky. Camino hasta la pared donde colgaba la fotografía. La necesidad lo llamaba como un fantasma. Aveline. Su puto ángel. Su obsesión. Su perdición. Su excusa. La imagen estaba gastada por el roce constante de sus dedos. No importaba cuántas veces la limpiara, siempre volvía a tocarla. Su rostro seguía siendo tan hermoso como lo recordaba. Dulce, inocente, puro. ¿O era eso solo lo que él quería ver? Pronto. Pronto volvería a ser suya. No importaba lo que tuviera que hacer. No importaba a quién tuviera que lastimar. Aveline era lo único que importaba. Se decía eso a sí mismo cada noche, como una oración profana. El sonido del teléfono lo sacó de sus pensamientos. Lo agarró, con el corazón latiéndole con fuerza. Una mezcla de esperanza y un miedo paralizante. —Locke —dijo, con voz ronca. —Tengo información sobre Aveline Corin —dijo una voz desconocida al otro lado de la línea. Locke apretó el puño con tal fuerza que sintió crujir los huesos. —Habla. —Sé dónde está —dijo la voz al otro lado de la línea, con un tono que olía a chantaje barato—. Y sé lo mucho que la quieres. *O crees que la quieres*. Locke sintió una furia fría recorrerle las venas. ¿Quién coño era este tipo? ¿Y cómo sabía de Aveline? ¿Cómo se atrevía a usar su nombre? —¿Quién eres? —preguntó, con la voz cargada de amenaza contenida. —Eso no importa —respondió la voz, ignorando su pregunta—. Lo que importa es si estás dispuesto a pagar por esta información. Locke presionó la mandíbula. Sabía que estaba cayendo en una trampa. Podía sentir el peligro acechando en cada palabra. Pero Aveline era demasiado importante. Era el único faro en su oscuridad. —¿Cuánto quieres? —Ciento Cincuenta mil dólares. En efectivo. Y quiero verte solo. Locke soltó una carcajada amarga. —¿Crees que soy un idiota? ¿Ciento cincuenta mil dólares por una dirección? —No es solo una dirección —replicó la voz—. Es la llave que abre la puerta a tu felicidad. Y créeme, Locke, después de tantos años buscándola, no querrás perder esta oportunidad. Locke guardó silencio, sopesando sus opciones. ¿Podía confiar en esta persona? ¿O estaba jugando con él? Pero no podía permitirse el lujo de rechazar esta oferta. Demasiado tiempo, demasiada oscuridad lo habían llevado hasta este punto. —¿Cuándo y dónde? —Hoy a medianoche. En el antiguo muelle 17. Ven solo. Y trae el dinero. La voz colgó sin darle tiempo a responder. Locke se quedó mirando el teléfono, con el corazón latiéndole con fuerza. Ciento Cincuenta mil dólares. Una fortuna. Un pequeño precio a pagar. Se sirvió otro trago de whisky y caminó hasta la ventana. La ciudad se extendía a sus pies, un laberinto de luces y sombras. Se sintió como un depredador en la cima de la cadena alimentaria, observando a sus presas. *Pero sabía que esta vez él también era una presa*. Alguien lo estaba cazando. Alguien sabía de su obsesión por Aveline. Y ese alguien estaba a punto de joderle la vida. *O tal vez, a punto de devolvérsela*. Ronan entró en el salón, con una bolsa de hielo en la mano. Su mirada era más aguda de lo habitual. —Todo bien, muchacho? —preguntó, observando su expresión sombría. Locke intentó ocultar su inquietud, pero sabía que Ronan podía leerlo como un libro abierto. Años de lealtad y dependencia lo habían enseñado bien. —Sí, Ronán. Todo está bien. —¿Seguro? Pareces preocupado. Más de lo normal. Locke suspiró, rindiéndose a lo inevitable. No tenía sentido mentirle a Ronan. —Recibí una llamada —dijo, sin mirarlo a los ojos—. Alguien dice que sabe dónde está Aveline. Ronan frunció el ceño. Su mano se tensó alrededor de la bolsa de hielo. —¿Y confías en él? —No lo sé —respondió Locke, evitando su mirada—. Pero no puedo arriesgarme a ignorarlo. Ronan se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Su agarre era firme, casi doloroso. —Ten cuidado, muchacho. No confies en nadie. La gente es capaz de cualquier cosa por dinero. Especialmente cuando se trata de ti. Locke asintió, sintiendo el peso de las palabras de Ronan. Sabía que tenía razón. Pero estaba demasiado cerca de encontrar a Aveline para echarse atrás. Incluso si eso significaba arriesgarlo todo. —Lo sé, Ronan. Pero tengo que hacerlo. Ronan lo miró a los ojos, con una mezcla de preocupación y resignación. Y algo más, algo que Locke no supo descifrar. —Está bien, muchacho. Pero prométeme que tendrás cuidado. Por mí. Locke sintió una punzada de culpa. Sabía que estaba lastimando a Ronan, pero no podía evitarlo. Su obsesión por Aveline era más fuerte que cualquier otra cosa. —Siempre lo tengo, Ronan. Siempre lo tengo. Eso es lo que ambos querían creer. Se terminó el whisky de un trago y se dirigió a la puerta. —Tengo que hacer algunas cosas —dijo, sin despedirse. Salió del ático y se metió en el ascensor. Mientras descendía, sintió una mezcla de excitación y temor. Estaba a punto de enfrentarse a su pasado. Y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para conseguir lo que quería. *Aunque eso significara perderse a sí mismo en el proceso. Aveline lo esperaba. Y él no iba a fallarle. O eso seguía repitiéndose.

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