Capítulo 21

931 Palabras
—Estaba a punto de contactar con los reyes Ópalo —Margaret se sacudió el vestido y apagó la pantalla holográfica frente a ella; el joven Everard, que estaba sentado no muy lejos de ella, asintió creyéndole. Y no en vano. —Tal y como ellos dijeron, sólo estabas esperando a estar segura de que esta joven que ha surgido de la nada realmente es lo que parece ser —comprendió Everard con exactitud, no era un tontuelo y acataba rápido lo que oía. —De la nada... —murmuró la reina extrañada—. De verdad incluso parece que simplemente ha salido de la tierra, cubierta de ella, manchada de sangre de batalla sin haber peleado... ¿cómo demonios es posible? —se preguntó sin entender la situación. —Tal vez si iba con los Rubíes. Escuché que ellos arrasaron con el centro de comunicaciones... ¿es cierto? —Sí... —contestó Margaret tan dolida como al principio. Oh, como se arrepentía de aquello. ¡Se arrepentía muchísimo! —Vi que estaba herida, su hombro —comentó Everard—; parece grave... tuvo que haber estado involucrada de alguna forma, majestad. —Esa herida en el hombro es la herida de un flechazo. —Ujum. —Fue Eugene. —Con un demonio... —se quejó el guardia de los Ópalo cubriéndose el rostro. Casi que la vergüenza era suya, pero seguido de esto, se rió—: El bueno de Eugene, ¡Ja, ja! —Sí, ¡el bueno de Eugene! —y a Margaret se le contagió la risa sin poder evitarlo; no sería primera vez que aquél muchacho de cabello n***o cometía una locura. Siempre había sido así, desde chico. —Entonces... ¿la niña si es una ex-pueblerina de la anterior nación de hierro? —preguntó Everard casi con emoción. —Elena parece estar muy segura —dijo la soberana de los Zafiro—. No le dijimos nada a Ruth, pero Elena estuvo viendo disimuladamente la marca de su número de acceso... y según ella parece auténtica —contó—. Las pruebas son irrefutables. —¿Ruth? —cuestionó Everard. —Ella ha elegido ese nombre... es un tema complicado —dijo Margaret. —¿Así de complicado? —Así de complicado. —¿Qué es lo que Elena piensa al respecto? —preguntó el muchacho. —No lo demuestra, pero yo sé muy bien que está realmente feliz, de verdad lo está —respondió y Everard le sonrió—. Ella quiere llevársela al noroeste... pero aún no puedo dejarla irse. Tengo esperanzas en que en algún momento recuerde algún detalle del centro de comunicación. —Comprendo tus intenciones —dijo el Ópalo—, pero verás, creo que deberías dejarla irse. Esto es tema de los suyos, aunque sólo quede Elena. Es responsabilidad de los Hierro. Bueno... las Hierro —corrigió. —Ezequiel me dijo algo similar —dijo la reina—. Él dijo algo como «déjala empezar de nuevo». ¿Crees que tenga una idea de que fue lo que pasó? —No lo creo, majestad. Ezequiel es un hombre muy confiable, no se precipite —opinó el de la armadura lila. —¡No, no, no! No le estoy acusando —comenzó a explicar Margaret—. Lo que creo es que es demasiado listo y a lo mejor tiene una idea que no comparte precisamente por la misma razón que yo no he compartido esto con el rey Alexander y la reina Emilia, porque no está seguro. —Ah, comprendo su punto, reina Margaret. —Al otro lado, en la otra habitación, hay un guardia de los Rubíes —contó. Everard se levantó de su silla con espanto. —¡¿Cómo dice?! —Eugene y otros están cuidando de las puertas y de los ventanales, vuelve a poner su arma de vuelta en su sitio, Everard —sugirió Margaret; el nombrado se exaltó y notó que sin darse cuenta había desenfundado su espada, la cual tenía un lustroso Ópalo al centro del mango. —Lo lamento —y se compuso, ordenado. —Me ha dicho algo... alarmante que no sé si creer. Pero opino yo que ya que estás aquí, tan amablemente, debo decírtelo para que se lo comuniques a tus reyes, lo reyes de la nación de los Ópalo —comenzó a decir la mujer de cabello n***o—. Este hombre, Zacarías de hace llamar, me ha dicho que Ágata perdió la cabeza y ha desatado un desastre incluso con los más leales a su reina, todo porque quiere declarar una guerra —le contó. —¿Una guerra contra quienes? —Everard le miraba atentamente casi sin pestañear. —Todos —contestó Margaret—, una guerra contra todos. Ezequiel y Elena cuidarán de la niña mientras él esté aquí, evento el cual no creo que sea tan accidental, incluso si no mintiera, sería difícil salir del reino de los Rubíes y andar ileso. Ni un rasguño. ¿Tú qué opinas? —Bastante imposible, tiene usted toda la razón, majestad. —Enviaré el mensaje a el rey Alexander y la reina Emilia, pero vuelve a casa y hazle saber mejor de la situación respondiendo a sus preguntas —ordenó Margaret—. Yo mantendré el orden aquí, valiente joven. No te preocupes por mí o por Eugene, que sé bien que lo haces en el fondo. Estaremos bien —le tranquilizó. Y una vez dicho eso, Everard asintió agradecido por las palabras dulces de la reina y se puso en marcha, rumbo a su hogar.
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