Capítulo 22

405 Palabras
—Comenzaré a explicarte cómo son las cosas allá de donde yo vengo —dijo Elena la herrera—. Sería bueno que supieras más o menos a dónde irás o cómo es el clima por aquellos lares. Verás, allá en el Noroeste todo está cubierto de nieve y hay trozos de madera y metal por todas partes; metal gris, es decir mucho hierro —contó la mujer mientras Ruth le seguía pacientemente por los senderos del jardín real del palacio. —¿Entonces todo es así como me lo dices? —pregunto la joven de piel canela—. ¿Este código que tengo marcado en mi brazo proviene de un lugar que ya no existe más debido a una guerra terrible? —y esta bajó la mirada bastante apenada por haber hecho una pregunta con respecto a una situación tan brusca frente alguien que parecía haber visto y atravesado todo, con horrores. —Sí, así es —contestó Elena dándole la espalda, y aunque se quedó en silencio por un momento, luego se giró en dirección a Ruth y le sonrió con madurez—. Entonces, como te iba diciendo —continuó—: allá no es tundra como aquí, aquí las cosas están cubiertas de flores, solo neva algunas veces y todo parece muy fructífero, incluído el bosque que rodea la capital. »Pero en el Noroeste es diferente, no puedo mentirte. A dónde te invito no es así; no es colorido, es blanco y con un enorme cielo gris —agregó Elena—. No trato de hacerlo parecer triste simplemente así es. Lo era incluso cuando solía ser un lugar muy, muy alegre. —¿Y qué fue... lo que pasó? —Ruth hizo la pregunta delicada, la muy intocable pregunta para una persona afligida. Sin embargo, había que destacar que la joven de cabello crespo había hecho la dicha pregunta con muchísimo respeto. —Mi hermana Ágata arrasó con todo. Ruth le observó con los labios entreabiertos. —¿Tu hermana...? —cuestionó. Elena detuvo su paso y tomó a Ruth de los hombros, teniendo mucho cuidado con su hombro herido. Le sonrió con nostalgia y le dijo amablemente: —Hay muchas cosas que quiero contarte sobre nuestro hogar, pero verás, no puedo hacerlo porque aquí los muros podrían tener oídos. Eugene que sé escondía en una esquina no muy lejos, frunció el ceño, pillado y con un sentimiento sospechoso.
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