El Rastro de las Sombras

1371 Palabras
Las puertas del ascensor se abrieron con un suave susurro, devolviendo a Adrian a la penumbra aceitosa del garaje subterráneo. Allí, aguardando como un fiel sabueso, el Bentley Continental n***o reflejaba la escasa luz de los fluorescentes con un brillo amenazante. Era más que un coche; era una extensión de su voluntad, una herramienta para navegar por los laberintos de la ciudad, y tal vez, de su propia alma. "Distrito Sur," murmuró Adrian, la voz apenas audible, como si temiera romper el hechizo de silencio. "El Rata. El Último Trago." No necesitó añadir más. El chófer, un hombre de rostro pétreo y reflejos entrenados, asintió con una precisión casi robótica y se deslizó al volante. El motor rugió suavemente, como un depredador despertando de su letargo, y el Bentley se movió con la fluidez de una pantera en la noche. Mientras se alejaban del ático que era a la vez su fortaleza y su prisión, Adrian repasaba mentalmente la llamada que había recibido esa misma tarde. El tono del interlocutor, controlado pero cargado de una seguridad inquietante. La información que había revelado, precisa y escalofriante. Y, sobre todo, el uso deliberado de su apellido. Locker. Un nombre que había enterrado junto con su antigua vida, una palabra que era como una daga clavada en lo más profundo de su memoria. No era un improvisado. La sangre de Adrian se heló al pensar en la precisión de la información, en la forma en que habían usado su apellido. Locker. Un nombre que creía enterrado para siempre. ¿Aveline recordaría ese nombre? ¿Lo pronunciaría en sus sueños, tal como él pronunciaba el suyo? "El Último Trago", el tugurio donde esperaba encontrar a su informante, era un agujero oscuro y pestilente en el corazón del Distrito Sur. Cuando Adrian entró, el silencio era tan denso que podía saborearse, como un polvo amargo que se adhería a la lengua. Apenas unas pocas bombillas desnudas proyectaban sombras grotescas sobre las mesas vacías y las sillas desvencijadas. El olor a cerveza rancia y sudor impregnaba el aire, mezclándose con el hedor persistente de la desesperación. Demasiado vacío. Adrian sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Normalmente, un lugar como este hervía de vida, o al menos de lo que se consideraba vida en los bajos fondos. La ausencia de la habitual fauna nocturna era una señal inequívoca de que algo no iba bien. El Rata, un soplón de poca monta con más cicatrices que dientes, no estaba. En su lugar, sentado solo en una mesa apartada, un hombre flaco y desgarbado fingía no prestarle atención. Su rostro, marcado por el vicio y la violencia, era un mapa de cicatrices mal curadas que contaban una historia de dolor y supervivencia. Sus ojos, pequeños y huidizos, brillaban con una mezcla de miedo y resentimiento. Adrian recordó los ojos de Aveline, llenos de una inocencia que él había corrompido. Adrian se acercó y se sentó frente a él sin mediar palabra, invadiendo su espacio personal con una arrogancia calculada. El hombre se estremeció, pero trató de mantener una expresión desafiante. "El Rata no vino hoy," afirmó Adrian, su voz un murmullo grave que resonó en el silencio del bar. No era una pregunta. Era una constatación, una orden disfrazada. El hombre vaciló, evaluando a su interlocutor con una mezcla de curiosidad y aprensión. Sostuvo la mirada de Adrian durante unos segundos tensos antes de apartarla, derrotado. "No sé de quién hablas," mintió, con la voz temblorosa. Adrian deslizó un billete arrugado sobre la mesa, justo delante del hombre. No era un fajo abultado, un soborno descarado. Era solo uno, un cebo cuidadosamente calibrado para despertar su avaricia y romper su resistencia. El hombre no tocó el billete. Sus nudillos, apretados alrededor de un vaso vacío, estaban blancos. "Desapareció," confesó finalmente, con la voz apenas audible. "Hace dos días." La información encajó en la mente de Adrian como una pieza de un rompecabezas oscuro y complejo. La ausencia del Rata, el ambiente enrarecido del bar, el miedo palpable que emanaba del hombre… Todo apuntaba a una conexión con la