CAPITULO 3

1055 Palabras
Lo incorrecto El resto del día se convirtió en una tortura silenciosa para Adrián. Firmó documentos que no leyó. Respondió llamadas sin recordar qué había dicho. Escuchó conversaciones enteras sin prestar atención. Y todo por culpa de una chica. Una chica que repartía café. Cada vez que intentaba concentrarse, volvía a verla frente a él. Sus ojos marrones. Su voz suave. La forma en que se había tensado cuando estuvieron demasiado cerca. “Señor Bianchi…” Maldita sea. Se pasó una mano por el rostro mientras permanecía sentado en su oficina vacía. Afuera, la ciudad comenzaba a oscurecerse lentamente. Las luces de los edificios se encendían una a una. Montevideo brillaba bajo la lluvia. Y él seguía pensando en ella. Golpeó suavemente la mesa con los dedos, irritado consigo mismo. No tenía sentido. Él no era un adolescente impresionable. Era un hombre casado. Con hijos. Con una reputación construida durante décadas. No podía permitirse siquiera mirar a alguien como Lucía de esa manera. Pero cuanto más intentaba sacarla de su cabeza… Más aparecía. —¿Todavía sigue acá? La voz de su asistente lo hizo levantar la vista. —¿Qué? —La chica nueva del café. Creo que está esperando que termine una reunión para entregar unas cosas. El cuerpo de Adrián reaccionó antes que su mente. —¿Dónde? Su asistente parpadeó confundida. —En el piso de abajo, creo. Demasiado rápido. Había preguntado demasiado rápido. Adrián se aclaró la garganta y se puso de pie. —Necesito revisar unos informes. La mujer asintió aunque claramente no le creyó demasiado. Pero no dijo nada. Nadie cuestionaba a Adrián Bianchi. Lucía estaba sola junto a los ascensores de servicio, sosteniendo una bandeja vacía contra el pecho. Tenía la cabeza apoyada contra la pared y los ojos cerrados unos segundos. Cansancio. Eso fue lo primero que él notó. Cansancio real. No el dramatismo elegante de las personas de su mundo. Lucía parecía agotada de verdad. Adrián se quedó observándola desde el otro extremo del pasillo. Sin acercarse todavía. Ella no lo había visto. Y quizá debería haberse ido en ese momento. Pero no pudo. Entonces el teléfono de Lucía comenzó a sonar. Ella respondió enseguida. —Hola, mamá. La voz cambió completamente. Más dulce. Más cálida. Adrián no quería escuchar. Pero tampoco podía moverse. —Sí, ya salgo en un rato… no, no gastes en eso… Ma, te dije que yo me encargo. Silencio. Lucía bajó la mirada al suelo. —No llores, por favor… estoy bien. Algo en esa frase le apretó el pecho a Adrián de una forma extraña. Lucía sonrió apenas, aunque parecía triste. —Te amo también. Cuando cortó la llamada, soltó aire lentamente y cerró los ojos unos segundos. Y entonces lo vio. Se sobresaltó apenas. —Señor Bianchi… no lo escuché llegar. Adrián metió las manos en los bolsillos del pantalón. —Eso parece. Ella se acomodó rápido, casi avergonzada. Como si no quisiera que la vieran vulnerable. —¿Terminaste por hoy? —preguntó él. Lucía asintió. —Sí. Bueno… acá sí. Otra vez eso. Otro trabajo. Otra jornada más. Adrián frunció el ceño levemente. —¿A dónde vas ahora? Ella dudó apenas. Como si no supiera si debía responderle. —A una cafetería cerca de la rambla. Trabajo hasta tarde ahí. Adrián la observó en silencio. Imaginándola caminando sola de noche. Tomando ómnibus. Llegando cansada a una casa pequeña. Despertando temprano otra vez. Una vida completamente distinta a la suya. Y aun así… Se sentía más real que la propia. —No deberías trabajar tanto. Lucía soltó una pequeña risa cansada. —Ojalá pudiera elegir. Esa respuesta lo dejó callado. Porque Adrián siempre había podido elegir. Y quizá por eso mismo se sentía tan vacío. El ascensor llegó con un sonido suave. Las puertas se abrieron lentamente. Lucía dio un paso hacia atrás para entrar, pero él habló antes. —Lucía. Ella levantó la vista de inmediato. Era la primera vez que él decía su nombre. Y ambos lo notaron. El silencio entre los dos cambió. Más íntimo. Más peligroso. Adrián tragó lentamente. No sabía qué quería decirle. No sabía por qué la había detenido. Solo sabía que no quería que se fuera todavía. —Que descanses un poco aunque sea. Ridículo. Eso fue lo que terminó diciendo. Lucía lo miró sorprendida. Y después sonrió. Dios. Esa sonrisa iba a destruirlo. —Lo intentaré. Las puertas comenzaron a cerrarse. Pero antes de que terminaran de hacerlo, Adrián habló otra vez. Impulsivo. Incorrecto. —¿Siempre tomas el ómnibus sola a esta hora? Lucía pareció desconcertada por la pregunta. —Sí… Él apretó la mandíbula. No le gustó imaginarla sola en la noche. Y no tenía ningún derecho a que le molestara. Ninguno. —Ten cuidado. Ella lo observó unos segundos. Como si intentara entenderlo. Entender por qué un hombre como Adrián Bianchi parecía preocupado por ella. —Buenas noches, señor Bianchi. Y otra vez esa distancia. Las puertas se cerraron finalmente. Adrián quedó inmóvil frente al ascensor vacío. Con una sensación incómoda creciendo lentamente dentro suyo. Porque ya no era simple curiosidad. No. Eso sería mucho más fácil. Lo que estaba empezando a sentir… Era peligroso. Aquella noche, Valeria organizó una cena en la mansión. Políticos. Empresarios. Mujeres elegantes riendo con copas de vino en la mano. Todo perfectamente armado para aparentar felicidad. Adrián permanecía de pie junto al ventanal escuchando conversaciones vacías mientras ajustaba el nudo de la corbata. —Estás distante otra vez. Valeria apareció a su lado sosteniendo una copa. Vestido n***o ajustado. Maquillaje impecable. Sonrisa falsa. Perfecta para las fotografías. —Estoy cansado. Ella soltó una risa seca. —Siempre estás cansado conmigo. La frase quedó flotando entre ambos. Adrián giró apenas la cabeza hacia ella. Valeria lo observaba demasiado fijo. Como si estudiara algo. Como si empezara a notar pequeñas grietas. —¿Pasa algo? —preguntó él. Ella bebió un poco de vino antes de responder. —No sé… decímelo vos. Y ahí estaba. Ese tono. Suave por fuera. Filoso por dentro. Valeria se acercó apenas más. —Últimamente parecés… distraído. Adrián sostuvo su mirada. Frío. Controlado. —Son negocios. Ella sonrió lentamente. Pero sus ojos no sonrieron. —Claro. Y Adrián entendió algo en ese instante. Valeria aún no sabía nada. Pero su instinto… Ya había empezado a despertar.
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