—¡Alto! ¡oooh! —vociferó Elena halando de la cuerda con la que guiaba al lindo caballo que ella y Ruth montaban. Ambas nombradas se encontraban frente a las grandes puertas del palacio en la capital de la nación Zafiro y una vez ahí, ambas se bajaron del animal, agradecidas con su espíritu.
—Andando, entramos cuanto antes —sugirió la ex-soberana de Hierro—. Margaret debe estar dentro pensando en qué hacer con este invitado tan desafortunado —dijo—. ni siquiera yo me sentiría cómoda con tal cosa, válgame.
—¿Por qué esto es tan malo? ¿no pueden sólo hablar con él para saber qué es lo que quiere? —preguntó Ruth ingenuamente, esto mientras veía su mano la cual había sido tomada por la contraria de cabello blanquecino.
—¡Para nada! —le respondió Elena a la joven morena abriendo la puerta del palacio rápidamente; mientras, los guardias una vez más reconociendo su paso firme y brusco le daban el paso sin excusas—. Este tipo de cosas deben tratarse con mucho cuidado, Ruth. nunca se sabe.
—Comprendo —dijo Ruth acelerada, ya que el paso de Elena era muy rápido para ella. Por dios, ¡le faltaba el aire!
—Apuesto a que Margaret se sentirá mejor al vernos —pensó Elena en voz alta sin detenerse a través de los pasillos, con Ruth trás ella a rastras—; debes estar angustiada, confundida, tensa, tan perdida que...
—¡Magdalenas! —gritó Margaret abriendo una de las grandes puerta, dándoles un grandísimo susto a la misteriosa Ruth y a la herrera Elena. La reina de los Zafiro mostraba una sonrisa casi desafiante y en su manos cubiertas por guantes panaderos llevaba una bandeja de panecillos glaseados, es decir, magdalenas.
Elena le miró confusa y Ruth sólo pensó en lo rico que eso se veía.
—¡Lo sabía! ¡a la pobre mujer le entró una crisis nerviosa! —se lamentó la mujer de armadura de hierro.
Ruth se limitó a seguir mirando la bandeja con vergüenza.
—¿Crisis nerviosa? —Margaret alzó una ceja— ¡que va! Si es que estoy ansiosa por saber que tipo de panecillo le gustan a ese muchacho con armadura de rubíes que me espera afuera —les hizo saber.
»Si Ágata de verdad cree que tendré una actitud cruel con su subordinado, ¡entonces si que es tonta! ¡ja, ja, ja!
—¡Pero, reina Margaret! —trató de detenerle Elena— ¡¿te has vuelto loca, mujer?! —cuestionó a gritos, más la reina le rodeo y continuó caminando, dispuesta a salir del palacio e ir directo al mercado del pueblo.
Ezequiel salió de la habitación trás ella; parecía igual de confuso que las recién llegadas, pero feliz por la tontería de aquél show.
—¡Claro, enloquecí más o menos cuando tú naciste! —contestó Margaret haciendo resonará sus tacones de zafiro traslúcido y hermoso—. Dejad de caminar tan pegados a mi, me váis a hacer tropezar y las magdalenas caerán al piso.
—Reina Margaret, odio admitirlo, pero yo tampoco creo que deba hacer... lo que sea que esté haciendo, majestad —opinó Ruth cuidadosamente. Desde su llegada, jamás había hablado tanto. Y la reina lo notó.
Se detuvo, giró en su dirección y le sonrió antes de decirle:
—Acompáñame, Ruth. Te enseñaré a ser noble y te regalaré un panecillo.