llamada que había recibido y con el nombre que había resurgido de su pasado: Aveline. "¿Antes o después de que preguntaran por Aveline Corin?" inquirió Adrian, su voz un susurro cargado de una amenaza implícita. El hombre levantó la vista, sorprendido por la mención del nombre de Aveline. Su reacción fue sutil, casi imperceptible, pero suficiente para delatarlo. Conocía a Aveline. O, al menos, sabía que alguien la estaba buscando. "No quiero problemas..." "Ya los tienes," respondió Adrian, con una frialdad que caló hasta los huesos del hombre. En su rostro, impasible como una máscara de piedra, no había rastro de emoción, pero sus ojos brillaron con una intensidad que hizo temblar al hombre. Un silencio denso, cargado de tensión y peligro, se instaló entre ambos. El hombre sabía que estaba atrapado, que había caído en una red invisible de la que no podría escapar. "Escuché un nombre," susurró finalmente, vencido por el miedo. "El Paraíso. Pero no como club… como puerta." El nombre resonó en la mente de Adrian como una nota discordante en una melodía familiar. El Paraíso. Había oído hablar de ese lugar en los bajos fondos, un mito urbano, una leyenda oscura que se transmitía de boca en boca entre la escoria de la ciudad. Se decía que era un lugar donde los sueños se hacían realidad, donde los deseos más profundos se materializaban. Pero a cambio de un precio. Un precio que pocos podían pagar. ¿Aveline había estado ahí? ¿Qué precio habría pagado? "¿Puerta a qué?" preguntó Adrian, su voz apenas audible. El hombre negó con la cabeza, presa del pánico. Su rostro estaba pálido, cubierto de un sudor frío. "No sé. Solo sé que la gente que entra allí… no siempre sale igual. Algunos regresan cambiados, como si hubieran visto algo que los marcó para siempre. Otros… simplemente desaparecen, como si la tierra se los hubiera tragado." Adrian se levantó de la mesa con una lentitud calculada. Su figura, alta y atlética, proyectaba una sombra amenazante sobre el hombre, reduciéndolo a una pequeña criatura asustada. "Si vuelvo y has mentido," advirtió Adrian, su voz un susurro helado que resonó en el silencio del bar, "nadie sabrá dónde desapareciste. Ni siquiera tu madre." No gritó. No amenazó. Simplemente informó, con la certeza de que sus palabras serían grabadas a fuego en la mente del hombre y obedecidas al pie de la letra. Abandonó el bar, dejando al hombre temblando de miedo entre las mesas vacías. Afuera, la noche lo recibió como un manto oscuro y opresivo. El aire estaba cargado de humedad y un olor indefinible a decadencia. A sus espaldas, escuchó un sollozo ahogado. La culpa, un visitante inesperado, le revolvió el estómago. En el coche, marcó un número en su teléfono encriptado. "Ramírez. Necesito ojos en el muelle 17. Discretos. Nadie visible. Quiero saber quién entra y quién sale." "¿Confirmado?" preguntó Ramírez, su voz profesional y eficiente al otro lado de la línea. Un eco lejano de la lucha de anoche. "No," respondió Adrian. "Pero alguien movió piezas antes que yo. El Rata desapareció después de que preguntaran por Aveline. Y ahora este tipo habla de El Paraíso." Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Ramírez comprendió la gravedad de la situación. ¿Qué pensaría Ramírez si supiera la verdad sobre Aveline, sobre lo que ella significaba para él? "Eso significa que no es una trampa simple, señor," dijo Ramírez. "Alguien está jugando a un juego peligroso." "Lo sé," respondió Adrian, su voz cargada de una determinación implacable. "Y voy a averiguar quién es y cuál es su juego." Cortó la llamada y se apoyó en el respaldo del asiento, cerrando los ojos. La información que había obtenido en el bar era valiosa, pero también inquietante. El Paraíso, Aveline, la desaparición del Rata… Todas las piezas parecían encajar en un rompecabezas oscuro y complejo, pero la imagen final seguía siendo borrosa, confusa. De regreso al ático, no fue directamente a la armería, como era su costumbre cuando se enfrentaba a una amenaza. En cambio, se dirigió a la pared donde guardaba su "colección". Aveline.
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