Capítulo 17

552 Palabras
Por cada paso que Margaret daba de los nervios que cargaba dentro de su hogar, el palacio, el galope de el caballo en que Elena y Ruth iban era cada vez más veloz y estas se encontraban cada vez más cerca de ella. —¿Qué es lo que dice ese muchacho? —cuestionó la reina sin parar de dar vueltas de un lado a otro, dando fuertes taconazos sobre el mármol de ajedrez de la habitación central. —Que quiere hablar con usted, majestad —le respondió Ezequiel con una expresión preocupada en el rostro. El sujeto se encontraba de pie frente a la puerta que daba a los laberinticos pasillos del lugar; tenía los pies bien justos y una mirada pesada. Ezequiel temía por la seguridad de Margaret, quien se mordió el pulgar de la presión. —¿Es un engaño? —preguntó la mujer de cabello n***o con sus colibríes de zafiro, relucientes y elegantes. —No cabe duda —opinó el hombre desalineado—. ¿Qué podría ser si no? ¿qué podría ser tan urgente entre Rubíes y Zafiros que no puede comunicarselo a un guardia para entregarle el mensaje a usted? —cuestionó. —No tiene sentido alguno... —susurró Margaret para si misma, pensativa—, pero Ágata es una mujer muy inteligente. Bien debe saber ella que un truco barato como ese es ridículo. ¿Qué pretende? —alzó la mirada con molestia—, ¿que un hombre podría asesinarme a plena lis del día sólo porque sí? Es simplemente absurdo... —No tengo idea de que pudo ocurrir como para decidir hacer una estupidez de este tipo —dijo Ezequiel—. Aunque como usted dijo: Ágata es una mujer muy inteligente, así que dudo que estoy sea realmente una estupidez en el fondo de sus oscuras intenciones, majestad —concluyó. —Eso es cierto —la soberana paró sus insistentes vueltas y se giró en dirección a uno de los ventanales—. No queda más que esperar a que este Rubí hable voluntariamente. No quiero romper con nuestra imagen de paz. Esperaremos, ¡no importa si los guardias deben turnarse para acampar a su alrededor! ¡no importa si debemos darle de comer y beber ahí mismo donde está parado, a él y a su caballo! —decidió. Ezequiel abrió sus ojos con sorpresa. —¡Eso es mi reina! —exclamó el hombre—, ¡eso es lo que ella buscaba! ¡buscaba que usted fuera cruel con un rubí, encerrándole o dejándole ahí sin más! ¡para dar una mala imagen de usted! ¿no cree que tiene sentido? —le preguntó y Margaret lo pensó por algunos segundos para luego opinar: —Tal vez. Pues sigue siendo estúpido, porque mis intenciones de paz son verdaderas. —Y es por tan noble acto que todos dudan y buscan la forma de provocarle, pero usted majestad tiene tanto control que si, ¡es estúpido buscar algo así! —la aduló Ezequiel. —Pues bien —la reina de los Zafiro se llevó vas manos detrás de la espalda y levantó el mentón con determinación—; aquí estaré bien firme. »¡Y es más! ¡yo misma le llevaré de comer a nuestro invitado! —dijo.
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