**LAURA**
Tiempo atrás
Desde que tengo memoria, siempre supe que quería ser fisioterapeuta. Para mí, devolverle a alguien la movilidad, y con ello su libertad, era más que una pasión; era mi propósito de vida. Recuerdo cómo, siendo niña, observaba con fascinación la capacidad del cuerpo humano para sanar, resistir y superarse. Cada vez que veía a alguien recuperarse, sabía que quería formar parte de ese proceso.
Los días de estudio parecían interminables. Sumergida entre libros, diagramas y apuntes, intentaba comprender cada músculo, cada articulación y cada técnica de rehabilitación. Las noches sin dormir se convirtieron en rutina; repasaba mentalmente cada movimiento, cada teoría, asegurándome de estar preparada para los exámenes. Y aunque el agotamiento muchas veces me vencía, la gratificación que sentía al ayudar a mis pacientes en las prácticas me recordaba que todo el sacrificio valía la pena.
El día de mi graduación llegó como una recompensa tras años de esfuerzo. El campus estaba lleno de energía y emoción. Familias, amigos y compañeros se reunían para celebrar este logro tan anhelado. Cuando me puse la toga y el birrete, sentí una mezcla de nervios y satisfacción. Caminé hacia el auditorio con el corazón latiendo con fuerza, sabiendo que cada sacrificio había sido por este momento.
Mientras esperaba escuchar mi nombre, aproveché para reflexionar sobre todo el camino recorrido. Recordé los momentos de risa y angustia con mis compañeros de clase, así como la guía de los profesores que me empujaron más allá de mis límites. Pero sobre todo, sentí una profunda gratitud por el apoyo incondicional de mi familia, quienes creyeron en mí, incluso cuando yo misma dudaba.
—¡Laura Martínez! —La voz del rector resonó en el auditorio, rompiendo mi ensueño. Los aplausos llenaron el lugar mientras me levantaba. Sentía que flotaba en una nube de alegría y satisfacción. Cada paso hacia el escenario parecía irreal. Cuando finalmente sostuve mi diploma, levanté la vista y mis ojos se encontraron con los de Connor Hayes, mi mejor amigo, mi apoyo incondicional, mi compañero de batalla.
Connor siempre ha sido un espíritu libre, un surfista apasionado y con una energía inagotable. Su cabello rubio siempre despeinado y sus ojos azules chispeantes irradiaban vitalidad. Su sonrisa era contagiosa, capaz de iluminar cualquier habitación, y su optimismo constante me mantenía firme en los momentos más difíciles. Desde las madrugadas entrenando juntos en la playa hasta las noches interminables en la biblioteca, Connor siempre estaba a mi lado, recordándome que todo era posible si lo deseaba lo suficiente.
Al final de la ceremonia, nos reunimos para celebrar con nuestros amigos. El aire estaba cargado de risas, música y brindis. Connor, con su característica sonrisa traviesa, se acercó a mí con un sobre en la mano.
—¡Felicidades, Lau! —dijo, entregándome el sobre—. Tengo algo especial para ti.
Al abrirlo, mis ojos se agrandaron al ver el contenido.
—¿Australia? —exclamé, incrédula.
Connor asintió, sonriendo aún más.
—Sí, Australia. Quiero que vengas conmigo a la competencia del World Surf League. Considéralo como un regalo de graduación. Será la aventura de tu vida, y sé que después de todo el trabajo duro, necesitas un descanso.
—¡Connor, no sé qué decir! —lo abracé emocionada, sintiendo un nudo de alegría en mi garganta—. ¡Es increíble!
—Solo di que sí —contestó riendo—, y prepárate para la mejor aventura de tu vida.
La emoción empezó a burbujear en mi interior. La idea de viajar a Australia, de ver a Connor en acción en una competición de surf, y de vivir una experiencia completamente nueva, llenaba cada rincón de mi ser. Esa noche, mientras celebrábamos con amigos y recordábamos anécdotas de los años universitarios, no podía dejar de pensar en lo que me esperaba.
Cuando llegué a casa, me invadió una sensación de anticipación y adrenalina. Australia. Sonaba tan lejano, tan exótico. El simple pensamiento de lo que me esperaba me llenaba de una mezcla de excitación y nervios. Connor había despertado en mí un anhelo de aventura que no sabía que tenía.
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El día del viaje llegó más rápido de lo que había imaginado. Con una mezcla de nervios y emoción, empaqué lo esencial, dejando espacio en mi maleta para los recuerdos que sabía que iba a crear. Mientras cerraba la maleta, me di cuenta de que este no era solo un viaje; era el comienzo de algo que cambiaría mi vida.
En el aeropuerto, el bullicio de la gente y el eco de los anuncios se mezclaban a mi alrededor. Busqué a Connor entre la multitud y lo encontré esperándome con su inseparable tabla de surf bajo el brazo y una sonrisa que parecía iluminar todo el lugar.
—¿Lista para la aventura, Lau? —preguntó con sus ojos brillando de emoción.
—Más que lista —le respondí, compartiendo su entusiasmo.
El vuelo a Australia fue largo, pero la compañía de Connor hizo que el tiempo pasara volando. Hablamos sin parar sobre los lugares que queríamos explorar, las playas que íbamos a visitar y, por supuesto, la competición de surf. Ver la pasión de Connor por el deporte y su dedicación me hizo sentir orgullosa de ser parte de su vida.
Al aterrizar, el aire salado y cálido nos envolvió como un abrazo. Sentir la brisa marina en mi piel, junto con el paisaje exuberante que nos rodeaba, me hizo sonreír. Estábamos en Australia, y la aventura apenas comenzaba.
Mientras nos dirigíamos al hotel, observaba cómo las palmeras se mecían suavemente con el viento. El sonido lejano de las olas rompiendo me llenaba de una calma reconfortante, aunque en el fondo de mi mente había una sensación que no podía ignorar.
Llegamos a la recepción del hotel, y justo cuando estábamos haciendo el check-in, un murmullo empezó a extenderse por el vestíbulo. Las miradas comenzaron a volverse hacia la entrada principal, y en cuestión de segundos, el lugar se llenó del inconfundible sonido de cámaras disparando y flashes cegadores. Los periodistas habían llegado.
—¡Es él, el campeón del año pasado! —gritó alguien desde el fondo.
Mi corazón se detuvo un instante. Miré a Connor, cuya expresión se había tornado seria. Entre el tumulto de reporteros y el caos de las cámaras, se abrió un espacio. Y allí, de pie, rodeado por la prensa, con una postura que irradiaba confianza, estaba un joven apuesto.
Los periodistas lo bombardeaban con preguntas, pero solo una frase logró abrirse paso entre la confusión y quedó resonando en mi mente:
—Jack, ¿es verdad que planeas defender tu título este año a toda costa?
Jack miró en dirección a Connor, y con una sonrisa sarcástica, respondió:
—Claro, porque seguiré siendo el campeón.
Un nudo de incertidumbre se formó en mi estómago. Algo estaba a punto de cambiar… y no estaba segura de estar preparada para lo que venía.