Después de que Sebastián abandonó la residencia aquella noche lluviosa, Julia comenzó metódicamente a preparar la cena en la cocina silenciosa. Al ser una comida destinada únicamente para ella y su pequeña Val, el proceso de preparación resultó breve y carente de la usual calidez que solía caracterizar sus momentos culinarios en familia. Cuando los platos estuvieron dispuestos y la mesa parcialmente servida, Julia subió pesadamente las escaleras hacia la habitación de su hija. Al llegar al umbral, se encontró con la habitación estaba sumida en una oscuridad absoluta, apenas interrumpida por el tenue resplandor de la luna que se colaba por las cortinas entreabiertas. —Val —llamó suavemente en la penumbra, pero solo el silencio respondió a su llamado. Su voz resonó en las paredes como un e

