Margaret se puso de pie frente a todos los presentes y comenzó a hablar con voz firme y autoritaria:
—Elena, llévate a Ruth al Noroeste. Eugene, tú muchacho irás con ellas a dar apoyo e informarme —ordenó la elegante mujer de cabello n***o y zapatos con colibríes de zafiro—. Será un viaje largo, por favor id con mucho cuidado.
—¿A qué se debe esto? —preguntó Eugene con curiosidad; el guardia sabía muy bien que los planes de su reina eran otros—, ¿por qué este repentino cambio?
—Porque sí —respondió Margaret dándole un fuerte coscorrón. «¡Auch!», chilló Eugene por esto; ¡quien diría que una mujer de su edad pudiera pegar tan fuerte!
—Me gustaría saber la verdadera razón —salió a decir Elena esta vez, más está injustamente no se ganó un coscorrón, sino una respuesta.
—Porque creo que es lo mejor para ella, y sé que no sólo yo lo creo —respondió—. Es lo mejor, y punto. ¿No lo crees Ezequiel?
—Absolutamente —contestó este acomodando el medallón azul profundo que le colgaba del cuello—. Ruth podrá aprender más sobre si misma estando allá contigo, Elena. Hazme caso —y el canoso hombre guiñó el ojo.
Elena se espantó. ¿Acaso él sabía que...? ¡Ja! ¡no! No había forma de que este hombre lo supiera, aunque Margaret mucha veces había insinuando que Ezequiel era extrañamente acertivo en muchas situaciones.
—Pues está bien —opinó Eugene ajeno a los pensamientos de la herrera—; iremos al Noroeste entonces.