Una grieta
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad cuando la cena terminó.
Las últimas risas falsas desaparecieron por la puerta principal junto con el sonido de tacos y saludos hipócritas.
La mansión volvió a quedar en silencio.
Un silencio pesado.
Valeria subió primero las escaleras sin despedirse siquiera. Su vestido n***o rozaba los escalones lentamente mientras revisaba mensajes en el teléfono.
Adrián la observó desaparecer en el piso superior.
Veinte años.
Veinte años podían convertir el amor en una costumbre tan fría que dolía mirarla.
Se aflojó la corbata y caminó hacia el bar de la sala. Sirvió whisky en un vaso bajo y permaneció inmóvil frente a la ventana.
La ciudad brillaba húmeda bajo las luces nocturnas.
Y sin querer…
Volvió a pensar en Lucía.
¿Habría llegado bien?
¿Seguiría trabajando a esa hora?
¿Habría comido siquiera?
Cerró los ojos un instante.
Esto tenía que parar.
No era normal preocuparse así por alguien que apenas conocía.
Pero el problema era justamente ese.
Quería conocerla.
Y eso lo estaba volviendo peligroso.
A la mañana siguiente, Adrián llegó a la empresa más temprano de lo habitual.
Demasiado temprano.
Ni él mismo quiso admitir por qué.
Entró al edificio saludando apenas a quienes se cruzaban en su camino y tomó el ascensor privado hacia el piso ejecutivo.
Vacío.
Todavía era temprano para la mayoría de los empleados.
Sin embargo, apenas las puertas se abrieron…
La vio.
Lucía estaba de espaldas, intentando alcanzar una caja colocada demasiado alto en una repisa pequeña del sector de café.
Se puso apenas de puntas de pie.
No llegaba.
Adrián observó la escena unos segundos en silencio.
Y algo dentro suyo… se suavizó.
—Te vas a caer.
Lucía dio un pequeño salto del susto y giró rápidamente.
—¡Señor Bianchi!
Casi pierde el equilibrio.
Adrián reaccionó instintivamente sujetándola por la cintura antes de que cayera.
Todo pasó en apenas un segundo.
Pero cuando sus cuerpos quedaron demasiado cerca…
El tiempo pareció detenerse.
Lucía levantó lentamente la mirada hacia él.
Sus manos quedaron apoyadas contra el pecho firme de Adrián.
Y él…
Él pudo sentir su respiración.
Tan cerca.
Demasiado cerca.
Lucía fue la primera en reaccionar.
Se apartó rápido.
Nerviosa.
—Perdón… yo… la caja…
Adrián bajó lentamente las manos.
Todavía podía sentir el calor de su cintura en los dedos.
—No alcanzabas.
La voz le salió más grave de lo normal.
Lucía se acomodó el uniforme con evidente incomodidad.
—Puedo hacerlo.
Adrián tomó la caja sin esfuerzo y la bajó de la repisa.
Ella murmuró un “gracias” bajito.
Y otra vez apareció ese silencio extraño entre ellos.
Cada vez más intenso.
Cada vez menos inocente.
Lucía evitaba mirarlo directamente ahora.
Como si también hubiera sentido algo.
Eso solo empeoró las cosas.
—¿Siempre haces todo sola? —preguntó él.
Ella frunció apenas el ceño.
—¿Cómo?
—Trabajas dos turnos. Cuidas a tu madre. Vienes temprano. Te vas tarde.
Lucía pareció sorprendida.
Como si no esperara que él hubiera prestado atención.
—Supongo que sí.
—Eso no es vivir.
La frase salió antes de pensarla.
Lucía levantó la vista lentamente.
Y por primera vez…
Hubo algo diferente en sus ojos.
Algo más vulnerable.
—A veces uno no tiene muchas opciones.
Adrián sintió una punzada incómoda en el pecho.
Porque ella decía esa frase con tranquilidad.
Como alguien acostumbrado a sobrevivir.
No a vivir.
Lucía tomó la caja entre las manos y sonrió apenas.
Pero esta vez la sonrisa no llegó del todo a sus ojos.
—Igual estoy agradecida por este trabajo.
Adrián la observó fijo.
—No deberías agradecer por trabajar hasta agotarte.
Ella soltó una pequeña risa suave.
—Usted habla como alguien que nunca descansó tampoco.
Eso lo tomó desprevenido.
Lucía abrió los ojos apenas, como si acabara de darse cuenta de que había hablado demasiado.
—Perdón, yo no quise—
—Tienes razón.
Ella se quedó callada.
Y Adrián también.
Porque nadie le hablaba así.
Nadie se atrevía.
Pero ella no lo había dicho para desafiarlo.
Lo había dicho porque realmente lo pensaba.
Y eso le gustó más de lo que debería.
Mucho más.
Horas después, Adrián intentó concentrarse en una reunión importante con inversionistas.
Imposible.
Las palabras de Lucía seguían resonando en su cabeza.
“Usted nunca descansó tampoco.”
No recordaba la última vez que alguien lo había mirado realmente.
No como empresario.
No como apellido.
Solo como hombre.
Golpearon la puerta de su oficina.
—Pase.
Su asistente apareció con varias carpetas.
—Su esposa llamó dos veces esta mañana.
Adrián ni levantó la vista.
—¿Dijo qué quería?
—No exactamente… pero parecía molesta.
Claro.
Valeria siempre parecía molesta últimamente.
La asistente dudó un instante antes de hablar otra vez.
—También preguntó quién está trabajando ahora en el sector ejecutivo del café.
Adrián levantó la cabeza de golpe.
Silencio.
La mujer tragó saliva incómoda.
—Tal vez solo estaba siendo curiosa.
Pero ambos sabían que no.
Valeria no hacía preguntas por curiosidad.
Las hacía cuando empezaba a sospechar.
Adrián apoyó lentamente la lapicera sobre el escritorio.
Una sensación fría recorrió su cuerpo.
Porque recién ahí entendió algo.
Esto ya no era solo un problema interno.
Ya comenzaba a notarse afuera.
Y si Valeria empezaba a investigar…
Todo podía complicarse muy rápido.
Esa tarde, Lucía salió del edificio agotada.
Tenía dolor en los pies y apenas había almorzado.
Apretó fuerte el bolso contra su pecho mientras caminaba hacia la parada del ómnibus bajo el cielo gris.
No entendía qué le estaba pasando.
Cada vez que Adrián Bianchi la miraba…
Se ponía nerviosa.
Y eso era absurdo.
Él era su jefe.
Un hombre casado.
Elegante. Frío. Intocable.
Pertenecían a mundos completamente distintos.
Entonces, ¿por qué sentía esa tensión extraña cuando él se acercaba?
¿Por qué recordaba la forma en que la había sostenido esa mañana?
Lucía cerró los ojos un instante.
No.
Eso estaba mal.
Muy mal.
El sonido de un auto frenando cerca la hizo reaccionar.
Un automóvil n***o elegante se detuvo junto a la vereda.
Los vidrios polarizados bajaron lentamente.
Y cuando Lucía vio quién estaba adentro…
El corazón le dio un vuelco.
Adrián.