No sé qué responderle a Tom. Sus palabras siguen resonando en mi mente, llenando los vacíos de silencio que él creó, esos lugares donde esconde las preguntas para las que no tengo respuestas. Y ahora, por primera vez en mi vida, me encuentro sin palabras, sin saber qué decir. Él me observa con esa mezcla de paciencia y expectativa que siempre ha tenido, como si fuera un hecho inmutable que en algún momento encontrará las respuestas. Como si yo también debería creerlo. —Aún no tienes la respuesta, ¿verdad? —dice en un susurro que apenas atraviesa el peso del silencio—. No importa, amigo. Sabes que siempre puedes contarme. Hace una pausa, y siento el mismo peso en sus palabras que llevo dentro de mí, solo que en él no hay rastro de amargura, solo lealtad y una preocupación persistente. —P

